Verde, pero verde Uriburu

Los 30 kilos de sodio fluorescente que el artista logró desparramar con ayuda de los gondolieri a las ocho de la mañana -hora de la pleamar- de aquel 19 de junio, no sólo constituyó el elemento que posibilitó mirar el arte desde otra perspectiva, sino que fue para García Uriburu la epifanía de lo que desde ese momento sería una constante de la que no se alejaría ni ética ni estéticamente: el cuidado del planeta

22 Jul 2018

¿Inspiración? ¿Impulso? ¿Arbitrariedad? Lo cierto es que las obras de algunos artistas constituyen una vertiente innovadora con la que se deja una marca de época cuya perdurabilidad tendrá el alcance de cuán revolucionaria haya sido su propuesta. En suma, una originalidad conceptualmente sostenida.

La fuente, aquel mingitorio de Marcel Duchamp que fue rechazado cien años atrás en una muestra neoyorquina fue una bisagra en la historia del arte. Impresión, sol naciente de Claude Monet dio nombre al impresionismo y las pinturas de L’Estaque de Georges Braque fueron fundantes del cubismo. Ambos términos fueron acuñados despectivamente por críticos del momento.

Evocamos por estos días los 50 años de la obra de un argentino que con ese mismo vigor instaló en el imaginario colectivo una nueva dimensión de los alcances del arte. La Coloración en Venecia tampoco tuvo inicialmente una cálida bienvenida y a su autor, Nicolás García Uriburu, lo llevaron preso por semejante ocurrencia.

Sin embargo aquella muestra de arte efímero -que coloreó durante ocho horas de ese verde intenso que hoy llamamos verde Uriburu el Gran Canal-, terminó siendo el hecho más destacado de la famosa bienal de 1968, a la que Nicolás no había sido invitado.

Los 30 kilos de sodio fluorescente que el artista logró desparramar con ayuda de los gondolieri a las ocho de la mañana -hora de la pleamar- de aquel 19 de junio, no sólo constituyó el elemento que posibilitó mirar el arte desde otra perspectiva, sino que fue para García Uriburu la epifanía de lo que desde ese momento sería una constante de la que no se alejaría ni ética ni estéticamente: el cuidado del planeta.

Fue así un precursor de lo que se conoce como land art, corriente contemporánea que toma a la obra de arte y a la naturaleza como un mismo elemento. La tierra se interviene a si misma y afianza el vínculo lúdico y sin destrucción de las personas con su hábitat. En ese camino lo siguieron artistas que alcanzaron renombre internacional, como Christo o Robert Smithson.

Vinieron luego varias otras coloraciones en diversas ciudades del mundo siempre en la intención de denunciar el deterioro que los seres humanos estaban, están, haciendo de su único lugar de residencia: el planeta tierra.

Hidrocromía continental es el título que integran las coloraciones en el Gran Canal de Venecia, los ríos East de New York y Sena de París, en el Riachuelo de Buenos Aires y en las fuentes de Trafalgar Square de Londres y Trocadero en París.

En Düsseldorf, Alemania, coloreó el Rin para denunciar su contaminación. García Uriburu lo hizo junto al artista alemán Joseph Beuys quien le pidió acompañarlo. Ambos plantaron también siete mil robles durante la 7ª edición de la Documenta de Kassel.

En la intención de evocar las cinco décadas desde que Nicolás García Uriburu coloreó las aguas del Gran Canal, el Museo Nacional de Bellas Artes, que dirige Andrés Duprat, mantiene abierta desde hasta el 30 de septiembre la muestra Venecia en clave verde que cuenta con la colaboración de la Fundación Nicolás García Uriburu, que preside su hija Azul.

© LA GACETA

Nino Ramella - Periodista y gestor cultural.

Ex director del Centro Victoria Ocampo y ex jefe de Gabinete del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires.

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