Esa grieta que nos enfrenta

A diario se habla de ella, como si fuera la causante de la división de los argentinos. ¿Cómo podría cerrarse esta brecha que nos desune inútilmente?

24 Abr 2018 Por Roberto Espinosa
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LA MITAD MÁS UNO. Las antinomias siempre han acompañado a la historia argentina. En los últimos años, el enfrentamiento por proyectos políticos diferentes se ha profundizado. motor economico

La mirada se abisma en el tiempo. Tal vez una serpiente gesta el primer cisma. Eternidad y muerte, el bien y el mal, la virtud y el pecado, se disputan al ser humano. El lobo y el cordero. Libertad o inquisición. Víctimas y victimarios. Cada uno elige de qué lado va a estar y defiende con uñas y dientes su corralito. La mirada se agrieta en el fundamentalismo. ¿Por qué una religión es la única verdadera y las otras no? El pensamiento único cosecha fieles en todas las épocas. En nombre de Dios, se esclaviza, se mata, se tortura, se secuestra, se invade, se destruye. El otro es el enemigo. El vocero del mal. Se extermina para lograr la paz. Una brecha entre los ojos. Entre las orejas. Una boca es propietaria de la verdad. Descalifica. Despotrica. Censura al otro que piensa diferente. Una hendija bandida confronta a suegras con yernos y nueras. La mirada trastabilla en los ecos de la historia. Maniqueísmo. Manipulación. Divide y reinarás. Al parecer, nadie puede escapar. A río revuelto ganancia de pescadores. ¡Un puente urgente, por favor!

Hace ya tiempo la palabra se ha puesto de moda para hablar de la división política de los argentinos: kirchneristas versus antikirchneristas. Lo cierto es que la grieta viene de mucho tiempo atrás; un buen ejemplo son las antinomias que nos caracterizan y que de algún modo nos definen: peronistas y radicales, unitarios y federales, River y Boca, etc., siempre la mitad más uno. Estas diferencias nos llevan a menudo a enfrentamientos estériles. ¿Qué es lo que provoca esta grieta? ¿Es un invento del poder político y económico? ¿La antinomia está en la naturaleza de los argentinos? ¿Por qué otros países han podido superarla o, por lo menos, sobrellevarla? ¿Qué debemos hacer para unirnos tras un objetivo común? Si estuviera en tu poder cerrar la grieta, ¿qué harías?

> Aprender a respetarse

Sandra Bulacio | Sommelier

Pienso en Dostoievski, cuando reflexiono en la palabra “grieta” y recuerdo una frase que nos pide respetarnos primero a nosotros y por añadidura al prójimo. La antinomia viene desde el triunfo de la Revolución de Mayo, cuando vino la tarea de organizar el Estado con distintas ideas; se discutió con armas en mano si el país sería unitario o federal. Las ideas partidarias que pretenden conformar un sistema social, se niegan a considerar otras ideas, porque no aceptan la oposición. Predicar una sola ideología es la mejor manera de manipular política y económicamente a la sociedad, como dice el autor ruso en su novela “Pobres gentes”, la miseria humana nos empequeñece. Grietas han tenido y tienen otros países, incluso los más desarrollados, por ejemplo; en España están a favor y en contra de la independencia de Cataluña; en Crimea, entre Rusia y Ucrania. Entiendo que pueden superarse las grietas con una conciencia sana, donde las diferencias se hablan para llegar a acuerdos que convienen al país. Apelando al sentido común y para que la grieta no nos afecte a tal punto de odiar o pelearnos por no aceptar la ideología de los otros, para mejorarnos como personas deberíamos ser capaces de comprender al adversario con madurez y unirnos detrás de un fin común: trabajar por el bien de la nación más allá de las ideologías. Si en mí estuviera la posibilidad de cerrar la “grieta”, haría un llamado a la reflexión: “Señores ciudadanos, veamos al país que queremos para nuestros hijos, soñemos con una Argentina que progrese y como dice Dostoievski aprendamos a respetarnos”.

> Por la entrada del callejón

Gabriel Fulgado | Productor de Espectáculos

El término está omnipresente en charlas y discusiones de todo tipo. Los medios lo amplifican y nuestra sociedad lo aplica a cualquier conducta social como si por sí mismo explicara como ningún otro nuestra historia o realidad. Lo malo es que usándolo como justificativo o respuesta casi automática, nos aleja de la necesaria reflexión para entenderlo y eventualmente superarlo. La grieta divide a la nación, partiéndola en parcialidades, casi clanes, donde cada uno cree ser el dueño de la verdad absoluta y rechaza toda opinión que provenga de la otra parte. El fenómeno no es una creación argentina, no nació en este siglo y lo único que puede diferenciarnos de experiencias similares en otras latitudes, es la forma en que podamos resolverlo o no. Muchos de estos enfrentamientos que enmarcamos como grieta, son como un brote de “acné” en la adolescencia de nuestra democracia. Su manifestación puede ser también un camino a la madurez institucional. La ruptura que realmente me preocupa es la social. Si uno de cada tres argentinos es pobre, si nuestra desocupación es estructural, la situación es explosiva. No hay contrasentido mayor que un país con capacidad de producir alimentos para 400 millones de personas, tenga en su interior gente con hambre. Esta verdadera fractura es la que debe movilizarnos por encima de cualquier proyecto político. Así como de un callejón sin salida se puede salir por la entrada, nuestra sociedad necesita vitalmente construir por sobre esta grieta “puentes” que la superen, espacios por los que puedan circular los integrantes de ambos costados de la ruptura con dignidad y respeto. Me permito sugerir humildemente una medida (no por original, sino por necesaria): Votar plebiscitariamente la obligación de todo gobierno de asegurar para cada argentino y a “cada hombre de buena voluntad que habite este suelo, ¡tres comidas diarias!” Quien asegura a otro su alimentación, lo reconoce como igual y puede ser el comienzo de cualquier proyecto de vida común.

> Lobos y corderos

Mario Albarracín | Artista plástico

La historia de la humanidad siempre estuvo marcada por “la lucha de clases”. Si hacemos revisión histórica, nos daremos cuenta de que la grieta social siempre estuvo atada a los intereses económicos. La grieta vista desde el pensamiento ideológico se ensancha volviéndose casi infranqueable. Pero la lucha política es necesaria para el nacimiento de las ideas, para el control mutuo de las fuerzas que supuestamente deberían coincidir en la búsqueda del bien común. Quizás la grieta más antigua y abstracta que existe es “Cielo o infierno”, antigua pero efectiva. “Imagina un mundo sin fronteras”, decía Lennon en el mismo país donde Trump construye su muro. En ambos terrenos de la grieta se siembra el futuro, el problema es la desigualdad de recursos para abonar las parcelas y la cosecha, por lo tanto, será desigual e injusta. Si no miramos adentro de nosotros mismos para poder vernos en los demás, la grieta se vuelve interior. El odio de clase, la intolerancia y la discriminación se naturalizan. “Solo se diferencia del reino animal, porque es el hombre el único capaz de odiar”. La grieta según Esopo: Un lobo y un cordero cada uno por su lado, fueron a un río a beber agua para calmar su sed. El lobo buscando pretextos para atacar al cordero le dice: “¿Por qué me enturbias el agua mientras yo bebo?” El cordero responde, que como él le puede empañar el agua si está bebiendo en la parte baja del río. El lobo se lanza sobre el cordero y lo devora. “Cuando un lobo se empeña en tener la razón, ¡pobres corderos!”

> La apuesta

Elena Pedicone | Doctora en Letras

Me alegra pensar que la tan mentada grieta de los argentinos será en un tiempo solo una anécdota. Si como señala una de las acepciones de la RAE la grieta es aquella dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo, el panorama es esperanzador. Las dificultades están para superarlas y los desacuerdos para buscar convergencias. Nada terminal por cierto. Confío en la palabra como la gran herramienta; la palabra sincera que siempre tiende puentes. Escucharnos con atención deberá ser nuestra apuesta. Escucharnos para atender, no para responder con el automatismo de un pensamiento unilateral. Liberarnos de prejuicios para poder avanzar en nuestro razonamiento junto al otro; sin el solipsismo del que tiene ya de antemano una respuesta. La palabra de nuestro interlocutor puede resultar tan reveladora como estimulante para llevarnos a un impensado razonamiento. Cuando eso sucede, la hendidura que nos separa se hace más suave, más leve. Sí, pienso que en un futuro no tan lejano, lo que hoy llamamos grieta entre los argentinos será solo una anécdota.

> PUNTO DE VISTA I

El divorcio entre palabras y cosas

SANTIAGO GARMENDIA | DOCTOR EN FILOSOFÍA

Quizás “la grieta” sea una oportunidad para debatir las verdaderas desigualdades e injusticias, pero el problema es que se impone de tal forma que su fin no es otro que encandilarnos e impedirnos que veamos más allá. La apaguemos, pero para que surjan las verdaderas diferencias, las discusiones de fondo. No para prender otro falso faro.

Reconocer que estamos divididos no debiera devenir en ningún escándalo, como quiera que se las denomine a las fracciones. A mí la palabra “clases sociales”, tan trillada, es de las primeras que me surgen. Pero ocurre que, excepto en cuestiones como Boca o River, se nos carga el ideal de que Argentina es una sola hinchada amorfa, haciendo valer la equivalencia que connota la expresión “soy argentino”: “no soy nada”. Nada más fácil de manipular que una masa.

La grieta es un discurso superficial que nos hace creer que somos polemistas. Pero en verdad no damos cuenta de nuestras divisiones e imperfecciones, nada que ver. El discurso de la grieta no está hecho para eso. Ese estado de efervescencia, que bien podría llevar a alguna cuestión más profunda, se comporta como pirotecnia y no hablamos en serio de pobreza, de educación, de recursos naturales: sólo tendemos a desplegar toda una artillería de lugares comunes y prejuicios en cuanto café, charla familiar, perfil de Facebook, Twitter o foro de diario.

Pero entonces la grieta no hace más que tapar y a la vez calar más hondo el verdadero abismo de nuestra vida política: el divorcio entre las palabras y las cosas, entre el discurso y la realidad.

> PUNTO DE VISTA II

Yo acuso

DONATO ALBERTO CALLIERA | HUMORISTA

Usted se preguntará quién soy. Me llaman La Grieta, en forma despectiva, como si yo hubiera nacido sola, por generación espontánea.

No, señores. Me crearon ustedes, es decir los argentinos. Ya sé, en todo el mundo hubo y habrá grietas pero aquí me cultivaron y me hicieron crecer con el más poderoso fertilizante: El odio. Y ahora estoy en el medio, dividiendo seres supuestamente inteligentes, democráticos y tolerantes.

¿Quieren un ejemplo? La televisión, cuyo lema parece ser “siembra grietas y cosecharás rating”. Me han transformado en un artículo de primera necesidad y me implantaron en el fútbol, la economía, el arte y, naturalmente en la política. Incluso en los matrimonios, donde me llaman divorcio. Y como me adoran, aunque no lo expresen, vuelven a casarse creando otra grieta…y otra.

Por eso yo los acuso a ustedes, argentinos, de retenerme, reproducirme y profundizarme. Ah, si al menos no existieran grietas en la justicia, me animaría a denunciar a ciertos personajes…

Pero no vale la pena. De todas maneras “allá en el horno nos vamos a encontrar”.

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