24 Mayo 2004 Seguir en 
Mañana se cumplirán 194 años desde que el pueblo de Buenos Aires, congregado frente al Cabildo, impuso el cese de quien representaba al monarca español en estas tierras. La revolución -pues no era otra cosa- expresó los ideales libertarios que los nativos del país alentaban desde años atrás, y que se precipitaron al conocerse las turbulencias que estremecían a la metrópoli. Disimulado, como se sabe, bajo el propósito de sostener la autoridad real, el movimiento tenía un franco carácter libertario, que se expresó claramente al muy poco tiempo. Se iniciaría, así, el largo y angustioso período de la Guerra de la Independencia, en cuyo transcurso los criollos no ahorraron desvelos hasta obtener la efectiva existencia de una nación propia y autónoma. Esta sería solemnemente proclamada seis años después, por el Congreso de Tucumán.
Tales datos esquemáticos, por cierto muy conocidos, son suficientes para definir la importancia que la fecha patria de mañana reviste, para todos los argentinos. Es una de nuestras grandes conmemoraciones. A pesar de que se repite puntualmente todos los años desde hace casi dos siglos, continúa apelando a las esencias más entrañables del ser nacional.
Todo resulta tocante en la evocación del 25 de mayo de 1810. No fue un momento rodeado de marco suntuoso, ni de ribetes espectaculares. Sus protagonistas no eran más que honrados vecinos. Desconocerían muchas cosas, pero tenían perfectamente claro el propósito de sacudirse una tutela varias veces secular y de empezar a obrar por cuenta propia en todos los asuntos que se refirieran a su vida. Así, todo lo que se desarrolló aquella mañana "fría y lluviosa", tiene esa gran humildad que es característica feliz de los acontecimientos fundacionales de nuestra patria.
El comienzo precario no fue obstáculo para que la decisión tomada el 25 de mayo diera lugar, de inmediato, al gigantesco esfuerzo de construir una nación. Hubo que unir ciudades y pueblos separados por enormes distancias físicas y psicológicas, en torno de una intención troncal. La historia nos muestra, junto a los hechos políticos y guerreros, esa suma de disentimientos que, más de una vez, parecieron a punto de perturbar el propósito independentista. Al fin y al cabo, era una empresa manejada por hombres, por seres humanos con sus virtudes y con sus defectos a cuestas.
Si todos los obstáculos pudieron finalmente superarse, y primó la gran idea que se había abierto paso en 1810, fue porque existió en aquellos protagonistas un indomable espíritu de servicio dirigido a un ideal superior, para cuyo logro supieron poner el máximo de sus esfuerzos. No los arredró el riesgo de enfrentarse con poderosos ejércitos profesionales, como tampoco la suma de sacrificios de toda índole que esa faena les exigiría. El interés material quedó a un lado, porque se movían al impulso de valores decididamente superiores.
Las grandes fechas de la patria deben servir para algo más que los actos protocolares y los discursos enfáticos de evocación. Se supone que, para las generaciones presentes, deben constituir una memoria viva. Algo que encierre un mensaje cuya fuerza siga vigente en el mundo contemporáneo, tan distinto del que existía dos siglos atrás.
En el caso concreto del 25 de mayo de 1810, pensamos que contiene una lección siempre actual y siempre imperiosa. Nos referimos a la necesidad de tener presentes objetivos superiores, y de perseguir su obtención con el pensamiento puesto en los reales intereses de la patria, desdeñando de plano las satisfacciones materiales. Así construyeron el país nuestros fundadores, y sólo de esa manera podremos seguir construyéndolo nosotros. Creemos que puede ser la adecuada reflexión para recibir un nuevo 25 de mayo.
Tales datos esquemáticos, por cierto muy conocidos, son suficientes para definir la importancia que la fecha patria de mañana reviste, para todos los argentinos. Es una de nuestras grandes conmemoraciones. A pesar de que se repite puntualmente todos los años desde hace casi dos siglos, continúa apelando a las esencias más entrañables del ser nacional.
Todo resulta tocante en la evocación del 25 de mayo de 1810. No fue un momento rodeado de marco suntuoso, ni de ribetes espectaculares. Sus protagonistas no eran más que honrados vecinos. Desconocerían muchas cosas, pero tenían perfectamente claro el propósito de sacudirse una tutela varias veces secular y de empezar a obrar por cuenta propia en todos los asuntos que se refirieran a su vida. Así, todo lo que se desarrolló aquella mañana "fría y lluviosa", tiene esa gran humildad que es característica feliz de los acontecimientos fundacionales de nuestra patria.
El comienzo precario no fue obstáculo para que la decisión tomada el 25 de mayo diera lugar, de inmediato, al gigantesco esfuerzo de construir una nación. Hubo que unir ciudades y pueblos separados por enormes distancias físicas y psicológicas, en torno de una intención troncal. La historia nos muestra, junto a los hechos políticos y guerreros, esa suma de disentimientos que, más de una vez, parecieron a punto de perturbar el propósito independentista. Al fin y al cabo, era una empresa manejada por hombres, por seres humanos con sus virtudes y con sus defectos a cuestas.
Si todos los obstáculos pudieron finalmente superarse, y primó la gran idea que se había abierto paso en 1810, fue porque existió en aquellos protagonistas un indomable espíritu de servicio dirigido a un ideal superior, para cuyo logro supieron poner el máximo de sus esfuerzos. No los arredró el riesgo de enfrentarse con poderosos ejércitos profesionales, como tampoco la suma de sacrificios de toda índole que esa faena les exigiría. El interés material quedó a un lado, porque se movían al impulso de valores decididamente superiores.
Las grandes fechas de la patria deben servir para algo más que los actos protocolares y los discursos enfáticos de evocación. Se supone que, para las generaciones presentes, deben constituir una memoria viva. Algo que encierre un mensaje cuya fuerza siga vigente en el mundo contemporáneo, tan distinto del que existía dos siglos atrás.
En el caso concreto del 25 de mayo de 1810, pensamos que contiene una lección siempre actual y siempre imperiosa. Nos referimos a la necesidad de tener presentes objetivos superiores, y de perseguir su obtención con el pensamiento puesto en los reales intereses de la patria, desdeñando de plano las satisfacciones materiales. Así construyeron el país nuestros fundadores, y sólo de esa manera podremos seguir construyéndolo nosotros. Creemos que puede ser la adecuada reflexión para recibir un nuevo 25 de mayo.
Lo más popular







