En plena revolución de la longevidad ¿estamos preparados para envejecer?

La expectativa de vida aumenta en Argentina. Todo indica que no nos llevamos nada bien con la vejez. El caso de los padres.

01 Jul 2018
1

LLEGAR A LA VEJEZ. La expectativa de vida aumenta en Argentina, pero con los cuidados necesarios se la puede transitar con alegría y bienestar.

Hay cuestiones en las que Argentina parece un país desarrollado. Una es la expectativa de vida: según la OMS, entre 2010 y 2015 la media pasó de 75 años y medio a 76 y cuatro meses. Esto, en los hechos, quiere decir dos cosas: los adultos mayores son cada vez más y viven cada vez más tiempo. ¿Estamos, como país y como personas, preparados para esto? Para la psicóloga Silvia Gascón, directora de la Maestría en Gerontología en Universidad Isalud, la respuesta es no.

“Por un lado, el propio envejecimiento es un proceso que cuesta aceptar -afirma en diálogo con LA GACETA-. Por el otro, estamos viviendo una ‘revolución de la longevidad’, que en poco tiempo ha modificado de hecho muchas reglas del juego”.

Vencer estereotipos

“A pesar de ser ineludible -de hecho, la curva de envejecimiento empieza alrededor de los 25 años- nadie quiere volverse viejo”, destaca Gascón y añade que los ideales propuestos por la sociedad -fuerza, belleza- conspiran contra el propio envejecer, y también contra los que ya envejecieron. Mitos idealizantes como el de la eterna juventud generan desde una infantilización de los adultos mayores (se los trata de ‘chicos’, se les impide ser autónomos y tomar decisiones, por ejemplo) hasta maltrato y discriminaciones: el ‘viejismo’ es el único caso que conozco en el que se discrimina un grupo del que -si se llega- se va a formar parte”, añade.

“La vejez de los padres, especialmente si viene acompañada con una demencia (cuya incidencia aumenta con el aumento de la longevidad), genera una situación de vulnerabilidad y requiere un proceso de duelo en los hijos”, asegura Diego Aguilar, psicólogo y director Ejecutivo de la tucumana Fundación León. “Que las cosas ya no son como eran se pone rotundamente de manifiesto; las dinámicas cambian y es necesario repensar desde qué lugar se brinda cuidados al adulto mayor”, añade.

En síntesis: en los tiempos que corren no nos llevamos bien con la vejez, y cuando el “fantasma” se personifica en los padres el problema suele ser mayor.

La vejez de los padres

Pero la realidad es que un grupo cada vez más numeroso de personas mayores vive 10, 15, 20 años más que en la década de 1960. Y, por otra parte, que esas personas han dado a luz una generación que Gascón llama “sándwich”: “tenemos más de 50 años. En otros tiempos, sin dudarlo nos hubiéramos hecho cargo de ellos. Pero esta es la generación de las mujeres que trabajan masivamente, tienen pocos hijos (o ninguno), construyen proyectos personales... Somos las de la minifalda, el cigarrillo y el amor libre”, describe. Y también -añade- las que, de a poco, se permiten preguntarse: ¿es una obligación hacerse cargo, o es una decisión? Esa pregunta -destaca- no viene sola: ¿cómo organizar la vida cuando los padres empiezan a envejecer? (Ver “Preguntas para estar atentos”).

“La mejor manera de acompañarlos es darles herramientas para que puedan valerse por sí mismos, y no tomar decisiones por ellos, sino -si hace falta- ayudarlos a tomarlas”, destaca Aguilar. Y es buena idea -añade- apuntalar su proyecto de vida (y ayudarles a construir uno, si la jubilación, por ejemplo, los dejó sin él).

La maldita culpa

El cambio de la realidad no necesariamente se refleja en una modificación del sistema de atención. “Hacerse cargo de un familiar dependiente, especialmente cuando eso se extiende en el tiempo, produce un desgaste terrible. El 80% de los cuidadores familiares termina en consulta por burnout. Al mismo tiempo, si no se hacen cargo, los carcome la culpa”, advierte Gascón. Para salvar esta paradoja es indispensable que el tema sea abordado en forma integral. “Es un nuevo (y en crecimiento) problema social, para el que, como sociedad, no estamos preparados”, añade.

respetar la autonomía
hay que cuidar a ambas partes de la familia Ya sea que los hijos decidan vivir con sus padres cuando estos necesitan cuidados, ya que opten por personal de apoyo, la clave para vivir satisfactoriamente esta etapa es que los mayores no pierdan su autonomía. “Es importante tratarlos como personas y evitar etiquetas: no es paciente, no es enfermo, no es un niño viejo. Respetar su autonomía es fundamental”, resalta Aguilar. “Suele generarse una dependencia psíquica mutua entre el adulto mayor y el hijo que asume su cuidado que, además de desgastante, enferma a la familia aún más”. “Si todo el cuidado que da en manos de familiares, el desgaste puede ser enorme. Para evitar que esto ocurra -señala Gascón-, hay que cuidar a las dos partes de la familia: hablar entre los hermanos y con los padres; organizarse de manera que las responsabilidades se compartan, y estar atentos si alguien en el grupo familiar entra en crisis”.  
¿Quién los cuida?
el 80% de las veces se hacen cargo las hijas 
“Hacen falta políticas públicas que pongan el ojo en las personas dependientes, cuyo número no va a dejar de crecer -reclamó Gascón-.  Y no me refiero a las agencias de cuidadores, que de uno u otro modo están empezando a solucionar algunas cuestiones, sino a un abordaje integral de esta realidad, que es un nuevo problema social. En la actualidad rige una concepción familiarista de la atención de los adultos mayores, sin tener en cuenta que el cuidador familiar además, trabaja y tiene a su vez una vida personal. No hay legislación que prevea, por ejemplo, subsidios a quien se ocupa de sus familiares ancianos, así como los hay para padres con niños pequeños”. Resaltó que en el 80% de los casos la atención de los padres está en manos de las mujeres de la familia (lo que también reclama -advirtió- una mirada de género) y que el desgaste puede ser tan intenso que se corre el riesgo de terminar en casos de malos tratos.  
TAMBIÉN SUFREN ABUSO... 
MALTRATO DEL ESTADO Y DE SU PROPIA FAMILIA
“Los adultos mayores viven en una situación de dependencia compleja (mayor o menor, según el caso): se les dificulta el acceso al sistema de salud, que no está diseñado pensando en ellos como un todo; la pérdida de ciertas habilidades (motoras, de desplazamiento, de comprensión de consignas) y capacidades (económica, por ejemplo) hace que necesiten apoyo -destacó Gascón -y esa dependencia puede generar malos tratos”. Al hecho de que no hay políticas públicas centradas verdaderamente en ellos (maltrato del Estado), se suma el riesgo de abuso personal. Y como pasa con los niños, en el caso de los adultos lo más frecuente es que ocurra en el seno de la familia: desde la falta de afecto -“que es la verdadera responsabilidad de la familia”, resaltó-, al maltrato físico y hasta financiero. “Hay hijos que se mudan con sus padres, se apropian de la vivienda y hasta de su jubilación”, describió.  

> Respetar la autonomía                                                                                                                                     Hay que cuidar a ambas partes de la familia

Ya sea que los hijos decidan vivir con sus padres cuando estos necesitan cuidados, ya que opten por personal de apoyo, la clave para vivir satisfactoriamente esta etapa es que los mayores no pierdan su autonomía. “Es importante tratarlos como personas y evitar etiquetas: no es paciente, no es enfermo, no es un niño viejo. Respetar su autonomía es fundamental”, resalta Aguilar. “Suele generarse una dependencia psíquica mutua entre el adulto mayor y el hijo que asume su cuidado que, además de desgastante, enferma a la familia aún más”. “Si todo el cuidado que da en manos de familiares, el desgaste puede ser enorme. Para evitar que esto ocurra -señala Gascón-, hay que cuidar a las dos partes de la familia: hablar entre los hermanos y con los padres; organizarse de manera que las responsabilidades se compartan, y estar atentos si alguien en el grupo familiar entra en crisis”.  

> ¿Quién los cuida?
El 80% de las veces se hacen cargo las hijas 

“Hacen falta políticas públicas que pongan el ojo en las personas dependientes, cuyo número no va a dejar de crecer -reclamó Gascón-.  Y no me refiero a las agencias de cuidadores, que de uno u otro modo están empezando a solucionar algunas cuestiones, sino a un abordaje integral de esta realidad, que es un nuevo problema social. En la actualidad rige una concepción familiarista de la atención de los adultos mayores, sin tener en cuenta que el cuidador familiar además, trabaja y tiene a su vez una vida personal. No hay legislación que prevea, por ejemplo, subsidios a quien se ocupa de sus familiares ancianos, así como los hay para padres con niños pequeños”. Resaltó que en el 80% de los casos la atención de los padres está en manos de las mujeres de la familia (lo que también reclama -advirtió- una mirada de género) y que el desgaste puede ser tan intenso que se corre el riesgo de terminar en casos de malos tratos.  

> También sufren abuso... 
Maltrato del Estado y de su propia familia 

“Los adultos mayores viven en una situación de dependencia compleja (mayor o menor, según el caso): se les dificulta el acceso al sistema de salud, que no está diseñado pensando en ellos como un todo; la pérdida de ciertas habilidades (motoras, de desplazamiento, de comprensión de consignas) y capacidades (económica, por ejemplo) hace que necesiten apoyo -destacó Gascón -y esa dependencia puede generar malos tratos”. Al hecho de que no hay políticas públicas centradas verdaderamente en ellos (maltrato del Estado), se suma el riesgo de abuso personal. Y como pasa con los niños, en el caso de los adultos lo más frecuente es que ocurra en el seno de la familia: desde la falta de afecto -“que es la verdadera responsabilidad de la familia”, resaltó-, al maltrato físico y hasta financiero. “Hay hijos que se mudan con sus padres, se apropian de la vivienda y hasta de su jubilación”, describió.  

> Cinco preguntas para estar atentos

1- ¿Pueden cuidarse solos?

Cambios en la forma en que hacen las cosas pueden darte  pistas sobre su estado de salud: ¿son capaces de seguir su rutina diaria (bañarse y cepillarse los dientes)? ¿Funcionan las cosas en la casa: andan las luces, prendieron la calefacción, está inusualmente largo el césped?

2- ¿Están perdiendo la memoria? 

Hay una diferencia entre los olvidos normales y la pérdida de memoria que dificulta las actividades cotidianas. Los signos de este tipo de pérdida de memoria pueden ser: hacer las mismas preguntas una y otra vez; perderse en lugares conocidos; no poder seguir instrucciones; confundirse con respecto al tiempo, las personas y los lugares 

3- ¿Están bajando de peso?

Bajar de peso sin proponérselo puede ser la señal de que algo anda mal, y puede relacionarse con problemas como pérdida del sentido del gusto o del olfato, dificultad para hacer las compras o problemas financieros que restringen lo que pueden adquirir en la tienda, o afecciones no diagnosticadas como malnutrición, demencia, depresión o cáncer. 

4- ¿Pueden movilizarse solos?

Prestá atención a cómo se mueven. ¿Están reacios a caminar las distancias habituales o no pueden hacerlo? ¿Han sufrido caídas? La debilidad muscular y el dolor de articulaciones pueden dificultar la movilidad. Si no tienen estabilidad al caminar, podrían caerse y las caídas son una de las principales causas de discapacidad entre los ancianos.

5- ¿Mantienen su vida social?

Estar de algún modo (que les sea placentero) activos los ayuda mantener sus ganas de vivir. ¿Mantienen su interés por sus pasatiempos? ¿Participan en organizaciones, clubes o comunidades religiosas? Que los adultos mayores ya no quieran estar con otras personas puede indicar un problema. 

Fuente: Mayo Clinic  




Comentarios