La TV fue testigo del “rey sin corona”

En el primer Mundial que fue televisado, una Hungría fuera de serie, que despachó a casi todos los rivales, sucumbió en la final ante una Alemania Federal muy práctica.

09 Mar 2018
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DIERON EL GRAN GOLPE. En la final de Suiza 1954, los alemanes se recuperaron de un flojo inicio de partido y terminaron superando a un rival que parecía invencible; por eso festejaron con todo el título.

Suiza 1954 fue especial, porque, quizás al Mundial que allí se jugó se lo podría denominar como el primero de la era moderna. Tras certámenes vibrantes y luego de un Brasil 1950 que paralizó corazones y que instaló el primer gran “milagro” en la historia de la Copa, la televisión dijo presente en Suiza. Y el rumbo de la competencia cambió para siempre.

Alemania Federal, Bélgica, Dinamarca, Inglaterra, Italia, Francia Holanda y Suiza fueron claves al aportar el soporte tecnológico que permitió que se televisaran todos los partidos del torneo. Y de la mano de la pantalla chica, comenzaron a aparecer también los patrocinadores, quienes montaron el “circo” y transformaron el espíritu de los mundiales.

Suiza debió esperar para poder darse el lujo de albergar un Mundial. En un principio, la FIFA la había designado para ser sede del torneo de 1950, pero Brasil logró torcerle el brazo. En ese entonces, Suiza no tenía estadios adecuados para organizar un evento de esas características y debió esperar cuatro años más. Además, la casa madre del fútbol mundial, con sede en Zurich, cumplía 50 años desde su fundación, por lo que era una hermosa oportunidad para que los suizos le abrieran las puertas al mundo.

Eran épocas muy diferentes a la actual. No estaba todo tan organizado y los números de participantes variaban de un torneo a otro, dependiendo de las circunstancias del momento. En este caso, fueron sólo 16 las selecciones que jugaron el torneo en el país alpino.


Hungría comenzó el Mundial como el gran (y quizás único) favorito para lograr el título. Tenía un equipo espléndido, repleto de jugadores fuera de serie como Ferenc Puskas, Sándor Kocsis, Nándor Hidegkuti y Zoltán Czibor. Además llegaba al Mundial sin siquiera haber perdido un solo partido en los últimos cuatro años.

Y como para reforzar ese mote de candidato, comenzaron pisando fuerte. Hungría debutó en Zurich con un contundente 9 a 0 sobre Corea del Sur y luego, en Basilea, apabulló a Alemania Federal con otra lluvia de goles; 8 a 3. El equipo “maravilla” del momento desplegaba un fútbol total y nadie tenía la menor duda de que la quinta Copa del Mundo iba a terminar en sus vitrinas.

Pero no. Fue en 1954 cuando se puede decir que se instauró el término “campeón moral”. Porque el 4 de julio de 1954, día de la final, Hungría iba a tropezar inesperadamente. Una selección que venía dejando a todos con la boca abierta, con goleadas en los partidos previos y un juego exquisito sufriría, quizás, la peor derrota de su historia.

Para colmo, su rival en el duelo decisivo era Alemania Federal, a los que los húngaros habían despachado con total facilidad en la fase de grupos. Por eso, la confianza iba en aumento y no era para menos.


Pero claro, el fútbol no tiene lógica. Nadie gana un partido antes de jugarlo y las especulaciones previas o los antecedentes siempre quedan de lado cuando la pelota comienza a rodar. Y así fue, a pesar de que Hungría comenzó en el mismo nivel, exhibiendo la gran contundencia de la que había hecho una marca registrada en el certamen.

Liderada por un genial Puskas, antes de los 10 minutos de juego, ya estaba dos goles arriba; y el título parecía cosa juzgada. Pero de repente todo cambió y comenzó a cocinarse una gesta histórica que rápidamente saltó a la fama como el “Milagro de Berna”. Contra todos los pronósticos, Alemania comenzó con la remontada. Y logró torcer la historia por 3 a 2.

A seis minutos del final, Helmut Rahn entraría en la historia grande del fútbol mundial. Y su nombre se transformaría en una leyenda, al marcar el gol de la victoria alemana. Los húngaros no lo podían creer. Eran favoritos y emocionaban con su juego. Pero la gloria les dio la espalda y quedaron en el recuerdo mundialista como el histórico “rey sin corona”.

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