
Oscar Edberto Molina junto a su amada Yuyí.

Con el fallecimiento del doctor Oscar Edberto Molina se cierra un capítulo fundamental de la docencia universitaria y de la investigación científica en Tucumán. Se forjó en una época en la que no existían computadoras personales, internet ni inteligencia artificial, y donde el conocimiento se construía con rigor, paciencia y vocación.
Realizó sus estudios de grado en la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia de la Universidad Nacional de Tucumán, donde se recibió de Licenciado en Química. Durante el cursado de su última materia de grado, Microbiología Industrial, descubrió su pasión por el microscopio y, sin abandonar la química, orientó su camino hacia la biotecnología. En 1980 obtuvo el título de Doctor en Química con su tesis “Producción de proteína unicelular usando como fuente de hidratos de carbono médula de bagazo”.
Sus investigaciones fueron reconocidas con importantes distinciones. Su tesis doctoral fue galardonada por la Asociación Química Argentina (1981-1982) con el Premio Doctor Horacio Damianovich. Posteriormente, la Fundación Caja Nacional de Ahorro y Seguro otorgó el primer premio a un trabajo presentado junto a sus coinvestigadores bajo el seudónimo “Elba Gazo”. Además, recibió un reconocimiento por parte de la Gobernación de Tucumán, durante la gestión del gobernador José Domato, por su destacada labor en investigación.
Desarrolló tareas en la industria de fabricación de whisky y levaduras, en paralelo con su actividad docente en la Facultad de Bioquímica. Logró dominar un proceso biotecnológico que permitía la desecación de bacterias manteniéndolas vivas y metabólicamente activas, aptas para ser utilizadas como inóculos en la elaboración de alimentos y bebidas fermentadas. En su prolongada labor como asesor de empresas, se reencontró con antiguos alumnos que asistían a sus charlas sobre problemáticas específicas de la industria, como la utilización de inoculantes para soja ensilada.
Fue uno de los cofundadores del Proimi (Conicet), institución en la que llevó adelante numerosos proyectos y programas de investigación interdisciplinarios, convirtiéndose en un referente obligado por su sólida formación química y su vasta experiencia tecnológica. Creó, desde sus cimientos, la cátedra correspondiente a la carrera de Ingeniería Química en la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología. Su modo de transmitir el conocimiento era el de un verdadero maestro: didáctico, práctico y claro. Hacía fácil lo difícil. Alcanzó la categoría de Profesor Titular con dedicación exclusiva y fue categorizado nivel 1 en investigación. Al final de su carrera recibió un merecido reconocimiento por su trayectoria docente, que prestigió a la institución durante 45 años de servicio.
Se distinguió además por su hombría de bien y su intachable calidad moral, especialmente en la administración de los fondos públicos obtenidos mediante subsidios de investigación, lo que quedó demostrado tanto en el trato con proveedores como en las rendiciones ante Conicet y CIUNT.
Lector incansable y conversador brillante, disfrutó de los viajes, de los conciertos y del teatro, cultivando una vida plena hasta el final. Animó extensas y animadas discusiones, especialmente en el club de golf, disciplina que constituía una de sus grandes pasiones y en la que obtuvo numerosos galardones.
Amó profundamente a su familia: su esposa, sus cinco hijos -todos profesionales- y sus 10 nietos, quienes lo admiraron y acompañaron en su vida.







