Una fría noche de junio de 1966

Testimonio, con algunas anécdotas, de la toma del gobierno de Tucumán tras el derrocamiento del presidente Arturo Illia.

01 Jul 2018

Corría un frío mes de junio de 1966. Como todos los días desde cuatro años atrás, yo tecleaba la venerable máquina de escribir “Continental”, en mi escritorio de LA GACETA. Cronista de informaciones generales, nunca hubiera pensado que, horas después, sería testigo del hecho que me propongo evocar en las líneas que siguen, medio siglo después y sin más auxilio que el de la memoria.

Recuerdo nítidamente que, al caer la tarde del lunes 27, en la redacción se encendió un alerta. Empezaron a llegar fuertes rumores de que los militares se aprestaban a un nuevo avance -el último había ocurrido en 1962- sobre el despacho presidencial de la Casa Rosada. Esta vez, el presidente era el doctor Arturo Illia. Culminaba así la crisis iniciada el día anterior, con la destitución del comandante en jefe del Ejército, general Pascual Pistarini.

Grandes problemas

En esa época, todavía no se había inaugurado la televisión y, por supuesto, no existían los celulares ni las computadoras. Las noticias no llegaban con la velocidad de hoy, ni con la actual precisión de detalles. En Tucumán, gobernaba el profesor Lázaro Barbieri. Lo ahogaban los problemas financieros. Acababa de partir nuevamente a Buenos Aires, a la búsqueda de los 300 millones de pesos que necesitaba para pagar los sueldos estatales de junio, además de gestionar los no sé cuántos millones necesarios para los anticipos de zafra de los cañeros.

Esto mientras el bloque de diputados oficialistas del Congreso Nacional -la Unión Cívica Radical del Pueblo- se proponía concretar la intervención federal a la provincia, caotizada por problemas económicos y gremiales que ya parecían escapar de las manos del profesor. Había huelga de maestros, huelga del Frente Estatal y en los Tribunales se trabajaba a reglamento, por ejemplo.

El general Otero

Los rumores sobre el golpe militar fueron tomando cuerpo. Al anochecer, los teletipos confirmaron a LA GACETA que el presidente Illia había sido desalojado. En la redacción, Rubén Rodó estaba a cargo de la sección Casa de Gobierno. El asunto era de su competencia: se apresuró a encararlo y me pidió que lo acompañase, por un curioso motivo.

En una de las sesiones de la Comisión Provincial del Sesquicentenario, el comandante de la Quinta Brigada de Infantería, general Delfor Otero, había volteado inadvertidamente un vaso de agua, inundando la mesa donde deliberaban. Rodó, en su crónica, registró el incidente como nota de colorido y el general le agarró una franca antipatía. Así, no podía pedirle ninguna información sobre este asunto y sobre ningún otro.

Pero en el Comando, era secretario de Otero el suboficial mayor Mulé. Seguiría siendo por varios años el hombre de confianza de los comandantes (lástima que nadie lo hubiera entrevistado cuando se retiró, porque era testigo de las más recónditas internas militares). Yo le había hecho un par de favores, consiguiéndole ediciones atrasadas del diario. Tenía por eso un buen trato con él. Por teléfono, desde LA GACETA, logré que me comunicara con el general.

“Antes del amanecer”

Le pregunté si era cierto el derrocamiento de Illía y me contestó secamente que sí. La misma respuesta tuve cuando inquirí si él se haría cargo del gobierno de Tucumán. Le pregunté entonces a qué horas tomaría esa medida. Tras un rato de silencio, me dijo que “antes del amanecer” y cerró el diálogo. Tuve que hablarlo una vez más. ¿No sería posible que nos avisara un rato antes, para que LA GACETA pudiera cubrir el acontecimiento y tomar fotografías? Prometió que nos llamaría quince minutos antes.

Salimos de la redacción y nos fuimos a comer. Después, dimos una vuelta por la zona del Casino, que estaba despoblada. De pronto, Rodó resolvió, acertadamente, que enfiláramos de inmediato hacia la Casa de Gobierno. Pensaba que era bastante probable que el aviso de Otero no se produjera nunca. Creo que era la medianoche cuando llegamos al palacio. A pesar de la hora, la guardia no nos puso obstáculo alguno y entramos tranquilamente al despacho del gobernador.

El despacho gélido

Estaban allí el presidente del Senado, Julio Romano Norri, a cargo del Ejecutivo por ausencia de Barbieri, con los ministros de Economía, Ildefonso Neme, y de Salud Pública, Silvio Colombo. Todos tenían puestos los sobretodos y algunos las bufandas, porque la calefacción estaba apagada. Nos ofrecieron café, pero los ordenanzas (diestros como nadie en olfatear los cambios de mando) no respondían al timbre.

Sobre la situación, Romano Norri y los ministros no sabían más que nosotros. Hablamos un rato. Pronto la conversación decayó. Nos limitamos entonces, por motivos distintos, a esperar. Me asomé al despacho del secretario general, Roque Abadie. Se concentraba, como para llenar el tiempo, en ordenar papeles o en tirarlos al canasto. Le pedí que me regalara una “guía de relaciones públicas” de tapas verdes, que estaba sobre el escritorio. Me le entregó con una dedicatoria emocionada, que se refería a ese momento. Debo tenerla en alguna parte de mi desordenada biblioteca.

Tropel de soldados

Así fueron pasando las horas. Serían las tres de la madrugada, cuando entraron al despacho dos jefes de LA GACETA, el secretario de redacción Mario Rodríguez y el jefe de noticias, Ventura Murga. Los acompañaba un señor Ferreyra, con el sombrero puesto, y Ramón Peralta, uno de los dueños de “La Cosechera”. Todos venían de comer algo en ese local (sede entonces de periodistas, políticos, intelectuales y noctámbulos en general) que acababa de cerrar. Se sentaron, como nosotros, a esperar. Al poco rato llegó Antonio Font, uno de los fotógrafos del diario.

Antes de las cinco de la mañana, sonó el teléfono. Desde el Comando, el general Otero hacía decir que dentro de quince minutos vendría a hacerse cargo del gobierno. Casi simultáneamente, una oleada de soldados con fusiles desembarcó de sus “jeeps” en la explanada, relevó a la guardia policial en un santiamén y se esparció por todas las dependencias del palacio, entre un estrépito de botas claveteadas.

Llega Otero

Un añoso empleado del Ministerio de Economía, que bajaba la escalera cargado de biblioratos, recibió la orden de no salir, y menos con papeles. El capitán que estaba a cargo del operativo entró al despacho del gobernador. Cortés pero firmemente, advirtió que todos los funcionarios debían concentrarse en el primer piso, “sin papeles en las manos”. Romano Norri, molesto, tomó el teléfono y habló al Comando, para averiguar si esa instrucción se aplicaba también al gobernador y a los ministros. El general hizo decir que no era para ellos, pero que nadie podía moverse del palacio hasta que llegara.

Daban las cinco en punto, cuando con pistola al cinto y un portafolios, el general Otero ingresó al despacho del gobernador. Lo seguía un compacto grupo de oficiales igualmente armados.

Redacción del acta

La tensión subió porque, justo en ese momento, Romano Norri estaba en el baño. Otero debió esperarlo unos minutos de pie. Cuando salió, el general lo saludó con bastante amabilidad y le dijo que venía a hacerse cargo del gobierno de la provincia, “por orden del comandante en jefe del Ejército, general Pascual Pistarini”. Romano Norri, con gesto cansado, le contestó que, “ante la situación de hecho”, le haría entrega del despacho.

Al acto tenía que protocolizarlo el escribano de Gobierno, Hugo Valladares Frías. Lo llamaron por teléfono repetidas veces y no contestaba. Tampoco contestaba el notario suplente, Juan P. de Azarloza. Esto mientras Romano Norri y Otero aguardaban, en un incómodo silencio.

Uno de los oficiales, creo que el mayor Salvador Anadón, me preguntó si conocía a algún escribano de registro. Le indiqué a Marco A. Padilla, hermano de uno de mis amigos. Llamaron a Padilla por teléfono. Contestó que, para asentar esa acta, necesitaba el protocolo de la Escribanía de Gobierno, y no lo tenía. El problema fue zanjado con rapidez. De parte de Otero, se dispuso que fuera redactada simplemente en papel romaní.

Empieza otra época

Un rato después, el escribano Padilla ingresaba en la Casa de Gobierno, para confeccionar, por primera vez en su vida, un instrumento de ese tipo. Cuando amaneció, empezó a congregarse más gente en el palacio, entre ellos varios legisladores, dirigentes políticos y curiosos en general.

En frente de los oficiales de la guarnición y de esa concurrencia, a las ocho y media de la mañana de ese martes 28 de junio de 1966, el general Delfor Otero pronunció –sin que nadie se lo tomara- un juramento de gobernador. Desde Buenos Aires, el senador nacional Celestino Gelsi había informado a LA GACETA que el general Juan Carlos Onganía asumiría la presidencia de la República.

La denominada “Revolución Argentina” se había instalado en Tucumán. El presidente llegó de visita pocos días después, para celebrar el siglo y medio de la declaración de la Independencia. Nadie sospechaba que, antes de terminar agosto, el nuevo gobierno dispondría el cierre de catorce ingenios (de los cuales sólo tres volverían a la actividad) clausurando el 28 por ciento de las bocas de molienda azucarera. Las derivaciones de esa medida constituyen, sin duda, otra historia.

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