Cuando Merceditas Méndez resucitó

El impresionante caso de la adolescente tucumana que despertó sana y buena cuando estaban por amortajarla, en 1884

22 Abr 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Hay algunos sucesos que desafían frontalmente las explicaciones racionales. Así fue considerado, hace 134 años, en Tucumán y Catamarca, el caso de la curación de la adolescente tucumana Merceditas Méndez. Ocupó la atención de todos los sectores de la población de ambas provincias, y sería comentado largamente como un auténtico milagro de Nuestra Señora del Valle.

La devoción a la Virgen del Valle tenía, en Tucumán, como fervoroso sostenedor, a fray Bernardino Orellana. Era un franciscano muy prestigioso y respetado, quien difundió la devoción hacia la célebre Virgen catamarqueña tanto desde el púlpito como a través de gestiones tendientes a su coronación.

Fray Orellana

Orellana fue autor de libros muy populares y difundidos, de doctrinas y sencillas oraciones, como “El rústico devoto de la Virgen del Valle”, “La coronilla maternal”, o “Ramillete histórico de los milagros de la Virgen del Valle”, además de un texto testimonial, “Mi comisión a Roma”.

Este sacerdote, guardián del convento franciscano de nuestra ciudad, tenía estrecha amistad con dos poderosos industriales azucareros, los hermanos Juan Crisóstomo y Juan Manuel Méndez, propietarios respectivamente de los ingenios Concepción y la Trinidad. Inclusive, don Juan Crisóstomo era síndico del Convento.

Ambos fueron grandes benefactores de los franciscanos de Tucumán. No solamente ayudaron a construir el templo -tarea donde Orellana tuvo un rol protagónico- sino también colaboraron generosamente en el pago de fuertes deudas que mantenía la Orden con sus acreedores.

Mercedes, grave

Así lo relata Fray Luis Córdoba en el folleto titulado “Rasgos biográficos del M.R.P. Fray Bernardino Orellana, ex Maestro Provincial y Definidor General de la Orden Franciscana. 13 de octubre de 1834”, de 42 páginas editadas en Mendoza en 1934 y que son la base de esta nota. Se reproducen allí también, textualmente, párrafos de cartas y homilías de Orellana.

Corría el invierno de 1884 en Tucumán, cuando Merceditas Méndez, de catorce años, uno de los muchos hijos de don Juan Crisóstomo y doña Susana Muñoz Helguera, cayó enferma de lo que se denominaba entonces “fiebre maligna”. Para asistirla, los desesperados padres convocaron a los médicos de mayor fama. No lograron resultado alguno: la niña se agravaba irremisiblemente, y la declararon desahuciada.

Los médicos se van

Entonces, los Méndez llamaron a fray Bernardino Orellana para que administrara los sacramentos a la enferma, que yacía en la cama en estado de inconsciencia. Orellana entró a la habitación. Declararía que allí se encontró “con varios médicos que lo saludaron y luego se retiraron diciéndole, al despedirse: ‘Se la entregamos, padre, a la enfermita, nosotros ya nada tenemos que hacer’”.

Orellana empezó entonces a rezar a la Virgen del Valle, como era su costumbre de fidelísimo devoto; y con mucha más dedicación, por la amistad y gratitud que lo unían desde tiempo atrás con los Méndez. Narrará que “al principio me limité, en mi súplica, a pedir a la Santísima Virgen que le permitiera recobrar los sentidos, de los que estaba ya destituída, al efecto de recibir todos los sacramentos”.

Los sacramentos

Al rato la niña, “como despertando de un profundo sueño, abrió los ojos claros e inteligentes, demostrando darse perfecta cuenta de la presencia de su confesor y de cuantas personas la rodeaban”.

Merceditas “se confesó con toda claridad y entereza y recibió los Santos Sacramentos”. Al poco rato, “entró en agonía”. El padre Orellana, entonces, se apartó a un rincón y pidió a la Virgen del Valle “un verdadero milagro, prometiéndole publicar, desde el púlpito de su santuario en Catamarca, el milagro que sería, sin duda, honra y gloria de Dios y acrecentamiento de su culto”.

Cuando volvió a acercarse al lecho, pensando que la vería expirar, se sorprendió al advertir que abría los ojos, “con muestras inequívocas de darse cuenta de todo”.

Voto y muerte

Entonces, “haciendo un acto de fe, lo mejor que pudo, y recobrando su confianza en la Virgen”, Orellana le pidió que hiciera la promesa de “ir con su padre a Catamarca para dar gracias a la Virgen y ofrecerle una misa y comunión, si se curaba”.

Merceditas accedió emocionada, “no sin antes pedir al mismo padre algunas explicaciones acerca del alcance de su promesa”. En seguida, volvió a caer en una agonía “que fue acentuándose gradualmente hasta que, por fin, se la vio claramente morir, entre las oraciones con que le encomendaba el alma el padre Orellana y las lágrimas y gemidos de sus padres”.

Nadie tuvo duda alguna de que Mercedes Méndez había dejado este mundo y, rato después, empezaron a preparar todo para las ceremonias de su entierro.

El despertar

Cuando estaban a punto de amortajar a la niña, el padre Orellana pidió con insistencia que no lo hicieran todavía.

De pronto, ocurrió lo increíble. Según declararía el franciscano, “aun no había pasado media hora, y el desencajamiento, rigidez y demás signos inequívocos la mostraban ya yerto cadáver”, cuando la niña se incorporó y pidió de comer. Atónitos, los padres le dieron algo de alimento. Luego se durmió profundamente y, narra Córdoba, “cuando despertó, estaba ya curada y aun mejor que antes de haber caído enferma”.

En aquellos tiempos, la fe católica era profunda y sincera en la inmensa mayoría de población. El hecho no necesitaba de explicaciones. Además, ningún médico intentó darla, de entre los muchos que habían rodeado la cama. El caso fue considerado como un auténtico milagro y así se lo proclamó.

Un año después

Un año más tarde, el 2 de mayo de 1885, las naves del templo de Nuestra Señora del Valle, en Catamarca, estaban repletas de gente emocionada. Asistían a la tocante escena de la “niña resucitada” de Tucumán que, de rodillas en el presbiterio, asistía a misa con sus padres y familiares, cumpliendo el voto que formuló.

Estaba vestida con la túnica blanca con la que iban a amortajarla, y llevaba flores blancas en el pelo, narran las crónicas de la época. Fray Bernardino Orellana pronunció un conmovedor sermón. Describió en detalle todas las alternativas de esos momentos que pensó eran los últimos de Merceditas Méndez, deteniéndose especialmente en el minuto en que la vio claramente expirar.

Declaración

Terminó con una formal declaración. “Por lo que a mí toca, tengo cincuenta años de edad, y casi la mitad de ellos los ocupé en asistir enfermos y auxiliar moribundos; y entiendo que jamás me equivoqué en conocer señales, para todos muy conocidas, de una persona que acaba de expirar y muere verdaderamente. Los médicos que asistieron a esta enferma, fueron los más afamados que tiene Tucumán, y todos declararon su enfermedad por caso perdido”.

La crónica del periódico catamarqueño, expresaba que la gente derramó lágrimas al mirar arrodillada a esta niña “con la animación, la salud y los encantos que los quince años dan a la mujer”, y observar “las graciosas líneas de su semblante” bajo el tul que “debía cubrir la rigidez cadavérica de sus formas”. Era, en fin, “algo que pocas veces se ve en la vida”.

Podría agregarse, expresaba el padre Córdoba, “que ninguno de los médicos pretendió vindicar jamás para sí el honor de haber vuelto la salud a la niña, ni contradecir el relato del milagro”.

De tumbas

El hecho tuvo enorme repercusión, no solamente en el noroeste del país, sino en toda la República. Según el padre Córdoba, fue uno de los que prepararon la futura coronación solemne de la milagrosa imagen del Valle, que se realizaría en 1891.

Mercedes Méndez vivió muchos años más. Su padre, don Juan Crisóstomo, falleció el 26 de diciembre de 1912, y el padre Orellana falleció en Tucumán en 1908. Los restos de ambos se enterraron en San Francisco. El padre Orellana yace al pie del altar de la Virgen del Valle, con la lápida: “R.P.Fr. Bernardino Orellana. Nació el 13 de octubre de 1834. Murió el 21 de junio de 1908. Homenaje a sus virtudes. La Comunidad Franciscana. R.I.P.”.

Ayer fuimos a fotografiar la placa. Un siglo de pisadas ha borrado totalmente la inscripción del mármol. Sólo puede descifrarse hoy la leyenda, uniendo las perforaciones que marcan el rastro de las letras.

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