Cómo viven el Mundial los tucumanos que a diario buscan su sustento en la calle

Quienes necesitan rebuscárselas para sobrevivir brindaron su opinión sobre el evento que atrapa la atención del planeta.

14 Jul 2018

Bajo la delgada y fría llovizna de una tarde de invierno se ve a lo lejos un piloto amarillo chillón al lado de un container de basura. Por Laprida al 100, una mujer en puntas de pie intenta rescatar algo que aún se pueda consumir. “No me paro a ver el Mundial porque pierdo y después ya no encuentro cositas para comer”, otorga su versión de la fiebre mundialista, esa que tiene atrapados también a los tucumanos.

Silvia Alejandra reside en “una piecita, con dos camitas, nada más, sin baño, y con un pozo ‘séptico’”, ubicada en los alrededores del Mercofrut. Sale todas las mañanas de su casa a las 10 junto a su hija de 22 años y su nieto de dos. Al llegar al microcentro de la Capital, sus caminos se separan para iniciar la búsqueda de restos de alimentos con los que sobreviven día a día. “Todos los días ando por la calle. De eso vivo, de la basura, raspando y buscando comida”, cuenta, con la voz cortada.

Recuerda aquellos tiempos en que Diego Maradona se lucía con la celeste y blanca. Le gustaba seguirlo, asegura. Hoy, en cambio, si bien no ignora el Mundial, detenerse frente a un televisor equivale, quizás, a un día sin comer.

Mientras recorre las calles, sueña con lo que podría hacer si dispusiera de una ínfima parte de las multimillonarias sumas que mueve la principal cita del deporte más popular del mundo. No imagina montañas de lujos, sino satisfacer la más básica de las necesidades: “en mi casa nunca faltaría para comer. No andaría así”. Jura, además, que con ese dinero trataría de ayudar a quienes se encuentran en su misma situación.

“Los futbolistas están podridos en plata. Sí, para eso también se sacrifican en la cancha, pero sí es verdad que se invierte muchísimo en eso”, reflexiona. Y arriesga: “el que tiene sufre más que el que no tiene. El que tiene, vive preocupado por todo. El pobre puede andar tranquilo: si hay para comer, come; sino Dios dirá”.

Cosas más importantes

Desde las 9 se puede ver a Manuel en su silla de ruedas en la esquina de San Martín y Muñecas, llueva o haya sol. Cada día se viene desde su casa en el barrio 11 de Marzo para pedirle una voluntad a todo el que circule por la angosta vereda. Billetes o monedas, todo suma. Con eso, sólo le alcanza para cubrir el taxi en el que se mueve, algunos gastos de comida y de la escuela de sus hijas, de 17 y 18 años. A “Manuelito”-como lo llaman-, no le gusta el Mundial. “Es una pelotudez. Ver los partidos es perder tiempo”, sentencia. No conoce a los jugadores ni a los DT, y el torneo le parece un despropósito. “No me parece razonable gastar tanta plata en algo así. Con un poquito de ese dinero mantendría mi casa y ayudaría a que mis hijas puedan estudiar algo en la universidad”, se conforma. Y si vuelve a esa esquina, sería sólo para ayudar a sus amigos “trapitos”.

En sintonía, Mario tampoco comparte la pasión por la pelota porque “te la pasas renegando”. No ve el Mundial ni se considera hincha de nadie. “Estoy sin tiempo”, atina a responder rápidamente, al tiempo que carga los últimos cartones. “No sé si mis hijos lo ven, están en casa. Yo agarro el carro y me pongo a trabajar. Si tuviera dinero compraría mercadería”, asegura antes de despedirse.

Pasada las 19, en la soledad de la calle habitué de Silvia, unas finas gotas cubren aún más su piloto amarillo chillón. Intenta limpiar de sus manos la yerba mojada que se mezcla con la factura que logró rescatar del contenedor. Agradece una y otra vez a Dios y a la Virgencita lo poco o mucho que tiene. Y suplica: “no se olviden de nosotros, los cartoneros, que somos los que más sufrimos”. Sí, para ellos, cada día es una final que hay que ganar como sea.

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