Los fantasmas errantes del teatro

07 Ago 2018

¿Dónde van los fantasmas cuando se cierra un teatro? ¿Dónde se refugian?

La razón me dice que hable en pasado de El Árbol de Galeano. El corazón me lo impide.

Carlitos, el eterno técnico todoterreno del Árbol, el que se dedica tanto a armar las tarimas como a poner las luces contrarreloj, cuenta que se oyen ruidos extraños en la sala de abajo. Crujidos, pasos, portazos cuando no hay nadie. Desde la cabina pregunta quién anda por ahí, y no tiene respuesta.

En el teatro no se les tiene miedo a los fantasmas ni a los murciélagos. Se sabe que están y que su presencia bendice especialmente el escenario (sobre todo los primeros). No es que sólo podrá pasar algo bueno, pero sí que nada será demasiado malo.

Algunos dicen que las personas somos energía y que parte de ella queda en los lugares que habitamos. Otros, que los autores que se evocan mandan emisarios a controlar cada puesta de sus textos. Prefiero pensar en que simplemente no quieren que nos sintamos demasiado solos cuando esperamos el pie para entrar, escondidos tras las patas del escenario.

Los fantasmas, huérfanos y desangelados, vagan por los rincones vacíos de las salas, miran las paredes desnudas sin entender lo que pasó. Se preguntan dónde están los actores que antes habitaban ese espacio, esperan el ruido de las sillas que se acomodan y que el público vuelva a convocarlos con su silencio, mientras las luces se prenden. Y luego, se dejan envolver por los aplausos cariñosos porque son zombies artísticos que viven del afecto de dos manos que se golpean. Son voraces e insaciables cuando los tienen cerca, como niños golosos que se acercan a los dulces.

Quieren repetir el ritual de salir a saludar aunque sea en segundo plano todas las noches, aunque nadie los vea. Les basta con saberse allí, invisibles a los ojos humanos, portadores de una sensibilidad que pocos pueden imaginar.

Conocí al Árbol desde sus entrañas. Recorrí sus rincones, sus camarines y sus escenarios desde poco tiempo después de su inauguración y hasta mayo de este año. No me contaron los esfuerzos de sus dueños en sostener el proyecto cultural, aparte del bar. Lo ví y lo viví cada vez que se debía confeccionar un bordereaux, la planilla donde se vuelcan la cantidad de entradas vendidas y los porcentajes que se lleva cada parte: el 10% para el autor; el 20% para la sala y el resto para el elenco. A $150 por localidad (el precio en ese lugar), una sala llena, lo que no siempre se logra, implica poco más de $10.000. Que cada uno haga los cálculos y saque las conclusiones. Pensar que es distinta la angustia de los propietarios en otros espacios es no conocer lo que está pasando, es centrar la mirada sólo en el episodio, es ver la película cuadro por cuadro.

Se preguntan qué ocurre que no han vuelto actores ni público. Qué sucede que han elegido otra función en vez de la obra que ellos miraban entre bambalinas, ignorantes de facturas de luz, del costo del alquiler o de la existencia de Netflix. Sólo saben que necesitan de la gente.

Algunos, empujados por un derrumbe, por la llegada de un comercio o porque el lugar ha sido alquilado a alguna actividad tan lícita como poco artística como un gimnasio (llenos de pesas y de artefactos que parecen salidos de libros de tortura medieval, tan lejanos de lo teatral), se lanzan sin remedio a caminar por las calles, andan de un lado al otro trajinando las veredas, portan en un morral los recuerdos de las obras, arrastran vestuarios y pierden pedazos de escenografía.

No lo saben, pero lo intuyen. No están abandonados a su suerte; sólo deben seguir (como si fuesen mortales) hasta encontrar quien los cobije. Sienten que siempre habrá alguien que los convoque, los llame, los extrañe. Confían, perviven, no se rinden, tal como aprendieron de los teatristas que tantas veces vieron.

La situación crítica que atraviesan los espacios culturales y artísticos no se limita a Tucumán, sino que alcanza al país en su conjunto. Recientemente se anunció que la emblemática sala La Ranchería de la Capital Federal cerrará transitoriamente sus puertas, entre octubre y marzo, porque los ingresos no le alcanzan para mantener su actividad.

La idea que circuló el año pasado de que el Gobierno nacional iba a subvencionar con tarifas diferenciales a los servicios de energía eléctrica y de agua a las salas y a los clubes deportivos se esfumó. Ni siquiera fue promesa de campaña; apenas alcanzó el denigrante nivel de pantalla de humo para que no haya una espiral de quejas. Poco después, todo fue olvido y en estos tiempos de ajuste eterno y de inflación potenciada, nadie se anima a decir nada.

Puede ser complejo diferenciar los costos de los servicios cuando un teatro es, al mismo tiempo, la casa de quien lo administra (La Colorida, El Pulmón, La Sodería...) o parte de un emprendimiento comercial distinto (lo gastronómico en El Árbol), pero no imposible. La responsabilidad de las autoridades es buscar alternativas para que la asfixia no siga matando los lugares donde se genera el oxígeno cultural imprescindible para sobrevivir.

De vez en cuando se puede sentir a los errantes bien pegados a las paredes, que es la forma en que se sienten más seguros hasta que encuentran otro lugar para anidar. Y se vuelven a instalar, a sabiendas de que allí encontrarán nuevos amigos, vivos y muertos; que sus colegas los recibirán con los brazos abiertos porque entre espectros no hay discusiones de cartel, egoísmos, estrellatos ni peleas por los primeros personajes.

Estos fantasmas tienen la conciencia de que tendrán nuevas oportunidades de salir a saludar, que alguien les dirá buena, larga, eterna vida...

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