Mitos y verdades de la gesta del 25 de mayo de 1810 - LA GACETA Tucumán

Mitos y verdades de la gesta del 25 de mayo de 1810

El historiador Rubén Di Meglio afirma, en una entrevista con Télam, que la participación de la plebe fue clave.

26 May 2018
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UNA IMAGEN CLÁSICA. Un óleo del catalán Francisco Fortuny que recrea la versión más divulgada del 25. óleo de Francisco Fortuny.

“La foto del Cabildo con las personas y los paraguas nunca existió. Sin embargo, junto con la Casita de Tucumán, el Cabildo es el ícono de la emancipación por excelencia”, afirma Gabriel Di Meglio. La reflexión es parte de una entrevista con la agencia Télam en la que el investigador del Conicet también ilumina uno de los temas que la generación de historiadores que él integra está encarando desde hace unas décadas: el papel de la plebe, de las clases populares, y el de las mujeres, en el proceso que confluyó en la gesta independentista.

El imaginario de la gente adelante del Cabildo inmortalizada en aquella postal escolar, dice, comenzó a erigirse hacia 1880. “Las memorias son muy engañosas. Ese día no hubo dibujantes: había testigos pero estaban más preocupados por describir el cambio político que cómo eran las cosas ese día. Cuando se volvió históricamente a la fecha para reconstruir lo sucedido fue muy influyente un libro de ficción, de Vicente Fidel López, uno de los fundadores de la historiografía argentina, autor del libro “Semana de Mayo”. Ahí puso por primera vez el tema de los paraguas. Y el primer artista que encontramos que pintó la postal fue un español llamando Nicolás Cotanda, basado en ese texto”.

Enseñar la revolución

¿Cómo se enseña la Revolución de Mayo hoy en las escuelas? Para Di Meglio, se reafirma el ritual que se traslada con las mismas formas a lo largo del tiempo. “Pero lo de 1810 no fue sólo una revolución política sino también en contra de las jerarquías sociales y raciales, que tuvo consecuencias muy fuertes en la formación posterior del país”. Advierte que 1810 fue el comienzo, pero la emancipación continuó durante, al menos, una década. “La Revolución de Mayo inicia un proceso en el cual algunos grupos muy minoritarios querían la independencia, pero la mayoría de los revolucionarios al principio más bien plantean la autonomía dentro del imperio español, es decir, que el rey acepte el autogobierno local. Y ese no es el discurso escolar, que plantea que la Revolución de Mayo es el inicio de la independencia”.

Añade que es importante analizar que fue un proceso con mucha conflictividad; y que hay que analizar qué cambió en 1810: ver cómo la sociedad de castas deja de serlo, cómo se transformó la economía, cómo se pasó de ser súbditos de la monarquía a ciudadanos de la república, qué implicó la república. “Es interesante añadir al discurso tradicional que no solo un grupo de hombres de las clases altas de Buenos Aires y otras provincias condujo ese proceso sino que tuvo una intervención popular decisiva, y también analizar el papel de las mujeres en ese proceso, ausentes de ese discurso tradicional, salvo como dama antigua escolar”, observa.

De Billiken a la plebe

En su infancia, Di Meglio también era de los que dibujaba un Cabildo en su cuaderno escolar, se pintaba la cara con corcho para actuar de “negrito” rodeado de compañeros disfrazados con trajes de granaderos, damas antiguas y vendedores ambulantes. Hasta que en la Facultad de Historia de la Universidad de Buenos Aires (UBA) se reencontró con la efeméride y convirtió el día rojo en el calendario en su objeto de estudio, centrándose en el rol de las clases populares durante la emancipación.

El puntapié de su interés en la Revolución de Mayo fue un texto de Tulio Halperín Donghi, en el que el historiador mencionaba el rol preponderante de la plebe en el proceso, pero no profundizaba mucho más en ese punto. “Me quedó flotando esa curiosidad: tenía ganas de estudiar algo de la historia argentina y me terminé enamorando del papel de las clases populares de la Ciudad de Buenos Aires en la Revolución de Mayo, porque sin tener en cuenta la participación plebeya no es posible entender el fenómeno: una de las claves de la revolución es la gran movilización popular”.

Para trabajar el período revolucionario que seleccionó -de 1810 a 1830-, fue fundamental el trabajo de archivo, y también fue su mayor desafío: como la mayoría de la población de la época era analfabeta, los testimonios escritos de las clases populares son muy pocos. Para sortear el inconveniente, Di Meglio se centró en las fuentes mediadas: los discursos de las clases altas sobre la plebe, la prensa de la época y los documentos gubernamentales, policiales y, sobre todo, de la Justicia. “El documento judicial fue la estrella, fue la fuente que mejor me permitió explorar ese universo humano al que de otra forma no me habría sido posible acceder, porque ante cualquier juicio hubo una persona que tomaba declaraciones de víctimas, que justamente eran los que hablaban pero no sabían escribir”.

Al indagar en los archivos judiciales, Di Meglio llegó a dar con un documento inesperado que fue clave para su investigación. “Un día, después de horas y horas en el archivo, encontré en un documento judicial la transcripción de la arenga de un soldado negro miliciano a sus compañeros, durante la organización de un motín. Fue un hallazgo que me permitió reafirmar muchas de las cosas que yo venía encontrando, porque es muy difícil encontrar de manera directa qué le dice alguien del mundo popular a otro: es más fácil encontrar eso cuando los líderes son de las élites”, recuerda. Como en ese entonces aún no existían las cámaras digitales, Di Meglio copió en su cuaderno la arenga casi de forma textual. “Era un episodio totalmente olvidado y pequeñito, pero que daba muchas pistas para entender un proceso político más general. Fue hermoso”, confiesa, en la entrevista con Télam. “De esos momentos de mi trabajo que nunca voy a olvidar. Tuve mucha suerte al encontrarlo”.

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