Messi ya no estaba ahí

El gesto angustioso del 10 durante el himno fue el presagio de una noche fantasmal, en la que pasó totalmente inadvertido.

22 Jun 2018 Por Guillermo Monti
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DESCONSOLADO. El peso de la ilusión de millones de argentinos recae sobre los hombros del capitán. Messi no puede solo. reuters

Imagen 1: Lionel Messi está en el banco, con los botines limpitos y la mirada perdida. Es Alemania 2006 y Argentina acaba de ser eliminada por penales. Ni siquiera entró a la cancha para ponerle el cuerpo a ese duelo de cuartos de final con el anfitrión. Fin de la historia.

Imagen 2: Messi busca consuelo y no lo encuentra en ninguna parte. El 4 a 0 de Alemania saca a la Selección por la puerta de servicio de Sudáfrica 2010. El equipo fue una sombra a la que Messi jamás consiguió iluminar. Fin de la historia.

Imagen 3: Messi falla cara a cara con Manuel Neuer y la final de Brasil 2014 se inclina hacia -otra vez- el verdugo alemán. Tras una primera fase en llamas, Messi se va apagando mientras la Selección de Alejandro Sabella se mantiene a flote. Fin de la historia.

Imagen 4: Messi se sumerge en la pesadilla de Rusia 2014 cuando el arquero islandés le ataja el más anunciado de los penales. Desde ese momento desaparece de la escena, no en cuerpo pero sí en alma. ¿Fin de la historia?

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Es tan doloroso seguir a Messi en la noche de Nizhni Novgorod como imposible descifrarlo. Tanta desazón condensada en una mirada conmueve. La sensación más poderosa que transmite es la de un hombre solo. Resignado a que nadie sea capaz de darle un pase como la gente. Se recorta en la cancha como una figura fantasmal. Los botines verdes se mueven cada vez menos. Messi, decepcionado, entregado a ese destino de imágenes fatídicas, simplemente se va de la escena. Queda la carne, la camiseta 10, pero él ya no está ahí.

Carga con todo

Si algo le faltaba a Messi era jugar mal. Tan mal. Para un futbolista excepcional, pasar inadvertido sin incidir en el juego es una puñalada al alma. Sumergido en esa dinámica, fuera de sintonía, Messi clava la vista en ningún lugar. Tras cada gol croata la pantalla gigante del estadio devuelve un rostro vacío de gestos. Las cámaras intentan adivinar alguna respuesta escudriñando al Messi que trota lejos del área. No consiguen captar que él ya no está ahí.

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Cargado de culpas, mucho más ajenas que propias, Messi calza sobre sus hombros la ilusión de millones y millones que esperan encontrar en su magia al líder que regale la alegría. Quieren que sea Maradona en el 86, sin vueltas, pero Maradona está sentado en el palco. Maldita sea la eterna comparación, pensará siempre Messi sin decirlo. Ser el catalizador de un pueblo futbolero es una responsabilidad injusta que Messi asumió desde hace rato. En Nizhni, la hinchada ha dejado de cantar “que de la mano de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar”. Él ya no está ahí.

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En España (diario El País) escribieron que Messi es un Velázquez colgado en la cocina. Sirve para ilustrar la consideración internacional sobre Messi y el contexto con el que le toca lidiar desde hace años. Lo frustrante es que anoche el Velázquez se convirtió en un paisaje común y silvestre pintado en serie. Frustrante e imperdonable, tratándose de un jugador cuyo molde está irremediablemente roto. Sería difícil, un milagro, que Argentina alumbre otro Messi. O tal vez el Velázquez, harto de anhelar un lugar en el living, interiormente dijo basta. Él ya no está ahí.

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Gestos

Es tanto lo que se escribió, se escribe y se escribirá sobre Messi y el universo que lo rodea que la originalidad es un tesoro enterrado en alguna isla remota. Y esta vez, al cabo de la paliza croata, se trata de abordar los sentimientos. Más difícil todavía. Decodificar lo que una persona siente es la más compleja de las tareas, porque a fin de cuentas se trata de interpretarlo con poquísimos elementos. ¿Qué hacía Messi mientras sonaba el Himno? ¿Qué le pasaba por la cabeza cuando Argentina no encontraba el partido? ¿Cómo asimilaba esos goles que desmoronaban el sueño? Sólo lo sabe Messi; el resto es una irrespetuosa colección de versiones incomprobables. Puede que el tiempo aclare algunas cosas, tal vez comprendamos por qué esa certeza instalada en la cancha: él ya no está ahí.

Messi está en otro lugar, no en Rusia. ¿Dónde? ¿Desde cuándo? ¿Por qué? Todas esas respuestas están, irremediablemente, ligadas a la tristeza.

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