Gran médico y sanitarista tucumano

Gregorio Aráoz Alfaro batalló contra el paludismo, la tuberculosis y la mortalidad infantil.

11 Mar 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Una de las grandes personalidades de la medicina y de la sanidad en la Argentina del siglo XX fue el médico tucumano Gregorio Aráoz Alfaro. Ha quedado como un verdadero cruzado en la lucha contra el paludismo, la tuberculosis y la mortalidad infantil. Libró su batalla desde el consultorio, la función pública, la cátedra y el libro. Había nacido en esta ciudad el 8 de junio de 1870, en el tradicional hogar de don Gregorio Aráoz y doña María Susana Alfaro.

Se doctoró en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, en 1892. Su tesis, “Las infecciones anómalas de órganos respiratorios”, recibió la nota más alta de la promoción. Después, recordaría, “no vacilé en quedarme en Buenos Aires, porque en aquel entonces era este el único centro en que se podía seguir estudiando, porque yo tenía ansias de estudio y de trabajo en el terreno científico. Y resolví hacerlo, casi sin vinculaciones sociales, porque era provinciano y había hecho vida de estudio, retraído siempre”. Recibió el magisterio de médicos como Ignacio Pirovano, Telémaco Susini, Eufemio Uballes, Gregorio Chaves y Roberto Wernicke, por ejemplo, y se perfeccionó en Europa. Veneraba a Guillermo Rawson: lo conoció en la ancianidad y escribiría su biografía.

Sólidos trabajos

Aráoz Alfaro fue médico de la sala de niños del Hospital San Roque durante casi tres décadas, así como presidió varios años el Departamento Nacional de Higiene, que equivalía en su época a los ministerios de Salud Pública que se instituyeron después. Además, durante un cuarto de siglo, condujo la Liga Argentina Contra la Tuberculosis.

Escribió una serie de brillantes trabajos de investigación, que le dieron gran prestigio. “Meningitis cerebro-espinal epidérmica”, “Estudios clínicos sobre la tuberculosis”, “Tratado de Semiología y Clínica Propedéutica”, para mentar solo unos pocos títulos. Pero algo especial fue “El libro de las madres”. Lo editó por primera vez en 1899 y se convertiría en un verdadero clásico.

Era “un manual práctico de higiene del niño, con indicaciones sobre el embarazo, el parto y el tratamiento de los accidentes”.

Para las madres

No buscó hacer obra erudita, sino algo al alcance de las madres comunes. Quiso, decía el prólogo, servir “a los intereses de muchas familias modestas que no pueden recurrir a cada instante al médico y que, víctimas de preocupaciones y de consejos ignorantes, adornados pomposamente con el título de ‘experiencia’, cometen frecuentemente errores graves en la crianza de los niños”.

Logró en su libro, junto a la máxima sencillez del lenguaje, una ajustada precisión para que nadie tuviera dudas. Insertaba ilustraciones numerosas, que detallaban desde la forma de armar un pañal sobre el cuerpo del bebé, hasta las posiciones adecuadas para amamantarlo o alzarlo. Esto además de informar sobre los alimentos y su valor nutritivo, la vestimenta del niño, los ejercicios físicos y juegos, y hasta pautas de educación moral e intelectual. Incluía un útil apéndice sobre los cuidados en caso de accidentes, hasta que llegase el médico. Así, fue un tucumano quien -acaso por primera vez en el país- se ocupó de algo tan importante como enseñar a criar un niño. “El libro de las madres” tuvo varias ediciones, y sin duda contribuyó a salvar muchas vidas.

Un maestro

Obviamente, carecemos de aptitud para comentar los relevantes aportes que, en el terreno científico, allegó Aráoz Alfaro a la ciencia médica argentina. Su talla fue reconocida por la Academia Nacional de Medicina -que presidió- y por numerosas academias extranjeras. En la Universidad de Buenos Aires fue profesor titular de Semiología y Clínica Propedéutica.

Uno de sus alumnos tucumanos, el doctor Manuel López Pondal, lo recordó en un reportaje. Era, evocaba, “tranquilo, respetuoso, muy señor”. Tenía una expresión “sencilla, sin gesticulaciones, y se asentaba solo en una voz grave y en una fluidez total en el uso de la palabra. Cuando hablaba, nadie podía tener dudas ni hacer interpretaciones, porque todo quedaba en claro. Tampoco necesitaba levantar el tono para imponer autoridad”.

López Pondal decía que, en la sala de clínica, al verlo entrar “los médicos se inclinaban, alineados, para saludarlo”; actitud que decía, “al principio me causó sorpresa, pero después entendí que en eso no había genuflexión sino un cariño casi sagrado”.

No solamente la medicina figuró en los escritos de Aráoz Alfaro. En 1938 editó el delicioso “Crónicas y estampas del pasado”, que hasta hoy puede leerse con encanto. Están allí sus impresiones de niño en Tucumán, su llegada a Buenos Aires, su contacto con los grandes maestros y semblanzas de ellos. Todo está narrado en una prosa noble y cautivante.

Primera operación

En uno de los reportajes que le hizo “Caras y Caretas”, narró su primera operación quirúrgica de practicante, con los profesores Pirovano y Antonio Gandolfo, cuando era alumno de quinto año. Había que amputar una pierna “en el tercio superior y aplicar el método de Farabeuf”.

“Puede imaginarse -narraba- cómo repasé mis libros y cuántas veces repetí la operación en un cadáver. Llegado el día, la practiqué con los mayores cuidados posibles de antisepsia y de técnica, bajo la mirada complaciente del doctor Gandolfo. Todo salió bien: el colgajo se adaptó perfectamente y se hizo la sutura completa”. De pronto, a la noche, lo llamaron de urgencia, porque el operado tenía un escalofrío intenso y su temperatura trepaba a casi cuarenta grados. “¡Qué noche de angustia aquella, qué examen severo de conciencia para descubrir si había cometido alguna falta, qué consultar con los compañeros y practicantes mayores sobre las complicaciones posibles! En el insomnio, pasaban por mi imaginación los aspectos de erisipela, de la septicemia, de la pioemia”. Felizmente, por la mañana llegó Pirovano, descubrió la herida, no le encontró alteraciones, y el estado del enfermo ya era normal. “Pero yo había pagado con amarga preocupación durante largas horas, y hasta con remordimientos infundados, el honor que tanto había apreciado y agradecido de mi primera operación”.

Hábitos y gustos

Aráoz Alfaro se levantaba al alba. Daba su clase a las 8 de la mañana. Comía bien pero sin exceso y bebía vino sólo por excepción cuando estaba con amigos, y en muy pequeña cantidad. Tomaba mucho café y fumaba de vez en cuando un habano, nunca cigarrillos. En cuanto a la vida social, decía que le agradaba solamente “con gente inteligente y culta”, pero no “las fiestas y reuniones ruidosas y abiertas a un gran número de personas”. No iba a clubes y era insaciable lector de medicina y de literatura.

El cine, dijo al periodista, le gustaba sólo “cuando es descriptivo”. Consideraba que la pantalla “había perjudicado al buen teatro y dañado mucho las buenas costumbres y los sentimientos del pueblo”. En materia de lecturas, decía, “soy muy viejo en gustos”. Gozaba de la música, pero no sabía tocar ningún instrumento. También le fascinaba la pintura, a pesar de ser “un ignorante en la materia”. Pero no le gustaba el pincel “modernista” y detestaba “las exageraciones y deformaciones futuristas”. Lo mismo en escultura y arquitectura, aunque reconocía las ventajas de esta última, en su tendencia “moderna”, sólo para las grandes construcciones higiénicas.

“¿Lo ayudo?”

Su ex discípulo y amigo López Pondal narró a quien escribe estas líneas una anécdota personal. Un día, Aráoz Alfaro llegó de Buenos Aires y fue a visitarlo a su casa de calle 25 de Mayo 384. La mucama le dijo que López Pondal estaba atendiendo en el consultorio anexo. Aráoz Alfaro se trasladó allí, y con sigilo se sentó entre los pacientes. En un momento dado, López Pondal abrió la puerta y, sorprendido, se encontró con el maestro. Tras abrazarlo, le dijo que pasara a la casa y lo esperase. Pero Aráoz Alfaro propuso: “¿no quiere que lo ayude?”. Entonces, pasó al interior del consultorio, se puso un guardapolvo, se lavó las manos, y se concentró en atender, con su amigo, a los niños que entraban con sus madres. “¡Nunca se hubieran imaginado esas señoras, que en esos momentos las atendía nada menos que Gregorio Aráoz Alfaro en mi consultorio!”, comentaba risueño.

Agregaba López Pondal, en un reportaje, que a su juicio Aráoz Alfaro siempre se sintió tucumano. “Tenía por su tierra ese amor un poco indescifrable que permanece en uno más allá de la residencia. Es ese amor instintivo del hijo que conoció poco tiempo a su madre, pero luego intuye y enriquece una hermosa relación hasta el final”.

El doctor Aráoz Alfaro falleció en Buenos Aires el 26 de agosto de 1955. Fue, como sintetizó Cupertino del Campo, “una gran figura de sabio, de caballero y de filántropo”.

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