Corcheas de un memorable ensayo de Martha Argerich

La destacada pianista fue aplaudida por el público y también asediada por sus admiradores.

31 Ago 2018

La expectativa desborda la poblada sala del Teatro San Martín, presta a escuchar el arte de la gran maestra. La Orquesta Sinfónica de Córdoba rastrea en una cruzada sonora de vientos y cuerdas la afinación adecuada. La presencia de jóvenes instrumentistas contagia con su frescura el ambiente casi primaveral. Los dedos del joven pianista ejercitan escalas en el Steinway. El bullicio cesa. A las 17.10 del miércoles 29 de agosto, la simpatía del maestro Guillermo Becerra saluda al público. Le cuenta el plan del ensayo: primero la Totentanz, luego Los Preludios y al final, viene Martha. Explica de qué se trata “La danza macabra”.

El cubano Mauricio Vallina se apodera de la escena con graves y potentes acordes que evocan tal vez las burlas de Mefisto. El fantasma de Franz Liszt se filtra quizás por el paraíso. Potencia, digitación, velocidad, van desentrañando la mordacidad de esta obra intrincada. Aplausos y algunos ¡bravo! saludan su labor.

MAESTRO I. El jefe orquestal Guillermo Becerra

La orquesta cordobesa entrega luego “Los Preludios”; luce afinada, equilibrada, bajo la géstica sobria y experimentada de ese grandote canoso, de generosa frente y rostro bonachón. El forte final corona una versión que ha deleitado al público.

Sorpresivamente, ella ingresa al escenario, sin mirar a los espectadores. Está preocupada por la banqueta. Un mínimo arpegio para probar el piano desata un aplauso. La sonrisa agradece. Pero luego no volverá a mirar al público. El corazón de Liszt comienza a latir en octavas potentes, veloces. La joven concertina se involucra en un cálido diálogo de violín y teclado. El amor canta entre los dedos de la pianista. Un vendaval de afecto fluye por las teclas. En los casi 19 minutos, el alma de Liszt ha esparcido su pasión en la sala. Ovación.

Ella sigue sentada al piano, mientras los admiradores comienzan a invadir el escenario, buscando cristalizarse en una imagen junto a esa “leyenda viva”. Sonríe, pero está incómoda, desacostumbrada quizás a tanta efusividad. Un director orquestal le recuerda que se conocieron en Italia; un pianista local se deshace en elogios y le presenta a su novia. Los chicos músicos también pugnan por una fotito. “Me tengo que ir, tengo que ensayar con mi hija”, protesta con resignación. Los fans no la escuchan. La producción pide que no dejen subir más gente al escenario. El periodista de nuestro diario, que ya ha sido presentado, ve peligrar la entrevista. Ella logra zafar algo del acoso cuando Mauricio Guzman, titular del Ente de Cultura, le presenta a Gerardo Núñez, el autor de la Chacarera del 55, a quien ella pidió conocer porque días atrás habían hecho a cuatro pianos en el CCK, la ya histórica pieza en un memorable bis. El asedio continúa, pero se abre paso, diciendo que tiene que hablar con el señor del diario. Al finalizar la entrevista en el camarín, con algún recelo y temiendo una negativa, Núñez le pide autorización para incluir esa versión de la chacarera en su cedé, que saldrá próximamente. “¡Pero por supuesto! ¡Claro que sí!”, responde y a Gerardo “hay que soplarlo”; le cuesta creer la espontánea generosidad. Los dos geminianos se entienden. La mano de Liszt ha traído a Martha Argerich nuevamente para alborotar con su magia a Tucumán.

MAESTRO II. Gerardo Núñez, autor de la Chacarera del 55.

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