Un habitante de las voces del silencio

01 Abr 2018
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La voz del silencio ejercita una soledad en la puna. Se trepa a una tonada que peregrina por su espinazo. Bailotea en los vientos de Humahuaca, Santa Ana, Miyuyoc. Los sones viajan a Europa, Medio Oriente, Oceanía, y despiertan una mañana en el Abasto, en los sueños rockeros de Divididos. Aunque es de invierno, el erke ha hecho camino al andar en el corazón de un quebradeño. Maestro rural, acordeonista, erkero, poeta, la película “La deuda interna” (1988), de su comprovinciano Miguel Pereira, lo hizo muy conocido. Su peña humahuaqueña le ofrece un abrazo musical al lugareño y al forastero. En su mirada de 70 años, Fortunato Ramos parpadea una vida de ausencias, sufrimientos, pérdidas, pero también de alegrías y esperanzas.

- ¿Qué cielos jujeños cobijaron tu infancia?

- Soy nacido en Coraya, departamento de Humahuaca; está a unos 12 kilómetros de Humahuaca, hacia el poniente en medio de los cerros de Aguilar. Conozco desde muy pequeño los lugares más apartados de la Quebrada, donde en muchos casos no llegan los caminos. Mi padre, mis abuelos, han sido arrieros, llevaban mercadería, sal, vino, a lugares apartados o traían sal de las salinas grandes que en ese tiempo no tenían camino carretero; siempre cargados en burritos, se bajaba con los panes de sal desde esos lugares por la Cuesta de Lipán hasta Purmamarca y después se tomaba toda la Quebrada de arriba, Maimará, Tilcara, hasta llegar a Humahuaca, donde repartíamos la sal. El camino a Chile por la Cuesta de Lipán no existía o sea que este terminaba en Purmamarca. En ese tiempo toda esa parte de la Cuesta había que hacerla a pie y nos perdíamos semanas con mi viejo, que conocía bien los lugares para cargar la sal. Yo soy ayudante de arriero.

- ¿Cómo era tu vida de changuito?

- Mi infancia ha sido muy ajetreada por los aprietes de trabajo, económicos… soy de una familia muy humilde, de los cerros, entonces para ganarse el pan de todos los días había que llevar las cargas desde aquí hasta El Aguilar o a los pueblitos vecinos, repartiendo la mercadería para el sustento de esos lugares y hacerlo en burro porque los caminos no existían. Y aparte de ello, uno almacena una serie de experiencias de la vida de niño arriero. Yo lo ayudaba a mi padre en la tarea de acampar, descargar y cargar los burritos. Los burros son animales dóciles, pero también son bastante hábiles y mañeros. Por ejemplo, al acampar en algún lugar es necesario vendarle o taparle con un saco o una campera los ojos y después trabarle las patas delanteras y proceder a la carga o descarga para que esté quietito, si no por ahí se pone bellaco o corcovea y se te puede escapar.

- ¿Cómo era la travesía?

- Con las caronas hacíamos la cama a campo abierto, con el cielo de techo, a unos 3.000 o 4.000 metros de altura o de 5.000 yendo para Aguilar… Entonces acampábamos en alguna aguada, descargábamos, hacíamos la cama y el viejo siempre llevaba un frasco de alcohol puro, el alcohol de farmacia, se refregaba las manos, las piernas. Mezclaba el alcohol con el agua y tomaba. A la media hora el viejo estaba cantando. Y al rato se quería levantar y se caía. Noté que estaba borracho y en un momento dado, se cae y se parte el pómulo y mana sangre. Yo tenía nueve años y empecé a llorar, a gritar y nadie me escuchaba en esas soledades, entonces le tapé con un cuero de la carona para que retenga la sangre. El viejo iba terminando el alcohol, cada vez quedaba más poquito. Él sale para hacer sus necesidades, entonces me pregunto qué hacer con el alcohol que quedaba. “Si lo tiro se va a dar cuenta porque hay lajas y quedan marcaditas las gotas, entonces se va a enojar… Maldito alcohol, lo ha machao a mi viejo, entonces me lo tomé, casi me muero, casi me ahogo. Y vuelve el viejo: “- ¿Mi alcohol? - ¡Te lo has tomado todo! - No, no, si he dejado… - No, te lo has tomado” y mira el piso, ni huella. Bueno, sigue cantando y se queda dormido, ya había parado un poco la sangre. Yo me acuerdo de esos momentos…

- ¿Cómo se llamaba el tata?

- Saturnino Ramos y cantaba coplas, las inventaba, con una tonada bien de cerro, bien gritada…

- ¿Te acordás de algunas coplas de él?

- (pone grave la voz y la arrastra, lo imita): Pobrecito el Ramos, aquí están que lo han de asear, aunque lo tiren al río sobre la espuma hei volver… entre tantas coplas… Y se durmió, al día siguiente seguimos viaje, él, partida la cara, dos días de viaje al Aguilar. Llegábamos de noche y metíamos la mercadería. En ese tiempo, la mina tenía 5.000 obreros, se producía plomo, zinc, en cantidades astronómicas, los obreros eran todos de la zona, de Jujuy, era un potencial económico. La vida del minero me atrapó tremendamente, me conquistó ver cómo el hombre trabajaba, se divertía y a los 15 años se me dio por tocar un acordeón, herencia de mi viejo, un acordeón chiquito, y al año ya estaba tocando folclore, cuecas, bailecitos, carnavalitos, en esa época no había sonido…

- El acordeón se convirtió en un compañero fiestero.

- Con el acordeón en mano formé un grupito en Humahuaca, que anduvo muy bien de entrada y nuestro primer contacto fue con Mina El Aguilar, esa potencia económica, es decir que carnavales, Día del Trabajador, la Pachamama, todas las fiestas, contratados especialmente, sonaba muy bien el grupito y ganábamos bien. O sea que en base a la música pude hacer el secundario acá en Humahuaca hasta recibirme de maestro. Recuerdo que terminado el carnaval, lo primero que me compraba eran uno o dos pares de zapatos “Pasodoble”, pantalones, delantal, los libros para todo el año. En ese tiempo existía hasta el sexto grado de primaria y el quinto año, es decir tres años de ciclo básico, de primero a tercero, y cuarto y quinto de magisterio, la calidad de enseñanza era infinitamente superior a la de ahora. Comparo y veo una gran diferencia. La calidad de profesores… eran modelos, hasta el día de hoy me acuerdo cómo aprendía, con qué solvencia, conocimiento, didáctica, pedagogía, una tremenda formación del docente y así salimos nosotros. Y una vez egresados, cubríamos toda la zona rural, esa fue un poco la síntesis de la niñez y la juventud que me tocó vivir.

- ¿Cómo te relacionás con el erke?

- Lo aprendo a tocar en la escuela rural más alejada que se llama Miyuyoc, plena puna de Jujuy, donde tenía un maestro de erke que se llamaba Félix Rodríguez, un veterano que me visitaba con el instrumento los fines de semana, yo enseñaba en la escuela nacional N° 156, de Miyuyoc, pero antes lo hacía en la escuela nacional N° 24, de Santa Ana, departamento de Valle Grande, ahí estuve siete años solo, y ahí tenía otros maestros de erke, que es de toda la zona rural, de la Quebrada, de la Puna, acá se llama corneta y es religioso. Me apasionaba ese instrumento.

- ¿Qué fibras íntimas te tocaba en las soledades?

- Los sonidos son profundos, es una forma de comunicación, de descargar penas, alegrías, estados anímicos, es profundo o para divertirse en noches de invierno porque el erke es de invierno…

- ¿Cuántas notas tiene?

- Haciendo un súper esfuerzo podés llegar a cinco, muy difícil, generalmente un erkero como Félix Rodríguez, Trujillo, de aquí de La Banda, o Leónides, de Calete, que son lugares perdidos, podían llegar a cinco notas, porque no es el hecho de esforzarse para soplar el erke, ni tiene agujeritos para sacar notas, es un instrumento que lo tenés que manejar abriendo y cerrando la salida del aire con los labios o sea que los labios tienen que estar formados de tal manera con una potencia y una dureza hecha por el mismo sonido del erke cuando se toca todos los días, entonces se endurecen los labios. Al erke lo tenés que hacer de acuerdo con la medida de los labios, hay unos chiquitos donde se insufla menos aire, los grandes tienen que tener una boquilla a su medida… entonces es mejor que vos mismo te lo fabriqués. Está hecho de caña hueca, que llega a cuatro metros. La corneta original es de cuero moldeado en forma de cuerno, hay otros que toman el mismo cuerno vacuno y en otros el cuerno es de latón.

- ¿Qué sucede en tu interior cuando lo tocás o lo escuchás?

- Te conmueve el corazón primero, luego la mente, el espíritu, es un lamento o una alegría en noches de luna llena, o sin luna, a oscuras totalmente, en lugares donde solo se ve la silueta de los cerros, donde el frío llega a 12° o 14° grados bajo cero, en la altura desértica, donde no tenés el techo de la casa y la gente a veces baila al compás del erke en el patio de su casa, es un instrumento de invierno, tiene su tiempo, su mensaje, su dolor, también su alegría, es el único que suena a esa altura.

- ¿De qué habla tu poesía?

- De cada día de escuela, de cada fecha escolar, de cada costumbre, desde el carnaval, la Pachamama, la fiesta de las almas, las religiosas… escribí cinco libros hasta ahora.

- ¿Qué proyectos nuevos hay en carpeta?

- Seguir escribiendo. En el 93 gané el premio Broadcasting, y luego en el 95 por mi programa por Radio Nacional. Esos programas los fui guardando, son como 300 o 400 y hay para sacar de allí tres o cuatro libros. Por ejemplo, escribía sobre el diablo o me acordaba de la lechera de Humahuaca. En ese tiempo teníamos el matadero municipal y yo iba a ayudar a mi tata a faenar los vacunos. Lo desnucábamos al animal, con una cadena y un torno, se lo acercaba al bicho, ponía los cuernos, afirmados en dos palenques y después venía el viejo y le clavaba una daga acá (en la zona de la médula) y caía. Se lo desangraba, entonces yo ponía en un recipiente la sangre y luego me entregaban los menudos y las tripas para que los lavara… esa era mi tarea y entregaba todo eso al dueño de la carnicería y me pagaban con un tacho de sangre, y llegaba a mi casa, todos los días le entregaba un tacho de sangre y comíamos hoy, chanfaina, mañana, morcilla, pasado, chanfaina, morcilla… y así todos los días. Debe ser por eso que llego a los 70 años y estoy bien a Dios gracias.

- ¿Qué es la vida?

- La vida es trabajo, trabajo en serio, sé cultivar papas, la chacra, sé faenar, sé el trabajo de arriero, el del maestro rural en las zonas más lejanas, el trabajo gastronómico, de hotelero, las profesiones mínimamente debo conocerlas, cambiar un fusible, a veces se me cae una puerta y tengo que arreglarla, hay carpinteros pero son contados… La Escuela Normal era completa: la mujer sabía cocinar, tejer, bordar, coser vestidos; el joven también se preparaba, teníamos una granja: chanchos, llamas, vicuñas, ovejas, sabíamos qué darles de comer, sembrábamos papa, maíz, la granja de la escuela hoy ya no está más… El profesor de carpintería nos enseñaba a hacer sillas, mesas y a fin de año cada chico, salía con un trabajo hecho por sus manos, en un tallercito con un solo profesor, hacíamos exposiciones; tengo un ropero que me hice en la escuela.

- ¿Qué es la muerte?

- Un hecho biológico y hay que esperarla como se espera el carnaval. Hay que tener esa valentía, ser consciente de los años… Creo que todos le tememos, pero pienso también que cuando van pasando los años y la vas sintiendo más cerca, te vas convenciendo de que ese momento tiene que llegar y solo solicitás a la tierra, al Altísimo, a los seres superiores que la muerte sea un poco inmediata, benigna, tranquila, asumida. Esto es así, la ley que tenemos que admitir y si no admitís lo vas a admitir a la fuerza y callado.

“La deuda interna”

“La experiencia de participar en ‘La deuda interna’ fue muy interesante puesto que con mucha habilidad el director de cine que es jujeño… él había escuchado mi comentario sobre la vida de un chico que fue mi alumno en Santa Ana, el Veronico. Me dijo que quería filmar esa historia porque lo apasionaba, pero nunca pensó que iba llegar a ser un clásico del cine argentino y es la obra maestra de Pereira. Me pidió detalles, yo había escrito la vida del chico en dos o tres carillas, pero él necesitaba más detalles y así surge el contenido de esa película. que después gana el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín y tiene 15 o 20 premios más a nivel internacional. Nunca había actuado… Yo debería haber sido el maestro en la película, pero el cineasta me dijo que tenía que poner a un actor que fuera conocido en el cine, como Juan José Camero. ‘Pero vos podés hacer el papel del papá del chico’, me dijo Pereira. Y así surgió ‘La deuda interna’, que es un clásico del cine argentino. La película me ha dado la posibilidad de ser conocido y después, difundir toda mi poesía, de tocar en todo mi país con el erke, con Divididos… todo esto suma para llegar a un lugar donde hoy la gente me reconoce”.

Poema de Fortunato Ramos

Hoy me puesto a pensar en mi pago,

orgulloso de ser un jujeño.

Hoy me puesto a llorar por mi tierra,

Pachamama, solar quebradeño.

Hoy he visto la puna en un sueño,

verde, tojra, marrón, colorada,

y sentado al lado de mi apacheta,

bien juntito a mi quena, lloraba.

Hoy mis ojos también se mojaban,

cuando chaschas y bombos sonaban

y el erkencho en mis manos temblaba

y tus valles verdosos miraba.

Hoy me he puesto a pensar en mi guagua,

en mis tekis, mi chola, mi perro.

Hoy me he puesto a cantar con mi caja,

tal vez lejos, muy lejos del cerro.

Hoy me puesto a llorar por mi tierra;

ramal, puna, quebradas y valles.

Abra Pampa, Humahuaca, La Quiaca,

Jujuicito de mi alma encantada.

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San Miguel de Tucumán
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