Una defensa de la mediocridad

José Ingenieros, en su célebre libro, se ocupó de manifestar su desprecio por la medianía. Es difícil aceptar que la “gran masa imposible de caracterizar” de Ingenieros, esté conformada por espíritus estériles. Preferimos adivinarla constituida por infinidad de individuos llenos de méritos intelectuales y morales, que aunque ignotos, exhiben humanidades luminosas y decisión para dignificar la existencia que se les ha regalado y que valoran. Entendemos la mediocridad o la medianía, como la burguesía de la excelencia, a la cual nutre, amortigua y protege.

15 Jul 2018

En torno al concepto de mediocridad, peyorativo vocablo, parece enredarse una hiedra semántica que invita a hacer alguna poda que despeje su significado.

En penosos tiempos en los que no se aplaude lo sobresaliente, y sí lo fútil y lo intrascendente, resulta riesgoso hilvanar algunas ideas que puedan ser mal interpretadas, y se las entienda como alentando esta denostable realidad. Pero intentémoslo de todas maneras.

Es incontrovertible que habitamos un mundo cultural y moral decadente, donde se desprecia la excelencia y se rinde vasallaje a la frivolidad y culto a la ignorancia. Pero no creemos que los responsables de estos malhadados tiempos que vive la humanidad deban ser los calificados de mediocres.

Si nos atenemos a lo que el sabio diccionario enseña, deberemos aceptar “mediocridad” por “medianía”, y ésta significa: “término medio entre dos extremos, como entre la opulencia y la pobreza, entre el rigor y la blandura”. Podemos, basados en lo anterior, aseverar que el tachado de mediocre puede soportar sin inquietarse el adjetivo que pretende ser descalificador, pues lo están acusando de ser mediano, equilibrado y corriente, es decir de aquello que está aceptado por el uso común.

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Sin embargo, José Ingenieros, distinguido pensador argentino, autor de El hombre mediocre, se ocupó de manifestar su desprecio y casi su inquina hacia esa medianía: “Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades o excelencias. Los psicólogos no han querido ocuparse de estos últimos; el arte los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco interesantes; en vano se buscaría en ellos la arista definida, la pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren los moralistas; individualmente no merecen el desprecio, que fustiga a los perversos ni la apología reservada a los virtuosos”.

Nos atrevemos a interpretar que este adepto al positivismo, condenó a la mediocridad desde su propia elevación intelectual, dando por indiscutible que existe un nivel al que sólo acceden quienes se hayan diferenciado, una vez probada su excelencia, “de esa gran masa imposible de caracterizar”. Ese ámbito de notables, según el autor, estaría reservado para los indiscutidos arquetipos del género humano, aquellos a quienes todos veneramos.

Echando mano de la ficción, podríamos suponer sobre la base de lo que Ingenieros condena, que a algunos personajes conocidos gracias a que fueron humanizados por sus creadores, les estaría vedado ese espacio. Por ejemplo: a “El Alcalde de Zalamea”, con su analfabeta nobleza y su heroica sabiduría; y va de suyo que tampoco accedería allí nuestro sesudo y vernáculo “Viejo Vizcacha”, dado que encarnados, nadie hubiera sabido de ellos. Ni que hablar de “los pobres de espíritu”, que tendrían que olvidar los salvoconductos de “bienaventurados” y futuros propietarios del “Reino de los Cielos”, otorgados por el Señor en el Sermón de la Montaña.

Pero intentemos con modestia entender y coincidir con algunas de las razones del filósofo. Sería fácil hacerlo si la mediocridad resultara para él, una suerte de molicie del espíritu, un ancla de la curiosidad, una inapetencia frente al opíparo banquete de la vida, un inexpresivo propósito por sobrevivir o, en todo caso, vivir de y para lo vano. De ser así, sería sencillo sumarnos al reproche para todos aquellos ingratos que han malgastado con indiferencia, salud, talento, educación, y privilegios. Pero estaríamos de esta manera, definiendo a los necios, a los obtusos, a los perversos, a los carentes de virtudes, en quienes es imposible descubrir medianía alguna. También, a aquellos osados que sin capacidades, ocupan posiciones reservadas para individuos expectables.

Es de estos indeseados congéneres, de quienes se desprenden conductas y vicios que merecen el dicterio: la corrupción, el hedonismo, la subversión de los valores permanentes, las contraculturas, el racismo, el gobierno de los peores, la vulgaridad, los fundamentalismos, la explotación del hombre, la violencia, entre otros muchos que alimentan los males endémicos del género humano.

Pero estas lacras son absolutamente ajenas a la medianía, y duele ver erróneamente censurada con ella a la clase media intelectual, lo que equivale a condenar a la clase media toda, insustituible arbotante de la estructura social de Occidente.

Por ello es difícil aceptar con nihilismo que la “gran masa imposible de caracterizar” de Ingenieros, esté conformada por espíritus estériles. En realidad, preferimos adivinarla constituida por infinidad de individuos llenos de méritos intelectuales y morales, que aunque ignotos, exhiben humanidades luminosas y decisión para dignificar la existencia que se les ha regalado y que valoran.

Son aquellos que aspiran a elevar su condición, sin atropellarse por ser los primeros o los mejores, pero nunca resignados a ser los últimos.

Entendemos la mediocridad o la medianía, como la burguesía de la excelencia, a la cual nutre, amortigua y protege.

Coincidimos sí con el severo autor en la enunciación de lo que sigue: “la historia no sabe sus nombres”, pero no lo hacemos tal como él con la intención que descalifica, sino porque entendemos que la frase exalta el mérito de sus modestias. El pensador al masificarlos, omite señalar que a muchos integrantes de ese rebaño mediocre, aunque harto merecidos, les hayan resultado esquivos la fama y el reconocimiento. Es razonable aceptar, que de haber sido favorecidos por el azar, se les habría permitido sumarse a los sobresalientes.

Aquí es oportuno aportar la sabiduría de Kipling, cuando llama al éxito y al fracaso, “esos dos impostores”.

Parecería obligación de los espíritus nobles aspirar a la excelencia y a la perfección, tal el piadoso aspira a la santidad, aunque en la mayoría de los casos, ésta no se alcance. Sin embargo, centenares de santos hombres y mujeres han poblado y pueblan el planeta sin que nadie los eleve a los altares, pues nadie ha sabido de ellos. La santidad requiere ser descubierta y expuesta luego a la consideración de lo que manda la Santa Madre Iglesia.

Los santos, lo mismo que los héroes y los sabios, que no alcanzan a disfrutar de los beneficios de la fama, quedan al ser desconocidos, en la penumbra de la medianía. De probarse la tesis del tratadista, existirían multitudes de sabios, de héroes y de santos, irremediablemente mediocres.

Por su parte, la aristocracia del intelecto, no es en sí misma un modelo moral a imitar ciegamente, ni siempre merecedora “de la apología de los virtuosos”. Es moneda habitual en esa clase selecta, que se consientan algunos pecados capitales como la soberbia y la envidia.

En razón de esto, no parece demostrable que las virtudes resulten patrimonio exclusivo de los hombres de mayor riqueza intelectual, y se hace más cierto el aforismo de Horacio, el maestro epicúreo:”In medio consistit virtus”, (la virtud consiste en la medianía).

Piezas invisibles

En el análisis de esa denostada mediocridad, descubrimos que habitan allí junto a nosotros, cantidad de seres regalados de talentos. Son los que nos sorprenden gratamente cuando los leemos o cuando nos embelesan con su discurso armonioso. Son los que nos deleitan con su música intimista, con los colores de una paleta generosa o con metáforas surgidas de una fragua de delicada inspiración. Son quienes nos enriquecen con su genio, dándonos una visión de la realidad que nunca hubiéramos advertido por nosotros mismos. Son los sabios de toda sabiduría que conviven entre nosotros y en quienes la más de las veces, nadie repara.

Son también aquellos que defienden nobles ideales; los que bregan incansables por causas en apariencia pequeñas; son los padres que enaltecen los hogares; son los educadores de nuestros hijos; son los jueces que ejercen con honestidad y sabiduría su magisterio; son los gobernantes idóneos; son los artesanos creativos; son quienes custodian las memorias seculares de los pueblos, su religiosidad, sus leyendas y sus nostalgias; son los que aman los libros y los viejos papeles. Son los cientos de desconocidos que dignifican al hombre con las chispas de sus ingenios.

Y preguntamos llenos de curiosidad al severo crítico: ¿Existe alguien o algo que ordene los escalones de progresivas mediocridades que conduzcan finalmente a la excelencia?¿Cuenta la humanidad con un Gran Elector responsable de esas nominaciones?

Bioy Casares no distinguía poetas mayores de otros menores. Sostenía que simplemente existían vates, y la consagración les llegaba a unos y se le negaba a otros, sólo por fruto de las circunstancias. Al recordarlo, nos parece comprender que esto último es lo medular que mueve estas reflexiones, también mediocres, que intentamos ordenar.

Es obvio que, sin espíritus excelsos dedicados en exclusividad a las labores intelectuales, el mundo de la ciencia, de la técnica y del pensamiento, se estacionaría. Pero no es menos cierto, que existen infinidad de habitantes de la medianía, que son privilegiados observadores del tránsito de la vida, que aplauden la creación y que desarrollan las potencialidades que les han tocado en suerte para compartirlas humildemente con sus próximos.

Dejemos la última reflexión al ilustre Horacio, padre del “aurea mediocritas”: “El que se contenta con su dorada mediocridad, no padece la intranquilidad de un techo que se desmorona, ni habita palacios que provocan la envidia”.

© LA GACETA

Luis C. Montenegro -

Médico y escritor.

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