Napoleón Bonaparte advertía que la mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás. Los abogados penalistas conocen el peligro que conlleva el uso de la palabra. Por eso, la mayoría de las veces se oponen a que sus defendidos declaren en los juicios orales. Saben que sus dichos pueden derivar en la condena, y no quieren arriesgarse, a pesar de que esa misma palabra puede otorgarles la absolución. Los jueces advierten que hablan a través de sus sentencias. La escritura siempre tiene un proceso de meditación que al discurso improvisado le falta.
El género de la Oratoria tuvo su máximo desarrollo en el siglo V, en Grecia. Entre sus grandes representantes, Demóstenes es considerado aún hoy el más célebre. Su obra más importante es "La corona". De estilo sobrio, Demóstenes basaba sus discursos en una argumentación vigorosa, pero nunca exenta de la fuerza de los sentimientos. A pesar de que trabajaba mucho en la elaboración de sus discursos, tenía un enorme plus de espontaneidad. Aquellos que han sido reconocidos como grandes estadistas hicieron de la oratoria una de sus principales armas. Abraham Lincoln aseguraba que medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas.
Juan Carlos Blumberg cometió un error. El hombre que, a partir de la tragedia que le tocó vivir, le cambió la agenda al Gobierno nacional y provocó la ruptura de la luna de miel entre la gente y el presidente Néstor Kirchner, fue mal asesorado y terminó provocando un escándalo con la familia de Sebastián Bordón, el joven que hace siete años fue asesinado por policías de Mendoza, durante su viaje de egresados. Dijo -desconociendo la realidad- que Sebastián se drogaba y que había atacado a un policía antes de ser asesinado. En su error, Blumberg utilizó la misma arma que le sirvió para hacer tambalear el poder del Presidente y que encendió una luz de esperanza entre las miles de víctimas de la inseguridad: la palabra.
A lo largo de décadas, los argentinos hemos aprendido a desconfiar de las palabras altisonantes, y los tucumanos no fuimos ajenos a ello. Ramón Ortega creyó que con su canto podía cambiar la realidad de la provincia, pero terminó desafinando. Antonio Bussi utilizó su arenga militar, pero dejó a los tucumanos detenidos en la historia. Julio Miranda llegó de la mano del sindicalismo y, proclamando máximas peronistas, prometió trabajo y vivienda, pero se tuvo que ir cargando con la muerte de una veintena de chicos, acosados hasta el fin por el hambre. José Alperovich también utiliza a diario la palabra. A los pocos días de asumir, aseguró que en tres meses se iba a acabar la inseguridad en la provincia. Hace dos semanas cumplió medio año de gestión y los delincuentes aún se pasean por la provincia.
Golpe mortal
La palabra puede lograr cualquier cosa. Hasta cuando no se dice. El ejemplo más claro lo dio la familia de María Soledad Morales que, con sus marchas del Silencio, le asestó un golpe mortal al poder de los Saadi en Catamarca. Los periodistas no están ajenos a esta moda. Se opina en demasía, muchísimas veces sin mucho sustento. Es que, a pesar de que históricamente se consideró sabio a aquel que decía "no sé", hoy para todo tiene que haber una respuesta, por más que esas palabras mueran en la nada.
Blumberg se vio sobrepasado. Todos querían tener su palabra. Es un hombre cuyas ideas pueden discutirse, ya que está lejos de alcanzar el consenso. Pero que personificó la lucha contra un flagelo imparable. No está preparado para semejante presión. Algunos ya le habían aconsejado que bajara el perfil. Que dejara de hablar tanto. Uno es rehén de sus palabras. Ni siquiera cuando dijo pidió perdón le sirvió. La madre de Sebastián Bordón no aceptó las disculpas.
Siempre mejor que decir es hacer. Lo malo es justamente cuando se dice esa frase, pero no se cumple. Tal como dicen los suizos: las palabras son enanos, pero los ejemplos son gigantes.







