Una laguna cloacal es la pesadilla de La Margarita

Los vecinos del barrio ubicado al noreste de la capital reclamaron a la Municipalidad para que erradique un anegamiento de basura y de agua servida de casi una cuadra de extensión. Desde la Intendencia culparon a la Sociedad Aguas del Tucumán por el pantano.

25 Mar 2018 Por Martín Dzienczarski

En la barriada La Margarita las chicas y chicos van a la escuela con bolsas en los pies o con dos calzados, uno para ensuciar y otro para usar en clases. No es un pedido particular de las maestras: una laguna colmada de agua servida inunda las calles y, como no hay veredas -ni alumbrado público- para sortear el barro de materia fecal, los escolares se quitan las bolsas llenas de inmundicia cuando llegan a destino o -la mayoría- se quita las ojotas mojadas, se secan y recién se calzan las zapatillas secas. Pero ya caminaron mojándose con agua inmunda.

Lo padece Elizabeth Palacios, que tiene su casa justo enfrente del pantano con desperdicios, agua servida y basura. “Es de terror vivir acá, porque hasta víboras salen de ahí. Los días de lluvias fuertes a los chicos no los mandamos a la escuela, porque eso rebalsa y nos inunda por completo. No nos molestaría tanto inundarnos con las lluvias si al menos no fuera con agua contaminada”, afirmó la vecina. “A uno de mis hijos lo tengo constantemente adentro porque tiene alergia a las picaduras de los zancudos. Todo bicho habido y por haber sale de esa laguna. Es muy triste vivir así”, continuó.

El Municipio culpa a la SAT por la laguna

Para llegar al barrio La Margarita hay que doblar a la derecha desde la avenida Juan B. Justo al 1.800 y tomar por El Salvador -la del Cementerio del Norte- cuatro cuadras hasta Diagonal Norte. Después de tres cuadras hay que volver a doblar a la derecha por la Calle 41, que los vecinos de la zona bautizaron pasaje 17 de Octubre. El camino es en bajada y con el paso de las cuadras quedan atrás el asfalto, el pavimento articulado y el cordón cuneta, hasta entrar al barrio: calles que son huellas delimitadas sólo por los yuyos que crecen a los costados, antes del comienzo de las casas. No se puede acceder desde la Avenida Gobernador del Campo porque el Country de Lawn Tennis construyó un murallón delimitando el predio; entonces los vecinos han perdido una vía de acceso. El paredón de ladrillo hueco del barrio privado se continúa con otro predio, también privado, que impide salir o entrar por la Avenida de Circunvalación. Al norte, otro espacio privado los encierra, como si se tratara de un ghetto.


No tienen cloacas; la red de agua potable es precaria; tienen luz, pero no alumbrado público; no tienen recolección de residuos y tienen gas de garrafas. “Vimos que a una laguna parecida a ésta, en Los Vázquez, la Municipalidad la drenó y puso ahí una plaza en una semana. Esperamos que se pueda hacer lo mismo ahora aquí, porque los chicos no tienen dónde jugar”, anheló Palacios. A la falta de servicios y la laguna pútrida, se le suman las inundaciones: ella y los vecinos aseguran que, desde que se construyeron los paredones del barrio privado, el agua no escurre. “En enero el agua me llegó hasta acá -marcó Palacios, que mide un poco más de un metro con 60 centímetros, con su mano la mitad de su muslo-. Los vecinos fueron a romper el paredón para que el agua pudiera escurrir”, dijo.

“Creo que los funcionarios son conscientes de cómo vivimos, que estamos encerrados, que hay una sola entrada al barrio, como si quisieran mantenernos viviendo en estas condiciones. Para colmo, tengo un televisor, tres focos y una heladera, y me llega $ 3.500 de luz”, renegó Palacios.

El origen de la laguna

Al otro extremo de la casa de Palacios está la que parece ser la matriz de uno de los tres problemas del barrio, justo frente a la casa de Natalia Sánchez y de Julio César Giménez: el nacimiento del pantano. Las pérdidas cloacales en los barrios cercanos a la avenida Juan B. Justo (El Molino, San Roque), se unifican con el torrente de una rotura en la calle Eduardo Wilde. Todo baja por Francisco de Mendioroz y alimenta la laguna. El ruido es el de un arroyo plácido, pero es agua que viene de las cloacas y que inundan una zona de casi una cuadra. El barrio sin cloacas tiene una laguna de agua servida, lamentan los vecinos. Los líquidos de diversas rebalsadas forman una segunda laguna, más pequeña, cerca del paredón del barrio privado. Se la distingue por las totoras que la cubren.


“Cuando llueve me lleno de agua. Vivimos cuatro en casa, y mi nena es prematura así que sufre muchísimo con cuadros de bronquitis. Es como si la ciudad no hubiera llegado hasta acá. El olor es insoportable y no se puede vivir”, afirmó Sánchez. Atrás de ella, en un predio privado al que le falta parte del alambrado perimetral -los vecinos dicen que los chicos adictos al paco lo robaron para venderlo y poder comprar más dosis-, un grupo quemaba los pastizales. “Acá, durante un año redondo, hay pérdidas cloacales y se mantiene siempre llena la laguna. Los chicos van a la escuela que queda a cuatro cuadras. Todos los meses vamos al médico”, acotó Giménez.

Sobre el final de la calle de la laguna vive Esther Ruiz de Yapura. A ella las inundaciones, las pérdidas cloacales y la laguna le saturaron la paciencia. “Mi marido tiene 77, tuvo un ACV Isquémico y ahora tiene cáncer. Vivir acá es un desastre terrible, porque en el caso de mi marido la ambulancia no llega hasta la puerta de mi casa. Se frena a unas cuadras y baja el médico a atenderlo. Si tenemos que trasladarlo por una emergencia tendrá que venir todo el barrio, levantarlo, trasladarlo sobre el barro y llegar hasta la ambulancia”, imaginó la mujer.

Yapura también vive con la familia de su hija, Rocío Yapura (29), porque ella no tiene una casa propia. “Estamos todos amontonados acá. Los chicos van a la mañana en el medio de la oscuridad porque no hay luz en la calle. Salimos a las 6.30 y los pies, llenos de barro. El calzado se rompe. Cuando llueve y se desborda la laguna no se puede caminar. Todos los padres sufrimos esto, es una vida difícil. Ir simplemente a la escuela es ver a los niños exponerse (a enfermedades). Muchas madres no los mandamos cuando rebalsa la laguna”, contó.

Entre las casas que quedan frente a la laguna, Eugenia Viviana Sánchez terminaba de lavar los enseres de cocina después del almuerzo. La mujer, 43 años y 12 hijos, fue contundente. “Es de lo más fiero vivir así, porque salen tantos bichos y hay muchísimo olor. En esta casa vivimos nueve, hay poco trabajo y hay hambre. Nos mantenemos porque mi marido junta botellas, y tenemos para comer. No es lo mismo el hambre de días que el otro”, afirmó, poniendo el acento en la diferencia entre el hambre y el apetito. Justo cruzaba por entre los líquidos cloacales Marisa Toledo, con su bebé en un cochecito. Las ruedas se taparon hasta la mitad. Otro vecino, Luis Alberto Acosta, miraba la escena en el agua inmunda: “somos sufridos por vivir esto. Queremos vivir en paz, nada más. Soy albañil y estoy desocupado. La cosa se puso peor con los paredones de los barrios privados, es como si la Municipalidad les asegurara a ellos todo para vivir bien, y no se fijan en nosotros, los que vivimos acá”, dijo Acosta tristemente.

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