La verdadera democracia

El Te Deum brindó definiciones del 25 de mayo de 1810, para aplicarlas al hoy y aquí.

26 Mayo 2004
Es tradicional que, en el Te Deum de la fecha patria al que asisten las autoridades, se consigne, en la homilía, la posición de la Iglesia Católica respecto de cuestiones de puntual actualidad. Ello hace adecuado referirse al contenido de esa exposición de ayer, en la ceremonia efectuada en nuestra Catedral. La alocución partió de las definiciones del 25 de mayo de 1810, para aplicarlas al hoy y aquí. Si en aquella jornada de hace 194 años se discutía la forma de gobierno, hoy sería ocioso hacerlo, ya que a partir de la Constitución de 1853 se estableció la forma representativa, republicana y federal para nuestra nación. Pero esa verdad no significa que la cuestión haya terminado, según expresó el orador. Porque nuestra responsabilidad, como herederos de los patriotas fundadores, ahora "es la de consolidar el modelo republicano, y hacer, de esta juvenil democracia argentina, un sistema que verdaderamente implique un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo".
Si nadie discute la excelencia de tal marco jurídico y político, tampoco debe negarse su fragilidad, lo que conlleva la responsabilidad común de cuidarlo. Sucede que la democracia no se agota en las cuestiones meramente formales. Mucho más importante que estas, es fortalecer su cimiento. En dicho orden de ideas, no puede hablarse de una democracia verdadera, mientras una muy considerable parte de la población se encuentre, en los hechos, excluida de toda participación, ya que las imposiciones del mercado la han llevado a carecer de trabajo y, por consiguiente, de recursos. Parece evidente la fuerza que, en esa instancia, debieran tener los valores evangélicos de "fraternidad, libertad, igualdad y respeto".
La homilía insistió en que el compromiso de la hora presente deber ser lograr que, en materia de democracia, sepamos "pasar de un sistema meramente representativo a uno participativo". Que el sistema es el único adecuado, resulta indiscutible: nadie podría aspirar al regreso de las dictaduras. Pero, al mismo tiempo, es innegable que esta democracia que nos enmarca requiere, para su fortalecimiento y su efectiva vigencia, la incorporación de cambios que hagan crecer su espíritu y que ensanchen su campo. Hace pocos días, el Episcopado Argentino ha dicho claramente que, si las causas de la crisis son hondas, habrá que recorrer un arduo y sacrificado camino para conjurarlas. "Es el camino de las reformas profundas que permitan restablecer una mayor confiabilidad en los representantes del pueblo y un renovado fortalecimiento de los poderes del Estado. Es el camino de la búsqueda de políticas consensuadas, que trasciendan a personas y gobiernos, y faciliten una participación ciudadana más amplia, que impedirá la acumulación de poder en unos pocos y ayudará a desterrar los caudillismos y personalismos que tanto mal han causado a nuestro pueblo, debilitando sus instituciones". La alocución postuló que la Argentina y Tucumán reformulen su modelo político, "para profundizar la vigencia de la democracia republicana y federal". Y esas reformas deberán tener, como meta imprescindible, el bien común; es decir, beneficiar al pueblo y particularmente a sus sectores más humildes, dejando de lado todos los otros intereses, por poderosos que sean. Entenderlo así es responsabilidad grave de la dirigencia, que en esta hora crítica debe dar ejemplo, puesto que sigue exigiendo sacrificios al pueblo.
Es innegable que la homilía del Te Deum tocó el punto más sensible de la actual problemática nacional. Sería difícil no compartir la oportunidad y el realismo de estas apreciaciones. Sin duda, son adecuadas para una profunda reflexión por parte de gobernantes y de gobernados.

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