Nadie nos cuida

20 Abr 2018 Por Guillermo Monti
“El problema es que la Municipalidad no tiene la fuerza pública para impedir, por sí misma, que se realice un evento, aún cuando no esté autorizado”, le explicó Oscar Gramajo a LA GACETA. Gramajo es director de Control Ambiental y Bromatología, repartición que antes se llamaba Dipsa y ahora es Dicab. O sea que Gramajo pone la faja de clausura y después cualquiera la arranca, total ¿a quién le importa? Es lo que pasó en Argentinos del Norte, en ocasión del apocalíptico no-recital de Viejas Locas.

El procedimiento indica que, en estos casos, la pelota pasa a la Policía, encargada de hacer cumplir las disposiciones. Según Gramajo, habían avisado varios días antes de la clausura que pesaba sobre el estadio de los “sagrados”. Según Walter Álvarez, jefe de la Regional Capital, no fue así. Dice que la notificación les llegó tarde y que por eso no estaban en condiciones de tomar medidas extremas. Uno de los dos miente.

“Con 10.000 personas en la puerta no se puede detener nada, porque el daño es mayor”, apuntó Walter Álvarez. Sus hombres miraron desde lejos cómo les prendían fuego a los equipos en la zona del mangrullo. No había uniformados puertas adentro, de acuerdo con lo explicado por el coorganizador Lucas Salinas debido a la urticaria que les genera la Policía a los fans de Viejas Locas. La seguridad privada, quedó claro, no pudo evitar la catástrofe. “Por suerte no murió nadie”, sostuvo Salinas, mirando las cosas en calma y a la distancia. El que no explica nada es Pity Álvarez, sumido en uno de sus habituales trances. En cualquier momento volverá a los medios.

No murió nadie. ¿Cómo se hubieran repartido las culpas Gramajo, Álvarez y -en especial- sus superiores en ese caso? El escándalo representó un formidable ejemplo de inoperancia y burocracia estatal, una mala praxis de la gestión pública que obliga a preguntarnos: ¿en manos de quiénes estamos? Es llamativo cómo oscila el péndulo cuando de obtener permisos o de afrontar controles se trata. A algunos se les exige infinidad de requisitos, algunos mínimos y ridículos. Otros pasean por alfombras rojas. Mientras a un vecino cualquiera lo paran en una avenida y le controlan hasta el vencimiento del matafuegos -lo que está bien, lógico-, al lado pasa un taxi destartalado que en el resto de la Argentina y del mundo tendría vedado circular. ¿Quién reparte las varas con las que se mide?

Del recital de Viejas Locas se sabía desde enero, cuando Pity Álvarez subió a las redes aquel video en el que conversa con maniquíes en el megashopping del Bajo. Walter Álvarez, como jefe de la Regional Capital, debió haber tenido en cuenta que a la zona que le toca cuidar llegarían miles de personas. ¿Tuvo que esperar que le avisaran de la Municipalidad para planificar alguna clase de operativo? O sea que si mañana el Indio Solari anuncia un show en Tucumán el Ministerio de Seguridad va a esperar la nota de Bromatología para ocuparse del tema. Insólito.

Las autoridades de Argentinos del Norte no se pronunciaron, al menos por algún canal oficial. Según Salinas, lo que estaba clausurado era un pequeño sector donde semanas antes había tocado otra banda, llamada Nagual. Gramajo no habló de clausuras parciales; subrayó que la sanción abarcaba a todo el club. ¿Así y todo los dirigentes alquilaron el predio? Esta acumulación de apuntes y de preguntas no respondidas, al menos hasta aquí, propone un ejercicio de memoria permanente. Lo más cómodo en estos casos es barrer bajo la alfombra los fracasos, las violaciones a la ley y las manifestaciones de ineptitud que conducen, como en este caso, a un agujero negro. Mejor olvidarse rápido. Y no. Hay una cadena de responsables decididos a dar vuelta la página; mejor dicho, a cerrar el libro y a lacrarlo si es posible.

La Municipalidad de la capital, la Policía, Pity Álvarez, Lucas Salinas y el club Argentinos del Norte se unieron para hacer mal las cosas y el resultado quedó a la vista. Dolorosamente a la vista. Tres reflexiones finales. Por un lado, la certeza de que debemos estar muy pero muy mal para quedarnos satisfechos porque, al fin y al cabo, no murió nadie. Por otro, la comprobación de que la nefasta cultura del aguante llegó al extremo de justificar la quema de una consola porque el ídolo se portó mal o llegó tarde. Y una triste, solitaria y final: nadie nos cuida.

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