Brígido Silva, unitario y exiliado

Amigo de Alberdi y cuñado de Marco Avellaneda, actuó en política y nunca pudo volver del destierro.

16 Sep 2018

“La familia de Silva me ha asegurado que Brígido vendrá en septiembre. Hágale usted descripciones poéticas de nuestro bosque de naranjos; háblele mucho de nuestras deliciosas parrandas, hasta conseguir que venga a acompañarnos en nuestra triste soledad”. Hallaba necesario “restituir a este pueblo la alegría”, escribía Marco Manuel de Avellaneda, desde Tucumán, a Juan Bautista Alberdi, en Buenos Aires, en 1836.

¿Quién era este Brígido, tan añorado por Avellaneda y tan amigo de Alberdi? Rescatarlo es el propósito de las líneas que siguen, síntesis de las que dediqué alguna vez al asunto y que se publicaron hace ya muchos años. Interesa el personaje, porque su nombre figura en múltiples documentos, fechados antes y durante la Liga del Norte contra Rosas. Citado siempre en grupo, vale la pena enfocarlo solo.

LA FIRMA. No se conoce retrato de Brígido Silva

Buen estudiante

Brígido Silva nació en Tucumán el 2 de octubre de 1810, en la casa paterna de la calle Congreso que es hoy el Museo Histórico Provincial “Nicolás Avellaneda”. Era el único hijo varón del gobernador José Manuel Silva y de doña Tomasa Zavaleta. Creció rodeado de nueve hermanas mujeres, todas luego casadas con personajes eminentes de la ciudad: Lucas José Zavaleta, Eugenio Chenaut, Juan Manuel Terán, Marco Manuel de Avellaneda, Agustín Justo de la Vega, Sisto Terán, Manuel Posse, Justiniano Frías y el porteño Bernabé Ocampo.

Estudió Derecho en la Universidad de Buenos Aires y se doctoró en Jurisprudencia en 1832, poco antes de cumplir los 22 años. Su tesis se titulaba “Utilidad y justicia de algunas leyes relativas al contrato de sociedad”. Fue un buen alumno.

No le cobraron derechos de título, por haber obtenido “la calificación de sobresaliente en todos los exámenes”.

Traía la alegría

Tenía por entonces gran simpatía hacia el gobierno rosista de Tucumán. Figuró, en 1833, entre los firmantes del librito de poemas “Al Excmo. Sor. Gobernador de la Provincia de Tucumán, coronel Don Alejandro Heredia, la gratitud de los tucumanos residentes en Buenos Aires”. En esas páginas, su nombre constaba al pie de unos versos, junto con los de Juan Bautista Alberdi, Miguel Marín, Marcos Paz, Avelino Alurralde, Sisto Terán, Jesús María Aráoz, Ángel López y Ezequiel Paz.

Regresó a Tucumán en 1836, para alegría –vimos- de su cuñado Avellaneda. Era afecto a las fiestas y un devoto ejecutante del piano. En la adolescencia, tenía afición por el dibujo, según carta de su tío, el deán Diego Estanislao de Zavaleta. En la primavera de ese año, junto con varios amigos, viajó a Santiago del Estero en la comitiva del gobernador Heredia.

Dos brindis

Quería asistir, contaba a Alberdi, “a la colocación de una preciosa capilla” que había hecho construir el gobernador Juan Felipe Ibarra.

En esa ocasión, se cantó una misa compuesta especialmente por ese virtuoso músico que era el doctor Salustiano Zavalía. Narraba también, en la misiva a Alberdi, los brindis que había lanzado en el transcurso de la fiesta. Uno elogiaba la religión, que “manteniendo la pureza de alma, fomenta las virtudes y contiene los delitos”. El otro, destacaba la fecha, aniversario de la batalla de Tucumán. En ambos, rendía cálido homenaje a Ibarra.

Corría 1837 cuando Alberdi pide a Marco Avellaneda suscriptores para su “Fragmento preliminar al estudio del Derecho”. En la respuesta, Avellaneda le enumeraba apenas diez personas, apuntando que “por supuesto, a la cabeza de esta lista debe poner a Brígido y a mí”.

Los “mayos”

Eran los días en que, según testimonia Esteban Echeverría, se instalaba en Tucumán una filial de la porteña Asociación de Mayo. Por conducto de Benjamín Villafañe, dice, “el Dr. Don Marco Avellaneda, Don Brígido Silva y otros jóvenes” la instalaron. Sin alharaca alguna, porque ya estaban conspirando para alzarse contra el régimen rosista y era necesario el silencio.

A comienzos de 1838, Heredia confiere a Silva el cargo de Asesor General de los Juzgados. Lo acepta, pero advierte que por poco tiempo: debe ir al campo y luego viajar a Buenos Aires, argumenta. ¿Habrá viajado, o era un pretexto? Si lo hizo, sería el último traslado de su vida a esa ciudad donde había transcurrido su feliz estudiantina.

En cuanto al campo, consta que en 1839 compraría a Manuel Delgado el Potrero de la Angostura, en el valle de Tafí. Los límites serían mejorados por su padre, al año siguiente, con la cesión de un pedazo de su Potrero de El Rincón.

Alberdi convoca

De todos modos, en octubre estaba en Tucumán y asumía su banca de diputado por la Capital a la Sala de Representantes. Poco después, la corporación lo nombraba secretario.

En noviembre de 1838, era asesinado Heredia y el gobierno pasaría a don Bernabé Piedrabuena. Era una tensa situación, ya que Rosas no reconocía a las nuevas autoridades. Tres meses más tarde, Alberdi enviaba, desde Montevideo, aquella famosa carta dirigida “a mis amigos los SS.DD. Brígido Silva, Salustiano Zavalía, Marco Avellaneda”. En ella los instaba a retirar de las manos de Juan Manuel de Rosas la dirección de las representaciones exteriores de la Confederación. “Este paso solo lo pone en tierra, yo se los aseguro … Ustedes no necesitan más por ahora, todo será hecho por acá. Acá hay todo, plata, hombres, cañones, buques.”

MARCO MANUEL DE AVELLANEDA. Casado con una hermana de Silva y ferviente animador de la Liga del Norte

La Liga del Norte

Corría junio de 1839, cuando Silva se desempeñaba como Asesor General del Gobierno y, desde setiembre, como conjuez de la Cámara de Justicia, que llegó a presidir. Todo, curiosamente, en forma simultánea con su banca en la Sala. Su período de diputado cesaba el 3 de abril de 1840. Por eso no asistió a la trascendental sesión del 7, donde la Sala resolvió pronunciarse contra Rosas. Pero volvería a la banca el 23, elegido diputado por Chicligasta, y por cierto apoyó aquella decisión..

Como es sabido, el pronunciamiento es preludio de la formación de la Liga del Norte contra Rosas, que se integra con Tucumán, Salta, Catamarca y La Rioja. Se forman a toda prisa dos ejércitos para enfrentar la inminente represión rosista. Manda uno Juan Lavalle y el otro Gregorio Aráoz de la Madrid. Sabido es que en las batallas de Famaillá y de Rodeo del Medio colapsará la Liga en un baño de sangre.

EL PADRE. José Manuel Silva, ex gobernador de Tucumán, en un óleo de Amadeo Gras

Exilio y escarmiento

Reinstalado el rosismo, Silva es declarado fuera de la ley, como uno de “los infames energúmenos que denigran con furor la patriótica conducta del ilustre Restaurador de las Leyes”. Debe exiliarse a todo galope. Tras un penoso mes y medio de cabalgata desde Salta, llega a la ciudad chilena de Copiapó, a comienzos de febrero de 1842. Su ya añoso padre lo ha acompañado hasta Antofagasta.

Brígido Silva ha escarmentado. En carta a Gaspar Solá, de ese febrero, le dice que “sí hay algunos argentinos locos que piensan aun con estrellarse contra el poder de Rosas, que trabajen para que desistan. Esto sería un mal muy grande para nuestra República. Los emigrados verdaderamente patriotas deben prescindir, por decirlo así, en cierto modo de su terrible situación: deben resignarse con la terrible suerte que les ha cabido, antes de causar con tentativas inútiles y perjudiciales la completa destrucción de nuestra patria”.

En Copiapó

En Copiapó vivía inicialmente en la casa de Mariano Fragueiro. Se ocupó, los primeros meses, en vender una tropa de novillos que su padre tenía en Antofagasta.

Los chilenos, como era su costumbre, recibieron afectuosamente al exiliado tucumano. Pudo hacer vida de sociedad. En la única carta que se conserva, contaba a sus hermanas que ejecutaba al piano valses de Strauss, galopas, minuetos, contradanzas, cotillones. Se entusiasmó con la“zamba cueca”, como “el baile más popular y quizás el más agradable”.

Cultivaba la elegancia. “Tengo también mi buena patilla, mi buena pera y mi buen bigote. Creo que me sientan bien; y aunque pesan sobre mí algunas primaveras, estoy aún joven y con pretensiones de agradar a las hermosas”, contaba.

La muerte

Lo acometía la tristeza. “Estoy aquí purgando mis culpas y pecados”, decía otro párrafo. Además, estaba pobre. Sólo tenía los pesos ganados en la venta de novillos, más algunos que le proporcionó “la noble y delicada profesión de abogado, que tanto odio como medio de ganar plata”. No se consolaba. “Me ha tocado vivir en esta triste villa. No hay aquí cosa que pueda distraerme y hacerme a olvidar a Tucumán y a ustedes”.

Brígido Silva murió en Copiapó un mes después de escribir esta carta. Así se infiere de la que Antonino Aberastain, desde Copiapó, envió a su madre, Tomasa Zavaleta de Silva, para darle el pésame, el 29 de marzo de 1843.

Le decía que la mayor preocupación de su ya difunto amigo, fue “la felicidad de su familia”.

Carta de Aberastain

En confianza, le dijo varias veces “que no pensaba casarse pronto, pues debía primero atender a la colocación de sus hermanas. Ni una sola vez lo vi preferir algún otro país al suyo, y nunca formar un proyecto que no tendiese o llevase por objeto su establecimiento en Tucumán, recordando a su familia a quien deseaba proteger y cuidar de cerca”.

Agregaba Aberastain que, “en sus últimos momentos, pidió y se le franquearon los sacramentos y demás auxilios espirituales, que recibió con fe y esperanza en la eterna misericordia”.

Aseguraba que “su conducta religiosa y social le granjeó un aprecio universal en este pueblo”, aprecio que se manifestó con “el más vivo sentimiento” ante su muerte.

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