Modelo para armar: el oficio de escribir

29 Jul 2018

> PUNTO DE VISTA

ROSSANA NOFAL

DOCTORA EN LETRAS - DIRECTORA DE EDUNT

Mariano Quirós, Fabricio Jiménez Osorio, Leticia Martín y Diego Erlan cuentan el revés de su trama de escritura. ¿Se puede extrañar una obsesión? Con modulaciones de voz divergentes los escritores y por momentos editores, comienzan a hablar de sus fantasmas. Secretos arcanos conviven en el cajón de las consignas con los papeles de colores y colección de frases que se guardan. En la mesa se mezclan la fascinación de lo nuevo y la fugacidad de la vida.

Diego Erlan desafía con su lógica del plagio y el rigor de un maestro que provoca en la lectura nueva. Redobla la apuesta con el robo de las horas al capitalismo y los espacios liberados en el tiempo del trabajo alienante. Un atractivo Silvio Astier oculta su biblioteca con robo y contrabando de banderas pintadas que nos llevan de la mano al linaje de la literatura argentina que lo nombra. Cuenta su personaje de siete años y su tramitar de padres que le tocan en suerte. El auditorio se fascina en el relato randa que se anuda en la próxima acción. Juntar palabras y minutos para construir la obra, una obra importante, la que todos quieren leer. Quizás Borges escribía de otra manera sin las instantáneas de WhatsApp, Twitter y la dispersión de lo moderno. O tal vez, como sentencia Leticia Martín, tenía las mismas provocaciones de lo inmediato: simplemente su tiempo era otro.

¿Cómo pensar la estructura de una novela en sus enseres cotidianos? Leticia provoca con su mención a la General Paz, la zanja entre la capital, el conurbano y sus lecturas de subterráneo. El tiempo de la escritura disputa su tiempo con la temporalidad vivida y Mariano Quirós instala su modo de ser padre con las letras disputadas entre llantos de un hijo y sus demandas nacidas y nuevas. La escritura se sucede en el tiempo de correr a diario a la misma hora e instala el cuerpo en la variable de la producción literaria. Inventario de agendas y horarios: cuatro horas de trabajo en una medicina prepaga.

La escena modernista del escritor en la redacción del diario se desplaza a escenarios diversos, complejo y distintos. La urgencia de la escritura en 10 minutos sigue siendo el mejor entrenamiento para armar un texto. Asedios a la cantera de las historias y sus personajes, y la escritura en las dos horas que median entre el jardín de infantes y la entrada al trabajo alienante. Fabricio Jiménez Osorio expone la materialidad del oficio y su armado artesanal de libros: el todo que se construye desde el fragmento y el detalle. La serie masiva se altera con una voz arcaica que cuenta lo moderno cuando todos salen a comer. Todos hablan del oficio de escribir. Todos piensan en su lector que consume libros. Ya no hay estampas bucólicas de árboles y tardes de lectura.

Moneda de cambio y objeto de consumo, los libros viven en un nuevo ecosistema de editores, editoriales y contratos. Sobre la profesionalización del autor se construye un romanticismo residual: las monedas pueden comprar escrituras otras, más próximas a los trabajos. La creación sigue teniendo un ritmo sagrado en la temporalidad de lo secular. La novela proyecto en estado de escritura y devenir improvisado sigue narrando su conjuro urbano. La poesía festival de traperos y metáforas con sus veinte poemas se queda esperando su próximo tranvía.

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