El “Profesor” dice adiós

22 Abr 2018
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NO VA MÁS. Wenger dejará de dirigir el Arsenal tras 22 años. REUTERS (ARCHIVO)

“¿Qué puede saber él, si viene desde Japón?”. La pregunta la hizo Alex Ferguson en 1996 y se refería a su joven colega francés de 40 años Arsene Wenger, que venía de dirigir al Grampus Eight japonés; arribaba a Londres para asumir como nuevo DT de Arsenal y comenzaba a ensayar algunas de sus nuevas y “extrañas” ideas. Ferguson no había recibido aún la distinción de Sir, pero ya era toda una autoridad, el representante más fiel de la insularidad histórica del fútbol inglés, de su estilo y de sus tradiciones.

A Ferguson, entre otras cosas, le resultaba sospechoso que Wenger no se fuera a tomar algunos tragos con sus jugadores después de un partido. Era una tradición vinculada con los tiempos del “fair play”, una especie de “tercer tiempo” del rugby que servía para confraternizar y afianzar los vínculos del grupo. Pero que creó a su vez una peligrosa cultura de alcohol. Como muchos otros, el diario “Evening Standard” también dio su “bienvenida” a Wenger en 1996. Tituló su arribo “¿Arsene who?”.

Wenger, noticia estos últimos días por su anuncio de salida del Arsenal, después de 22 años en el club, llegaba a un equipo cuyo capitán, Tony Adams, acababa de contar públicamente que sufría alcoholismo. Su decisión de no ir a beber cerveza pospartido, con compañeros o rivales, fue interpretada inicialmente como una arrogante bofetada de un recién llegado que osaba romper una costumbre no escrita de buenos modales. George Best, Paul Gascoigne y Tony Adams, alcohólicos, eran el Lado B de esa cultura. Había muchos más.

Y Wenger lo sabía. En su libro autobiográfico, también Adams confesó su escepticismo por el arribo de Wenger y por las maneras del francés tan poco respetuosas de la tradición británica. Adams, con los años una de las personalidades más fascinantes del fútbol británico, se confesó en ese mismo libro un ignorante. Y agradeció que un DT como Wenger haya arribado a Arsenal para ayudarlo a sacudir su cabeza.

“La principal función del entrenador -dijo una vez el DT francés- es educar. Una de las mejores cosas que tiene la función de entrenador –añadió- es poder influir en la vida de otra persona”. Sigamos leyendo algunas de las reflexiones más interesantes que he encontrado en estos días sobre Wenger: “Creo en el trabajo, en las conexiones entre los jugadores. Creo que lo que hace un gran fútbol es que es un deporte de equipo. Usted puede ganar de diferentes maneras, siendo más de un equipo, o por tener los mejores jugadores individuales. Es la ética del equipo que me interesa, siempre”. O esta otra: “Un equipo es tan fuerte como las relaciones que hay dentro de él”. Fue un pionero. Hoy todo es más fácil para Pep Guardiola. El fútbol británico ya es una industria globalizada que juega en horario de TV china.

Wenger llegó a un club en el que Herbert Chapman inventó la célebre WM, la táctica que cambió el sentido del fútbol antes de la Segunda Guerra. Pero a un club que durante décadas practicó un fútbol defensivo y rocoso. “Boring Arsenal” (Aburrido Arsenal) fue un famoso slogan. Tanto que Nick Hornby cuenta en su gran libro “Fiebre en las gradas” que los hinchas de Arsenal, él incluido, sospechaban del DT que quería proponer un fútbol ofensivo.

Sabían que, inevitablemente, la historia terminaría mal. Wenger ganó tres veces la Premier. Fueron parte de sus 15 títulos en 22 años, 11 de los cuales obtenidos en la primera década, pues la segunda acumuló cuartos puestos (“top four”, era una de las burlas) y puras ilusiones (“tú eras el futuro”, le decían). “Especialista en fracaso”, como lo llamó una vez José Mourinho, quién sino.

Esa segunda década, sin embargo, cambió al club con la construcción de un nuevo estadio y más obras, defendidas por el propio Wenger, porque él, economista de Estrasburgo, sabía como nadie que eran acaso más necesarias que un título.

“Le Professeur”, otro de sus apodos, cambió no solo la alimentación de los jugadores en el fútbol inglés, sino ante todo la forma de juego. Dejó de dividir la pelota y archivó el pelotazo. Arsenal la hizo circular tan bien en sus primeros años que la prensa encontró la frase “Wengerball”. Si alguna tarde el brillo decaía y se oían silbidos, Wenger decía que lo entendía. “Si aprendiste a comer caviar, no quieres volver a las salchichas”. Pero el juego se terminó haciendo lento y previsible. La posesión pasó a ser pura impotencia ofensiva.

Y Wenger, siempre paciente, acumuló años porque quería igualar el récord de Ferguson. Como ironizó “The Guardian”, parecía cantar un viejo tema de Bob Dylan: “Podría estar contigo para siempre, sin que me importe el tiempo”. A muchos hinchas sí le importó. “Entrenar -dijo alguna vez Wenger- es una historia de amor con un club: tienes que esperar que dure para siempre y aceptar que podría acabarse mañana”. Se acaba ahora.

Pero hasta sus críticos lo señalan hoy como el DT que, llegando casi desde la nada, acaso más cambió la cultura de su club en toda la historia del fútbol inglés. “Soy quizá tan ingenuo como para creer que cuando el tiempo pase -confió otra vez-, lo que la gente destaque sea lo que he hecho por el Arsenal, no tanto el resultado del último partido”.

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