A los 9 años comenzó a exponer sus cuadros

Leandro Albornoz sorprende a todos sus profesores. Vive en un modesto barrio de la ciudad de Tafí Viejo, a 20 kilómetros de la capital tucumana.

12 Jun 2018
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LEANDRO Y SU OBRA. “Me saqué una foto y de ahí hice este autorretrato”, cuenta el niño artista. LA GACETA / FOTO DE ANTONIO FERRONI.

Se queda con la mirada fija en el atardecer, disfrutando del espectáculo de colores que tiñe el horizonte como si fuera una paleta gigante. “¿Estas bien?”, pregunta su madrina intrigada. “Sí”, contesta Leandro Albornoz volviéndose hacia ella con ojos extasiados, con un brillo que no es propio de un niño de 11 años. Carla Uñate abraza a su ahijado a punto de llorar y emprenden el regreso silencioso desde la yunga de Tafí Viejo, donde fueron a hacer senderismo, hasta el modesto barrio San Antonio, donde vive Leandro. Apenas llega se tira al piso y empieza a derramar sobre el papel los distintos paisajes que han recogido sus ojos. Yuly Alvarado y José Albornoz se miran y se encogen de hombros. No entienden demasiado la sensibilidad de su hijo, pero la respetan. Saben que es un artista rompiendo el cascarón.

Lo inspira la música

“Conocí a Leandro en un taller de pintura de Yerba Buena. Me llamó la atención no sólo porque era el único niño en un taller de adultos, sino por su forma de ser. Muy callado, se concentraba para trabajar sin detenerse en hacer sociales”, recuerda Carla. Leandro tenía nueve años. Futura psicóloga como es, Carla se acercó a Leandro y a sus padres, y terminó convirtiéndose en su madrina de confirmación. Un día le regaló un celular. Lo primero que hizo con su móvil nuevo fue buscar en Youtube autores de música clásica que él nunca había escuchado. Así descubrió a Beethoven, pero también a Enya y a Pablo Alborán. Además le gustan las canciones en francés. Pinta con música clásica largas horas y cuando sus padres le insisten que salga a jugar, pone cara de sufrimiento.

“Nosotros queremos que disfrute su vida de niño, pero si fuera por él se quedaría todo el día encerrado dibujando y pintando, es feliz así”, dice su padre, empleado no docente. En su casa, Leandro tiene su propia galería de arte. Es la habitación más grande de la casa y está llena de cuadros. “Mi hijo tenía tres años cuando comenzó a dibujar. Hacía una especie de graffitis. Mi primo, que es profesor de dibujo, me decía que no tire nada porque el chico es especial. También me lo dijeron en la escuela Congreso, de donde todavía es alumno. A los cinco años lo mandamos a un taller de pintura pero no le gustaba mucho. No cubre mis expectativas, mamá’, me dijo, así, con esas palabras”, se sorprende Luly, empleada de una obra social.

“Mi ahijado tiene una sensibilidad especial y mucho sentido de lo estético. Se incomoda con el ruido y la música fuerte. Tiene sueños de viajar, de ser independiente, de conocer el mundo. Es apasionado y con una gran capacidad de asombro”, lo define su madrina.

Como los insumos artísticos no son baratos, Leandro vende sus obras y les da el dinero a sus padres para que le compren pinceles. “Yo me sorprendía cuando mi hijo me pedía un lápiz blando. ¿Blando? decía yo. Para mí todos los lápices pintan igual”, ríe el papá. “Me pedía pinceles y yo le traía los escolares. No, mamá, me retaba, decile al señor que te atiende que necesitás pinceles para un pintor”, recuerda Yuly entre risas.

Buscando maestro

Leandro fue pasando de taller en taller. Pero su mamá no conseguía que su hijo fuera considerado algo más que un niño. En un conservatorio le tomaron una prueba para dejarlo ingresar. Allí conoció al profesor Marcelo Reyes y luego a Gabo Acosta y a Atilio Roberto, artistas plásticos de Tafí Viejo. Cada uno aportó su grano de arena en técnicas y consejos y hasta le dieron clases sin cobrarle nada porque veían las condiciones artísticas del niño. Así llegó, con nueve años, en julio de 2016, a la Expo Arte en el Catalinas Park. “Todos los participantes eran artistas adultos y profesores de plástica. Se sorprendían al ver a un niño. Ese día mi hijo ganó el primer premio por mayoría de votos con su obra La Negra”, cuenta Yuly con indisimulable orgullo. A partir de entonces se fueron abriendo las puertas una a una.

Exposiciones

El Periódico del Norte, de Tafí Viejo, le hizo una entrevista por su premio y entonces lo conocieron en la Casa de la Cultura y lo invitaron a la muestra individual ‘Manos del Futuro’, que se hacía en agosto de 2016 con motivo del Día del Niño. De allí lo invitaron a participar en la Expo Orquídea en agosto del año pasado. En esta última estaba presente una de las organizadoras de la galería de arte Braque del Centro Cultural Borges de Buenos Aires y quedó maravillada. Lo invitó a participar con un autorretrato pero antes nos pidió que le mandemos más obras para ver si estaba a la altura de la muestra”, cuenta la madre. Leandro expuso el viernes, rodeado de pintores consagrados.

“Con esta foto hice mi autorretrato”, revela el joven pintor con una copia de papel en su mano. El cuadro es el más grande que pintó en su corta vida, tiene las medidas que le exigían en Buenos Aires. “¿Ves los ojos? -señala- Aquí se refleja el paisaje de Tafí Viejo. Estas son las montañas”, indica con el dedo.

Leandro es de contextura física pequeña y su voz es clara y suave. Se incomoda cuando sus padres hablan de él, pero los corrige cada vez que se equivocan.

“¿Qué te gustaría hacer de ahora en adelante? “Aprender a pintar caballos”, dice sonriente. ¿Y en la vida? “Conocer otro país, cualquiera. Yo quiero viajar por el mundo y ver cómo son las ciudades y los paisajes para poder pintarlos”, contesta con su voz suave y mirada de niño.

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