Un sabroso armadillo

Los comentarios de un viajero inglés en 1825

30 May 2018 Por Carlos Páez de la Torre H
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EL QUIRQUINCHO. A Andrews le pareció exquisito, aunque luego lo impresionó la crueldad con que lo cocinaban.

Como se sabe, la Universidad de Tucumán publicó en 1915, traducido por Juan Heller (y lo reeditó en 1967) capítulos del libro de viajes del capitán Joseph Andrews. Lo tituló “Las provincias del norte en 1825”. El viajero inglés se detenía, entre otras cosas, en las costumbres populares de Santiago, Tucumán, Salta y Jujuy.

Por ejemplo, narra que yendo de Tucumán a Salta, fue huésped en la estancia del suegro del general Güemes, don Domingo Puch. Allí pudo disfrutar, cuenta, “entre una exquisita variedad de platos, una cazuela de armadillo, que difícilmente podría encontrar rival por lo sabrosa”. Durante el viaje, había divisado con frecuencia a los armadillos o quirquinchos, esas “ratas cubiertas de una concha, corriendo por los caminos”, a las que “como sucede con las vizcachas, los peones y gente de campo no les dan valor, por lo abundantes”. En la casa de Puch, se dio cuenta de que los quirquinchos eran “la mejor vianda que puede encontrarse viajando por esas comarcas“.

Sin embargo, al saber cómo se la preparaba para la mesa, Andrews se alegró de no haberla comido antes. “El armadillo, como es sabido por los naturalistas, acostumbra a envolverse en su propia armadura, adquiriendo la forma de una bola, en la que difícilmente puede penetrar un cuchillo. De la misma forma que la cucaracha, pero naturalmente de un tamaño mucho mayor, y adoptando el mismo modo de defensa que el erizo, aunque sin las formidables espinas de éste, permanece inmóvil, burlando así a sus enemigos. Sólo el hombre tiene en reserva una estratagema para él. Se le coloca con armadura y todo sobre el fuego, de modo tal que, en su propia concha, forme el plato en que se le asa vivo: un martirio para satisfacer el apetito de un hombre...”

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