Una quema de rastrojos que generó inquietud

30 Jun 2018 Por LA GACETA

Es un clásico tucumano que suele durar dos o tres meses y se repite anualmente desde hace muchos años. El fenómeno se inicia tímidamente, como una caricia, mancha paulatinamente el firmamento y en agosto se desboca, contaminando el medio ambiente. Las cenizas de la zafra que suelen ir acompañadas de humo, ocupan un lugar desatacado en la postal invernal de la provincia. En la noche del 25 de junio pasado, un humo espeso invadió la capital y los municipios vecinos, y generó problemas de visión y respiratorios en algunos sectores de la población. Se pensó que podría tratarse de un incendio de magnitud, pero luego se supo a través del secretario provincial de Medio Ambiente que se trataba de una quema de rastrojo de caña, que genera mucho humo, en las proximidades de San Miguel de Tucumán.

El funcionario dijo que la quema de rastrojos deriva de la cosecha de la caña de azúcar, mientras que la quema de caña propiamente dicha, que es una forma de cosecha de la materia prima. Afirmó que ambas prácticas transgreden la ley. “La quema de caña es ‘limpia’, mientras que la quema de los residuos que quedan en el suelo produce mucho humo, sobre todo en este tiempo, debido a que tuvimos un otoño muy húmedo. La humedad en el rastrojo que queda en los campos provoca más humo”, dijo.

El responsable del organismo afirmó que efectúan operativos en forma constante para combatir estas transgresiones y una vez que las detectan, aplican sanciones y dan aviso a la Justicia provincial para que actúe. Agregó que las quemas más intensas se registran a partir de agosto. “Todavía no vimos lo peor”, manifestó ante una consulta de nuestro diario.

En 2011, por pedido de la Justicia Federal, la Cátedra de Toxicología de la Facultad de Bioquímica de la UNT señaló en un reporte que en la quema de caña se liberan gases, compuestos orgánicos persistentes, ceniza y humo. “Tal vez como todas las sustancias liberadas en el acto de la quema de cañaverales, matorrales y otras hierbas no producen lesiones o afecciones de carácter agudo, no se les da trascendencia. Pero dentro de unos años lamentablemente, así como estamos viendo un aumento de enfermedades respiratorias, se pueden esperar cánceres”, se indicó en el trabajo.

El artículo 38 de la ley 6.253 prohíbe la quema de caña como método auxiliar de la cosecha. En enero de 2007, la norma fue modificada por la ley 7.459, mediante la cual los ingenios están impedidos de recibir caña quemada. El monto de la sanción por esta práctica se elevó entonces de $ 200.000 a $ 3 millones.

En agosto pasado, el gobernador afirmó: “al que queme caña, vamos a caerle con todo el peso de la ley”, aseguró. Agregó que se profundizarían los operativos de control y le pidió a la población que denunciara a los que inician estos incendios.

Respecto del incidente del lunes pasado, el responsable de Medio Ambiente no precisó dónde se había producido la quema ni tampoco dio a conocer el nombre de los propietarios de esos cañaverales. Es más, dijo que esta práctica perniciosa alcanza su mayor pico en agosto.

Desde 2007, el Gobierno y la Justicia vienen tirando las cenizas bajo la alfombra. No se conoce persona que haya sido sancionada por este delito, como tampoco fábrica azucarera por recibir caña quemada. ¿Qué hará falta para que se arreste alguna vez a los responsables de los incendios y haya sanciones ejemplificadoras? ¿Será necesario tal vez que el fuego ponga en peligro las propiedades de los gobernantes para que estos actúen con rigor? ¿Por qué una minoría de inadaptados sociales sigue perjudicando a todos los tucumanos? Mientras los intereses sectoriales y políticos prevalezcan por sobre el bien común, los ciudadanos seguirán siendo los únicos perjudicados.

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