Música y baile, dos herramientas para armonizar la emociones

No discrimina por edades ni por sexos, y propone un camino para conectarse con uno mismo. Testimonios

18 Mar 2018
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CONECTADOS. Si se la practicara individualmente no existiría, dice María José Zamorano, “facilitadora” de la disciplina; por ello son clases populosas. LA GACETA/ FOTOS DE ROCÍO ALI.-

No requiere grandes esfuerzos físicos y aporta beneficios tanto a la mente y a la emocionalidad como al cuerpo. No discrimina edades ni sexos, conecta con lo más íntimo del ser y saca lo mejor de cada uno. La biodanza es eso y más: se trata también de un sistema de gimnasia grupal que desarrolla el potencial humano y es un tipo de “rehabilitación existencial”, que empieza a pisar fuerte en las academias tucumanas donde se la practica.

“Combina la música, el movimiento del cuerpo y el poder de las personas en grupo”, comienza a describirla María José Zamorano, “facilitadora” de esta disciplina. Apunta que no existe la biodanza si se la practica individualmente; y destaca que estimula la capacidad de expresar amor, entusiasmo o felicidad, permite disminuir tensiones y relajarse, combatir ansiedades, contrarrestar el insomnio y hasta tonificar los músculos. Y a pesar de todo -añade Zamorano- la actividad sólo depende de cada uno. “Sobrellevar sentimientos, emociones y situaciones es algo muy personal”, enfatiza.

La biodanza desembarcó hace unos cuatro años en Tucumán, pero recién durante los últimos meses se potenció su difusión. De hecho, fue una de las novedades que la UNT incorporó este año a sus talleres de verano. Zamorano dictó el taller y atrajo a varios alumnos que decidieron seguir en otros lugares, como la Escuela de Biodanza que funciona en el centro de la ciudad (Córdoba 691).

La música es uno de los componentes más importantes. “Es uno de los poderes de la biodanza. Debe contener un significado emocional que conecte con la alegría y el entusiasmo de los participantes, más allá del género o de si es conocida. En mis clases se escuchan desde ritmos brasileños hasta piezas de Astor Piazzolla”, afirma la profesora.

Las clases duran alrededor de dos horas y suelen iniciarse con una exposición oral por parte de los participantes (es opcional). En ese momento expresan cómo se sienten con respecto a la clase anterior, aunque sin ningún tipo de juicio ni consejos; sólo abriendo paso a la aceptación y a la escucha. Luego, se inician secuencias de baile libre, que no requieren esfuerzo físico, mediante la reproducción de 11 o 12 temas. Se empieza con canciones más enérgicas, hasta llegar al punto más calmo y relajado de la sesión. Se trabaja con el ritmo musical y con la coordinación del compañero.

Complacidos

“Siento que me cambió la vida. Al principio tenía muchos temores de asistir, porque nunca había dedicado tiempo para mí. Estaba muy triste y necesitaba algo que sacudiera mi cabeza. Eso encontré con la biodanza. Allí reinan el respeto, la confianza, el agradecimiento, la contención del grupo en las buenas y en las malas. No puedo decir que la práctica solucionó mis problemas, porque siempre están, pero sí aseguro que lloré como nunca, algo que me hizo sacar lo más doloroso que habitaba en mí. Puedo contenerme en la mirada y en el abrazo de los demás. Realmente tenés que vivirlo para saber de qué se trata. Yo salgo de las clases machadita de amor”, confiesa Ana María Theodule, de 58 años.

Para “Elsita” Castilla, que practica biodanza desde hace cuatro años, la actividad es una oportunidad de realizar una “conexión afectiva en manada”. “Me aleja de tantas divisiones que hay en el mundo, de tantas guerras y me acerca a la unión, a la integración con mi ser y con la que puedo tener con los demás. Realmente salgo como nueva, cargada de una energía muy amorosa. Los seres humanos, por creernos adultos, nos olvidamos de esa parte tan linda que es el juego y la risa, algo que la biodanza nos devuelve a todos”, asegura.

Cristina Martínez, docente jubilada, sólo lleva dos clases pero deja en claro que es una actividad que le ofrece lo que busca: “me ayuda a descargar mis emociones y expresar mis experiencias sin ser juzgada. Todo eso lo logro a través de la música, que es algo que me apasiona. Romper la rutina con este tipo de ejercicios es algo realmente gratificante”.

Quienes se sumergen en esta práctica afirman que se trata de crear un entorno amoroso para encontrar la capacidad de salir adelante en diferentes ámbitos. “Uno viene y se siente contenido -dice Zamorano-. El grupo es un pequeño útero de renacimiento, en donde uno se siente aceptado a través de intercambios muy respetuosos. Hay un antes y un después de cada sesión”.

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