Decidió enfrentarse con el mundo

10 Mar 2018

Michael Donhauser, Andreas Hoenig y Alkimos Sartoros - Agencia DPA

WASHINGTON/BRUSELAS.- Fue una de esas apariciones que tanto le gustan a Donald Trump: rodeado de trabajadores del acero, el presidente estadounidense iba a firmar en la Casa Blanca los documentos que ordenaban la imposición de aranceles a las importaciones mundiales de acero y de aluminio. La foto con los trabajadores parecía para Trump casi más importante que el acto jurídico en sí. Y es que cuando se disponía a abandonar la sala, su secretario de Finanzas, Steven Mnuchin, tuvo que instarle a firmar de verdad el documento. Para el resto del mundo empezaban de verdad los problemas.

Los aranceles entrarán en vigor en un plazo de 15 días y por el momento, Canadá y México quedarán exentos, mientras el resto de países podrán conseguir algunos descuentos en función de las concesiones que estén dispuestos a hacer. Trump justificó la medida por motivos de seguridad nacional. Sin embargo, muchos dudan de esa justificación, que permite al Presidente actuar a su antojo y evitar que sus decisiones pasen por el Parlamento. Se trata de proteger y revivir la industria del acero nacional y mantener bajo control eventuales efectos no deseados.

Al abrir la puerta a negociaciones posteriores, Trump podría conseguir una mayor apertura del mercado de la UE al suministro de automóviles: en estos momentos, por cada auto de producción estadounidense que entra en Europa, la UE paga un arancel del 10%, cuando en la dirección contraria es de un 2,5%. Si Trump puede negociar mejoras en este sector, podrían reducirse los 45.000 puestos de trabajo que, según los expertos, peligran en la industria del automóvil estadounidense.

La Comisión Europea, que es el principal organismo competente en cuestiones comerciales en la UE, debe encontrar un equilibro: por un lado, no perder la cara ante la agresividad de Trump. Pero por otro lado, otros países abogan por una reacción más tibia, entre ellos Alemania. Berlín es el principal exportador europeo de acero a EEUU, pero considerablemente por debajo de países como Canadá, Brasil o México. Eso sí, por delante de China.

Un ejemplo de cómo pueden desarrollarse este tipo de guerras comerciales lo muestra un vistazo al pasado: en 2002, George W. Bush decretó aranceles y Estados Unidos no tuvo ninguna buena experiencia con la medida. Al final, tuvo que dar marcha atrás por orden de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Anteriormente, también había calentado los ánimos en la industria del acero, llevando a la pérdida de miles de empleos en otros sectores. Pero esta vez, Trump quiere hacer las cosas mejor, dejando fuera de la medida a Canadá y México -responsables de más de una cuarta parte de las importaciones- y dejando la puerta abierta a negociaciones en otros casos.

Los juristas de la Comisión Europea están ahora en alto nivel de alerta: en los 90 días posteriores a la entrada en vigor de los aranceles, las autoridades podrían presentar una demanda ante la OMC, explicó la comisaria europeo de Comercio, Cecilia Malmström. Y otros países podrían sumarse. Por el momento, sin embargo, quienes quieren dialogar con Estados Unidos hacen cola: Malmström pide hablar hoy con el negociador estadounidense, Robert Lighthizer, mientras el ministro de Comercio británico, Liam Fox, quiere viajar a Washington la próxima semana y espera encontrar un trato especial para el país a punto de salir de la Union Europea. Argentina y Brasil también han anunciado su disposición a dialogar. Pero el desenlace es totalmente incierto.

Comentarios