“Hoy es casi imposible limitar la libertad de expresión”

Gregorio Badeni, experto en Derecho Constitucional, dice que cada vez que la prensa es cercenada, aumenta la ignorancia de la sociedad.

19 Jun 2018
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JURISTA EN ACCIÓN. Badeni y Sbdar en la mesa panel de ayer en Tucumán. la gaceta / foto de diego aráoz

A los 12 años descubrió el constitucionalista Gregorio Badeni las bondades de las libertades de prensa y de expresión. Era pupilo en el Colegio Marín, en San Isidro, y, junto a otros chicos de su edad, imprimía el panfleto que los hermanos lasallanos distribuían en su zona de influencia para difundir su pensamiento en pleno auge del primer peronismo. “No había libertad de expresión. El órgano se llamaba ‘El Cocodrilo’. Los más chicos lo imprimíamos y los más grandes lo distribuían. Ahí descubrí el encanto de lo prohibido. Pensaba: ¿por qué tenemos que hacer esto a escondidas si se trata de algo tan razonable?”, recuerda, 63 años después, en una entrevista con LA GACETA.

Más tarde, Badeni dejó de ser operario de una imprenta antiquísima para participar de un programa de radio, también del Marín, que se emitía en los recreos. “Nosotros innovamos pasando la música de moda de la época y dando comentarios deportivos. Pero cometimos un gravísimo error: empezamos a hacer bromas sobre los hermanos lasallanos y nos censuraron. No tenían sentido del humor”, añade con una sonrisa el abogado que es uno de los máximos estudiosos contemporáneos de las libertades de prensa y de expresión. Badeni, asesor letrado de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) desde 1986, disertó ayer en una actividad pionera organizada por esa institución y la Corte Suprema de Justicia de Tucumán (se informa por separado).

-No siempre se tiene el privilegio de reflexionar sobre la libertad de prensa, ¿no?

-La libertad de expresión es la madre de todas las libertades. La libertad de prensa, como una especie de ella, fortalece al sistema político fundado en la tolerancia y el respeto recíproco, en suma, una serie de valores sin la cual no puede existir la prensa libre. De modo que hablar de las libertades de expresión y de prensa era síntoma de progreso en los siglos XIX y XX, pero en el siglo XXI debe ser el pan de cada día: algo completamente normal. En un mundo que fue hacia la globalización y que, aún con idas y vueltas, se mantiene allí, es absurdo negar o limitar la libertad de expresión. Se trata, por otro lado, de un rasgo que nos hace crecer y que une a los pueblos. Y, con las nuevas tecnologías, las trabas que antes se podían poner a su manifestación virtualmente han desaparecido.

-O sea que, hoy más que nunca, es en vano luchar contra la libertad de expresión.

-Cada vez es más difícil en todo el mundo. Esa corriente es algo que no se puede evitar, a menos que volvamos al siglo XVII, lo cual es imposible. La sociedad, por otro lado, quiere esa libertad y contra ello no hay estrategia de erradicación posible. Más aún en un momento donde todo lo que decimos puede quedar almacenado para siempre.

-Usted vino hace dos años a Tucumán para participar de una asamblea de Adepa y celebrar el Bicentenario de la Independencia. En esas circunstancias, el gobernador Juan Manzur se comprometió a adherir a la Ley Nacional de Acceso a la Información Pública, pero ello no sucedió. ¿Qué opina?

-Esa norma es fundamental para que el periodismo pueda desenvolverse con seriedad y credibilidad. Si al periodista no se le brinda cierta información en forma oficial, tratará de conseguirla por otras vías que no siempre son seguras. Aumenta el margen de error. Pero en una república no puede haber secretos. El acceso a la información pública debe estar garantizado para la ciudadanía en general. Es un gravísimo error, por no darle otro nombre, que los gobiernos se nieguen a esto, máxime cuando la administración nacional ya lo ha hecho. Mientras tanto, el sistema judicial, si es democrático y sólido, tendrá que subsanar la ausencia de la legislación específica mediante la emisión de órdenes judiciales que rescaten los pedidos razonables de datos formulados al Estado.

-¿Qué se pierde cada vez que la Justicia deja de lado el estándar especial de protección de las libertades de expresión y de prensa?

-Lo que se fomenta es la ignorancia del ciudadano. El periodista informa a este para que, a su vez, él ejerza su libertad de expresión. Las restricciones de estas libertades lo único que consiguen es sumir en la ignorancia al destinatario último de la información.

-¿También ese es el saldo de la partidización del oficio?

-En el pasado reciente, Argentina presenció el surgimiento del periodismo militante. Pero el periodismo no está para militar, sino para informar y opinar sobre los temas que conoce. Y lo que se fue gestando, como consecuencia de la mala formación, es el periodismo aventurero cuya meta principal es favorecer al Gobierno de turno y no al ciudadano al que se debe. Y eso le hizo mucho daño al periodismo.

-En referencia a las redes sociales, usted dijo que había que ser dueño de los silencios. Es revolucionario en un tiempo donde todo el mundo opina sobre todo...

-Tenemos que ser conscientes de que podemos opinar sobre todo, pero nuestra capacidad de opinión rigurosa, con conocimiento de causa, está limitada a pocas áreas. Esa es la única opinión que instruye seriamente y no banaliza las cosas. Nadie puede valerse de una red social para hacer aquello que no es capaz de hacer cara a cara. Lo contrario demuestra falta de educación y de cultura democrática. Hoy más que nunca somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.

-La prensa libre ha avanzado en la crítica de la labor de los jueces, que antes pasaban más inadvertidos. ¿Qué cree que generará esta exposición?

-Los jueces son funcionarios públicos. Como tales, asumen un cargo y una carga, y en ella está la obligación de aceptar las críticas, por más feroces e injustas que estas sean. Antes, las críticas a los jueces provenían de sectores especializados: eso ha cambiado. Aún con errores, es preferible que exista esa tensión a que reine el silencio. El periodista francés Raymond Aron decía en la década del 50 que para conocer el sistema político de un país había que estudiar cómo funcionaba su libertad de prensa. Él creía que cuanto mayor era esta, más intensa era la democracia. Y que, al revés, las mayores restricciones al periodismo denotaban más cercanía con el autoritarismo. Tenía razón entonces y la tiene todavía.

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