A dos siglos de Cancha Rayada

El ataque nocturno de los realistas a las fuerzas de San Martín y O´Higgins constituyó un gravísimo episodio.

01 Abr 2018

La campaña libertadora de Chile, que mandaba el general José de San Martín, se había iniciado exitosamente con la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817. Pero un año más tarde, todo estuvo a punto de derrumbarse para los patriotas, por el ataque nocturno de Cancha Rayada. Hace pocos días -el 19 de marzo último- se han cumplido dos siglos de esa acción y merecen rescatarse (aunque en síntesis y con forzosas omisiones) sus alternativas. Cancha Rayada angustió tremendamente a San Martín, a Bernardo O’ Higgins y a todo el pueblo chileno patriota.


Después de Chacabuco, la dirección suprema del país estaba a cargo del general O’ Higgins. Se habían afirmado en todo el territorio los resultados de aquella victoria, salvo en Concepción, donde gobernaban los realistas, bajo la intendencia del coronel José Ordóñez. Hacia allí partió, con las fuerzas del sur, el coronel Juan Gregorio Las Heras. Batió a los realistas en Curapaligüe y Gavilán (abril y mayo de 1817), contrastes que los obligaron a encerrarse en Talcahuano.


El sur resiste

Pronto advirtieron los patriotas que la resistencia de Ordóñez en el sur encerraba un serio peligro. Le llegaron refuerzos del Perú y, durante todo 1817, sostuvo la guerra contra los independientes. Al fin, en diciembre, los patriotas resolvieron atacar Talcahuano, en un asalto que terminó en derrota. El virrey del Perú despachó entonces un sustancial aporte para engrosar a Ordóñez: 3.400 veteranos al mando del general Mariano de Osorio.

Entretanto, a pesar de las serias amenazas, Chile resolvió declarar su independencia. El solemne acto, rodeado de gran entusiasmo, tuvo lugar el 12 de febrero de 1818, presidido por O’Higgins y San Martín.

En cuanto a Osorio, desembarcó con sus fuerzas en Talcahuano y se unió a Ordóñez. Sus instrucciones eran caer sobre la división de O’Higgins y batirla. Luego, embarcarse nuevamente y llegar por mar hasta Santiago, para tomar esa ciudad antes de que se supiera la derrota del director patriota.

Osorio en Talca

Enterado San Martín de esos propósitos, sacó su ejército de Santiago y lo colocó en un punto entre los puertos de Valparaíso y San Antonio, indicando a O’Higgins que se retirara de Concepción. Este así lo hizo, cuando corría enero de 1818. La retirada desarticulaba los planes de Osorio, quien se lanzó tierra adentro, dispuesto a perseguir al chileno. Pensaba, erradamente, que los patriotas no tenían capacidad para enfrentarlo. La fuerza argentino-chilena sumaba 4.500 infantes, 1.500 jinetes y 500 artilleros con 36 piezas. Los realistas tenían 5.200 hombres y 12 piezas.


La estrategia de San Martín y O’Higgins era hacerlo cruzar el río Maule, y por eso el jefe chileno se retiró hasta Curicó. Tal como pensaba, Osorio atravesó el río y avanzó. Pero pronto sospechó una trampa y decidió repasar el Maule a toda velocidad. El 14 de marzo, San Martín había unido sus fuerzas a las de O’Higgins. Planeaba cortar la retirada de Osorio antes de que repasara el río y se le acercó a toda velocidad. Pero Osorio se encerró en la cercana ciudad de Talca.

“Cancharrayada”

Fue en ese momento que el intrépido realista Ordóñez propuso a su jefe un golpe inesperado: descartar la acción campal y, en cambio, aprovechar la noche para caer de sorpresa sobre los patriotas. Tras algunas vacilaciones, Osorio aceptó esa variante y encargó a Ordóñez que la ejecutara.

En ese momento, los patriotas acampaban en la llanura de Cancha Rayada (“Cancharrayada”, en la grafía chilena), al oriente de Talca. Era, dice el historiador Bartolomé Mitre, una planicie accidentada que se desplegaba por unos tres mil metros, con tres cerrillos al centro y encerrada por los ríos Maule, Claro y Lircay.

San Martín no estaba tranquilo y conjeturaba que podrían atacarlo mientras el campamento dormía. Dispuso, entonces, cambiar las posiciones, colocando su ejército en tres líneas con frente al sudeste. La primera división ejecutó la maniobra con toda regularidad. La segunda tardó y, cuando empezaba a moverse, ya eran las nueve de la noche. En ese momento, llegó corriendo un vecino de Talca para avisar que los realistas se venían encima a toda marcha.

Ataque nocturno

Poco después, el ataque empezaba, “justo en el momento crítico en que los patriotas cambiaban de posición, y todos sus divisiones, aisladas unas de otras, no podían ni aún concertar la defensa”, escribe Mitre. Los realistas cayeron a toda furia sobre Cancha Rayada. Eran tres divisiones centrales de dos batallones cada una y dos escuadrones de caballería en ambas alas. Ordóñez mandaba la columna central, el coronel José Primo de Rivera la de la derecha, y el coronel Bernardo Latorre la de la izquierda.

Al sorpresivo ataque lo recibió, al comienzo y de lleno, un batallón chileno, que terminó acuchillado y dispersado. No pudo mover su artillería la segunda división, porque las mulas espantadas disparaban a todos los rumbos. O’Higgins recibió un balazo en el codo, luego de que su caballo fue abatido.

Todo se convirtió en una tremenda confusión para los patriotas. La artillería de la izquierda quedó abandonada. Los Granaderos a Caballo se dispersaron. La caballería se replegó en desorden al cuartel general. El batallón 1 de Chile, que ocupaba el centro, se desbandó y se replegó sobre el 8 de la reserva, que lo recibió primero a balazos creyéndolo enemigo.

Un desastre

El comandante Rudecindo Alvarado, que cubría la izquierda, optó por dar un rodeo y logró unirse con el ala derecha, no sin que le derribaran sus compañeros una veintena de hombres, porque no lo reconocían en la oscuridad. Al rato, se unió a Alvarado, haciendo la misma maniobra, el coronel Rondizzoni, que ocupaba el extremo opuesto.

Ordóñez, estimulado por el éxito, se subió a uno de los cerrillos y ordenó hacer fuego en todas las direcciones “esparciendo el espanto”, narra Mitre: “las balas del cerro llegaban hasta el cuartel general situado al pie, y una de ellas mató, al lado de San Martín, a su ayudante Juan José Larrain”. El jefe argentino pronto recuperó esa sangre fría que parecía haberlo abandonado por un momento. Ordenó retirar la reserva y concentrarse en el cerrillo del norte. Pero pronto se vio obligado a abandonar el campo, con los dispersos. O’Higgins, herido y afiebrado, lo siguió con el resto de su división y la artillería de reserva. “Atravesaron sucesivamente el Lircay en la noche. Todo parecía perdido”, escribe Mitre.

Acierto de Las Heras

Hacia las once de la noche, apareció una pálida luna que iluminaba débilmente el campo silencioso. Se divisaba a la caballería realista persiguiendo a los fugitivos. Pero la división patriota que había podido cambiar de posición antes del ataque permanecía sobre la izquierda, abrigada por el barranco y reforzada con el batallón 1 de Cazadores de los Andes y el 2 de Chile. Constaba de 3.500 hombres: no había podido tomar parte en el combate y los atacantes no la veían.

Su jefe, Hilarión de la Quintana, había partido al cuartel general a requerir órdenes y no regresaba. Entonces, los oficiales resolvieron que los comandaría el coronel Las Heras.

Este obró con tanta inteligencia como serenidad. Formó una columna en masa y, poco después de la medianoche, rompió sigilosamente la marcha hacia Santiago. Advirtió a sus hombres -y lo cumplió con uno de ellos- que fusilaría al primero que se alejara de la formación. Se le fueron uniendo muchos dispersos. Pudo contener, cuando vadeaba el Lircay, a un escuadrón realista que lo perseguía, y luego siguió alejándose.

El 21 llegó a San Fernando. Allí se encontró con San Martín y O’Higgins. Es de imaginar la alegría y el alivio de estos, al ver que una fuerza de esa importancia se había librado del desastre. Le ordenaron que siguiera a Santiago.

Pánico en Santiago

San Martín envió a Buenos Aires, al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, un lacónico parte: “Campado el ejército de mi mando en las inmediaciones de Talca, fue abatido por el enemigo y sufrió una dispersión casi general, que me obligó a retirarme. Me hallo reuniendo a la tropa con feliz resultado, pues cuento ya 4.000 hombres”. Pueyrredón le contestó: “Nada de lo sucedido en la poco afortunada noche del 19 vale un bledo, si apretamos los puños para remediar los quebrantos”.

En Cancha Rayada, los realistas perdieron más hombres que los patriotas. Sin contar dispersos o prisioneros, estos sumaban 120 muertos, mientras de aquellos murieron más de 200. Pero el ejército argentino-chileno había perdido 22 piezas, muchos fusiles y todo su parque.

La derrota de Cancha Rayada causó pánico en Chile. Corrieron toda clase de rumores, empezando por los que daban por muertos a San Martín y a O’Higgins. Todo se normalizó cuando O’Higgins, con el brazo vendado, llegó a Santiago el 24 y reasumió el mando.

Una promesa

San Martín arribó al día siguiente. “Vestía -narra Mitre- el uniforme de granadero, con su sobretodo de campaña cubierto por el polvo de la derrota y su típico falucho forrado en hule. En su rostro se reflejaban las fatigas del insomnio. Estaba triste y reconcentrado”.

El pueblo lo recibió con aclamaciones. Detuvo el caballo a la puerta de su alojamiento y allí se vio obligado a pronunciar “el primero y último discurso de su vida”. Brevemente, anunció que tras el duro contraste se había reaccionado, y que se contaba ya con “más de 4.000 hombres”, además de las milicias.

“La Patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de dar en breve un día de gloria a la América del Sud”, dijo. Once días más tarde, el 5 de abril, en los llanos de Maipú, cumpliría ampliamente esa promesa.

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