Caricias divinas en la cima de la montaña

Escalar montañas es un desafío, un hobby y en algunos casos casi una adicción. Los montañistas comparten historias maravillosas

09 Abr 2018
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“Me sentí mimado por Dios”, así definió sus sensaciones Juan Pablo Sánchez. El licenciado en comercialización se sintió de esa manera cuando llegó al “Techo de América”: la cima del Aconcagua. “Cuando llegamos con un compañero estuvimos como máximo 20 minutos”, recordó. Es difícil de entender la mística del llamado que hace la montaña a los aventureros. Sánchez tardó 18 días para vivir esos pocos minutos que él describe con gloria. “Me sentí un privilegiado. De nuestro grupo sólo llegamos dos”, insistió tras la epopeya personal que concretó.

Además de montañista, Sánchez es atleta y fue por la Asociación Tucumana de Atletas Master que se encontró cara a cara con la cordillera de Los Andes. “Estar frente a las montañas me enamoró”, reconoció sobre la expedición en tren que hizo en 2015 junto a sus colegas atletas.

Después de esa experiencia el objetivo de Juan Pablo era inamovible: estar nuevamente cara a cara con el Aconcagua y ascender sus 6.965 metros. La distancia hasta la cima era equivalente a la cantidad de expectativas que tenía el andinista. Quienes suben con frecuencia afirman que se realiza una conexión del hombre con la montaña. Ella parece juzgar a cada individuo y luego emite su sentencia directa al corazón de cada aventurero sentenciando si está listo o no para afrontar el ascenso. Juan Pablo interpretó que el Aconcagua lo aceptó, pero sabía que cualquier cosa podía suceder.

Todo salió casi como él lo había planeado. La montaña además de aceptarlo, parecía mostrar acciones propias de un buen anfitrión facilitando el ascenso para el grupo de personas. Pero al final, el panorama empezó a complicarse. “A sólo cuatro horas de la cima. El camino se redujo a un sendero que no tenía más de 15 centímetros de ancho. De un lado tenía la pared y del otro una caída no menor a los 450 metros”, describió. “Esa parte era muy peligrosa. Trataba de no mirar para abajo. Teníamos que ir haciendo un paso adelante de otro, similar al juego ‘pan y queso’”, explicó Sánchez.

El tucumano llegó a la cima. Los segundos parecen correr más lentos y para Juan Pablo, ese momento fue eterno. “Mi deseo con este ascenso fue superarme y animar a otros comprovincianos a que es posible superar las dificultades y cumplir lo que uno se propone”, contó con orgullo.

¿Qué hay?

“Solo una cruz media torcida, llena de banderas, trapos y mensajes. También hay una cajita para poner mensajes, atada con una cadena para que no se la lleve el viento. Recomiendan no poner nada porque el viento tarde o temprano lo llevará”.

¿Qué dejó?

“La imagen del padre Martín Martín Martín, un padrecito de la orden Monserrat que falleció hace un par de años y se está trabajando para su beatificación. También dejé una imagen de San Expedito y un Rosario de madera bendecido por el arzobispo Carlos Sánchez”.

¿Es peligroso?

“Sí. Uno no puede permanecer mucho tiempo en la cima porque el clima cambia constantemente y puede sorprender. Se generan vientos de 180 kilómetros por hora o puede llegar una tormenta de nieve de un momento a otro”.

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