En la crisis, o se está en la mesa o en el menú

11 May 2018
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El gobernador de Tucumán entró ayer a la Casa Rosada con la incomodidad de que todos los diputados peronistas de esta provincia votaran en el Congreso por el freno y la retracción de las tarifas de los servicios públicos; con la tranquilidad de no haber dicho ni una palabra sobre el modo en que el macrismo enfrenta la crisis financiera que detonó la semana pasada en el país; y con la angustia de ignorar cómo evolucionarán los acontecimientos, FMI mediante.

La Historia no habla, pero se expresa, sintomáticamente, en imágenes. En el encuentro entre Mauricio Macri y Juan Manzur convergen, en diferentes niveles, pasados, presentes y futuros, a pesar de los antagonismos políticos.

Tres tiempos

El tucumano fue durante seis años ministro del kirchnerismo, incansable sembrador a mediano plazo del descalabro de las cuentas públicas que estalla ahora. Las semillas fueron la emisión descontralada, la inflación erosiva negada por el Indec, la aplicación de un cepo que ahuyentó la inversión extranjera, el retraso tarifario que conjuró la inversión en servicios públicos, los subsidios inconmensurables de los que se alimentó la corrupción, el gasto público inmanejable, la liquidación de las reservas del BCRA…

El Presidente conduce el Gobierno que se encargó este año de crear por sí solo las condiciones para que floreciera esa crisis incubada, con un récord de contradicciones: cambió las metas de inflación, pero para fijar objetivos incumplibles; pregonó la independencia del BCRA, pero a la hora de anunciar el cambio de pautas flanqueó al titular de la entidad con el jefe de Gabinete y los ministros de Hacienda y de Finanzas; proclamó la libre flotación del dólar, pero intervino en el mercado de cambio con miles de millones de dólares de las reservas; clamó menor presión impositiva, pero en un mercado financiero gravado ya en un 95% decidió aplicarle impuesto a las Lebacs para los extranjeros, que decidieron irse al dólar… Maldita la ironía del destino: hablaban de “brotes verdes” y tuvieron un “brote” del dólar...

Manzur y Macri son también, en distinta escala, los administradores de territorios profundamente empobrecidos. Donde las “buenas noticias” en materia de indicadores sociales consisten en que la pobreza no afecta a la mitad de la población, sino “sólo” a un tercio.

Uno y otro, con diferentes proporciones, se necesitan mutuamente para llegar a la otra orilla del mandato, ahora que ya han cruzado la mitad. El Presidente necesita gobernabilidad, alimentada por muchos recursos externos y poca conflictividad en el país. Con administraciones afines en Provincia de Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Mendoza y Jujuy, ayer hizo una convocatoria a la que asistieron, junto con el tucumano, los gobernadores de Córdoba, Entre Ríos, Santiago del Estero, San Juan, Misiones y Chaco.

A Manzur, con otras dimensiones, le hace falta más o menos lo mismo: gobernabilidad sustentada en recursos externos (federales) y pocas peleas en el orden nacional. El FMI, con diferentes perspectivas, aparece en el mismo horizonte para los dos mandatarios.

Camino de cornisa

Manzur permanece sentado arriba de la “caja” del Estado tucumano. De ella sólo salen los recursos indispensables, pago de salarios y de gastos funcionamiento y, excepcionalmente, impostegrables trabajos de escasa magnitud.

Siendo un gobernador de signo político distinto que el del Presidente, el tucumano lleva dos años administrando en la más completa incertidumbre acerca de si contará con más recursos nacionales que los que le corresponden por ley, así que ha solapado la nula obra pública de envergadura con el cuentito de que su gran obra es la inserción de Tucumán en el “mundo”. Suena bien, salvo por el detalle de que en la crisis que hace crujir a la Argentina por estas horas confluyen la falta de respuestas del “mundo” a las invitaciones argentinas para desembarcar aquí con inversiones; y la salida de capitales extranjeros que ya estaban aquí con destino a otros lugares del “mundo”.

En principio, con esta política manzurista de “pisar” el gasto público, la Provincia no va a tener problemas para pagar sueldos. No se trata de que tiene ahorros, sino de que el cálculo de ingresos por medio de la Coparticipación Federal de Impuestos (que la Casa Rosada no puede alterar) y la proyección de la recaudación provincial dicen que este aspecto administrativo está resuelto.

Pero otro será el cantar si el país entra en recesión. Una caída sostenida de la actividad económica y del consumo derrumbará de la recaudación y adelgazará la coparticipación federal y la recaudación local. Claro está, en ese escenario no sólo estará en problemas Tucumán sino toda la Argentina. Pero ese peligro posible muestra de qué modo (con matices diferentes) Provincia y Nación se necesitan en los meses venideros.

Ciertamente, no van a venir tiempos fáciles con el FMI, ese organismo históricamente severo a la hora de exigir el cumplimiento de políticas de austeridad fiscal a los países pobres; y crónicamente complaciente con los países ricos, hasta el punto de no prever el crack de 2008, la mayor crisis financiera del capitalismo desde la Gran Depresión.

La Provincia ya ha entrado en una reforma fiscal tendiente a eliminar progresivamente el Impuesto a los Ingresos Brutos de las actividades productivas. Los cambios ya introducidos la han hecho resignar 700 millones de pesos para este año, bajo promesa de una compensación nacional. El objetivo de aliviar a la producción de tributo es distender los precios y con ello la inflación.

Pero es casi un hecho que el FMI, a cambio de confirmar la aptitud de la Argentina para recibir financiamiento internacional (se acude al “Fondo” también por esa especie de “certificación”: una suerte de “norma IRAM” que exhibir ante los capitales extranjeros), no sólo extenderá su clásica receta de ajuste, sino que además prescribirá un tratamiento acelerado, en nombre de que el déficit público de Argentina es no sólo alto, sino también uno de los mayores de la región.

La senda que empieza a dibujarse, entonces, es un camino de cornisa. Sucintamente, porque la alta presión tributaria ha sido el costo que han pagado la Argentina y Tucumán a cambio de combatir el desempleo con empleo público, durante los últimos 15 años.

Dos cuestiones

El empleo público creció de manera directa, mediante la designación de estatales. Entre 2003 y 2015, según los datos de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), fueron nombrados 1,4 millón de empleados públicos en los tres niveles del Estado. Es decir, la Nación, las provincias y las municipalidades pasaron de tener 2,2 millones de agentes a 3,6 millones. Para contrastar, durante las dos décadas anteriores, el total de nombramientos fue de 360.000. En Tucumán, según las leyes de Presupuesto General de la Provincia, la planta permanente de estatales pasó de 40.000 a 80.000 puestos en esos 12 años.

De manera indirecta, el Estado también destinó fondos durante el período 2003-2015 a pagar sueldos del sector privado. Por ejemplo, mediante el subsidio a los call centers para cubrir un porcentaje de la planilla salarial. Y, de manera encubierta, muchos planes sociales que exigían a los beneficiarios una contraprestación laboral fueron en los hechos sistemas de empleo público diferenciado: sus titulares cobraban del Estad.

Finalmente, en el trabajo pasivo, el número de jubilaciones y de pensiones se duplicó: según información oficial del gobierno anterior, gracias a las moratorias previsionales de 2005 y de 2014, los jubilados y los pensionados pasaron de 4 millones a 8 millones.

Respecto de estas cifras meramente denotadas hubo y habrá reivindicaciones y detracciones. Los que están a favor de estas políticas argumentarán que en la “década ganada” se abandona el modelo de un Estado ausente y, por tanto, los nuevos bienes y servicios para los argentinos demandan de más personal. Los críticos dirán que la empleomanía desembozada fue el acicate de los resultados electorales por parte de gobernantes que pagaban sus campañas con el erario, empezando por las planillas salariales.

Los técnicos advertirán dos cuestiones. La primera es que más empleo público es igual a más impuestos. La segunda es que cuando la economía no crece, no puede haber más empleo privado.

Por eso, lo más gradual del gradualismo ha sido, simultáneamente, la anunciada reducción de la planta de estatales y el prometido alivio para la presión fiscal. No se puede lo uno sin lo otro.

Las alternativas

Esto, por cierto, lleva al filón político de la crisis. Detrás de la espesura de la coyuntura, se asoma en el trasfondo que el macrismo no se considera un proyecto político de transición, sino que se asume como un modelo de continuidad.

Si bien aplicar la “terapia de shock” que auspiciaban algunos sectores (echar 1 millón de estatales, subir las tarifas y los combustibles sin anestesia, y que el dólar llegue hasta donde pueda) hubiera terminado en un estallido, no menos cierto es que el gradualismo es apostar a “seguir”. A un Presidente que sólo se plantea cuatro años de gestión la impopularidad no lo hace resignar metas.

La continuidad macrista necesita gradualismo. El gradualismo necesita recursos. Y cuando los socios radicales dijeron que no se podía seguir recortando el déficit a fuerza de tarifazos, la Nación fue a buscar un socio inversor afuera.

La hora de las decisiones llega un año antes de lo previsto. Manzur esperaba a 2019 para tomar posición, y su silencio de estas semanas da cuenta de lo que incómodo que representa para el tucumano un escenario en el que debe tomar definiciones públicas. De hecho, lleva 30 meses sin dar señales respecto de si buscará o no su reelección. Pero el escenario nacional se estremece en variables que él no puede controlar. El macrismo ofrece acuerdos de gobernabilidad y el peronismo busca reunificarse sin kirchnerismo ni maniobras destituyentes.

Manzur va a tener que decidir. Y esa determinación nacional también empezará a delinear su futuro político en la provincia. La crisis ha llegado (o más bien ha regresado, en un país que por momentos pareciera tener a su pasado como futuro) y lo intima. Participar del Gobierno no equivale a gobernar. Dicho de otro modo, una vez que se accede al poder, se está sentado a la mesa de los que deciden… o se está en el menú.

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