La vaca atada

15 Jul 2018
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Inés Páez de la Torre.-

La expresión popular “tener la vaca atada” refiere a una situación supuestamente afortunada: la de aquellas personas que tienen la seguridad de saber que pueden sacar provecho de algo o ganar dinero con facilidad y sin imprevistos. Como cuando alguien vive de rentas o heredó -o va a heredar- una empresa muy próspera. Situación que le permitiría despreocuparse de lo económico.

Dicen que esta frase se originó a principios del siglo XX, aludiendo a los viajes de los grandes terratenientes de nuestro país: cuando partían hacia Europa -una travesía sin duda muy costosa, además de larga- lo hacían con toda su familia, con personal de servicio y hasta con una vaca -atada en la bodega del barco- para así poder darles leche fresca a sus hijos todos los días. “Tener la vaca atada” se convirtió entonces en sinónimo de riqueza y de seguridad económica.

Una garantía ilusoria

Con el tiempo la expresión trascendió el ámbito de la economía para reflejar también una actitud poco recomendable en la vida afectiva: la creencia de uno de los miembros de la pareja en que la otra parte, más allá de todo, nunca va a querer cortar la relación. Sea por el hecho de tratarse de un vínculo comprometido (noviazgo, matrimonio, convivencia), por tener hijos, por llevar muchos años juntos, por contar con amigos y gente querida en común… son varias las razones que pueden colaborar, en forma más o menos consciente, a que se sostenga esta idea. Una mera ilusión, si se lo piensa seriamente. ¿Quién podría asegurar semejante garantía? (Por algo los budistas, estudiosos máximos de la mente humana, hablan de la “impermanencia” de todo).

Estar en pareja sintiendo que se tiene “la vaca atada” conspira, paradójicamente, contra toda idea de estabilidad. Y se refleja en el comportamiento: las personas se relajan -más de la cuenta- y se dejen estar, como si ya no hiciera falta seguir alimentando el vínculo. Decir “te quiero” no es necesario, tampoco ser demasiado cariñosos ni románticos. “Arreglarse” para el otro da pereza (¡si total ya sabe cómo somos cuando acabamos de despertarnos!). ¿Y por qué no expresar nuestro malhumor cuando lo sentimos, por qué no quejarnos cuando algo no nos gusta? ¿Acaso no tenemos derecho a aflojarnos un poco, a bajar la guardia?

Desde luego que sería absurdo pretender que una pareja estable deba mantener el ritmo de conquista de los primeros tiempos. Absurdo y agotador. Y claro que parte del encanto de armar un proyecto de a dos es poder mostrarnos de un modo más auténtico y sentirnos amados y aceptados como somos.

Pero esto no debería llevarnos a dar por sentado al otro, a caer en la trampa de un amor incondicional, como algo dado que no necesita ser actualizado. Acompañar con nuestras actitudes y conductas el dinamismo propio de la vida -y de la vida en pareja- es quizás la mejor manera de honrar aquello a lo que nos hemos comprometido.

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