Revolución y telegramas polémicos

Durante el alzamiento de la Unión Cívica Radical en 1905, fue capturado en Córdoba el vicepresidente de la Nación.

04 Feb 2018

Entre las revoluciones armadas que inquietaron a la Argentina a comienzos del siglo XX, tuvo especiales características la que organizó la Unión Cívica Radical en 1905. Sobre todo porque, en Córdoba, los alzados lograron capturar nada menos que al vicepresidente de la República. Las circunstancias que rodearon este último hecho han sido controvertidas, y echarles una superficial mirada es el propósito de esta nota.

El partido radical, reorganizado en 1903 bajo la jefatura de Hipólito Yrigoyen, dos años después armó este golpe revolucionario, cuidadosamente planificado y de vastos alcances. Tendría lugar simultáneamente en Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza, y contaba con el compromiso de varias unidades militares con sus jefes y oficiales. Tras algunas postergaciones, el movimiento estalló a las 3 de la madrugada del 4 de febrero de 1905. Logró imponerse por pocos días en tres de las ciudades referidas. Pero fracasó en la más importante, es decir en Buenos Aires.

El golpe en Córdoba

Allí, certeras infidencias permitieron que el Ejército y la Policía -enterados de la contraseña revolucionaria- pudieran arrestar a los sublevados en el Arsenal donde se iban concentrando, a medida que llegaban. Asimismo, fueron rápidamente copados los que venían a sumárseles en tren, desde Bahía Blanca. Este fracaso determinó poco después la rendición del foco de Rosario. También hizo que en Mendoza, donde habían derrocado a las autoridades, los revolucionarios no tuvieran más opción que rendirse, días más tarde.

En Córdoba, la cosa fue especialmente grave. Dirigía en esa provincia el golpe el teniente coronel Daniel Fernández, del batallón de Telegrafistas y lo secundaban los batallones 8 de Infantería, 10 de Caballería, 1 de artillería y 2 y 4 de Ingenieros Ferrocarrileros. Los revolucionarios lograron capturar al vicepresidente de la República, doctor José Figueroa Alcorta, quien allí se encontraba con su familia; al gobernador José Vicente de Olmos, así como al diputado nacional Julio Roca, hijo del general; a Antonio Demarchi, yerno del mismo; al ex jefe de Policía, Francisco Beazley y otros. Los mantuvieron presos en el Hotel “Palace”.

Roca escapa

Pero no pudieron cumplir su propósito de tomar prisionero al general Julio Argentino Roca. Este veraneaba en su estancia “La Paz”, de Ascochinga, y no faltó quien le avisara que 25 soldados revolucionarios partían a capturarlo. Entonces, Roca montó a caballo y al galope cubrió los 35 kilómetros que lo separaban de la estación Sarmiento, del Central Córdoba. Allí se hizo armar un tren, en el que partió rumbo a Santiago del Estero, no sin disponer que una escuadrilla de jinetes, detrás del convoy, fuera levantando los rieles para evitar que lo persiguieran. En Santiago empezó a tomar medidas para resistir, que a poco andar no fueron necesarias ante el fracaso del golpe.

El presidente Manuel Quintana, hombre de actitudes enérgicas, despachó rumbo a Córdoba un fuerte contingente de soldados, al mando del general Lorenzo Winter. Como era imposible resistirles, la postura de los revolucionarios fue que se rendirían si se les garantizaban la libertad y el mantenimiento de los grados militares, a los que los tenían. Caso contrario, si Winter los atacaba, amenazaron que colocarían a los eminentes presos en primera fila, para que recibieran las descargas iniciales.

Los telegramas

Este fue el tema que trataron el cautivo vicepresidente Figueroa Alcorta con el presidente Quintana. Conversaron por el único medio posible en esos tiempos, que era el telégrafo. Cada uno tenía una clave para identificarse en los despachos. En ese tenso intercambio de telegramas, del día 5 de febrero, Figueroa Alcorta, en síntesis, pidió a Quintana que accediese a las demandas de los revolucionarios, dado que estaba en juego su vida. Quintana se mantuvo firme y dijo que “los amotinados deben someterse a discreción a fin de ser juzgados por los tribunales correspondientes y por las leyes del caso. Mi actitud es definitiva”.

Finalmente, los alzados no cumplieron sus amenazas y se rindieron. El presidente hizo procesar a todos los implicados de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza y Bahía Blanca que pudo arrestar, en Consejos de Guerra y en la justicia civil. Un año más tarde, falleció Quintana y Figueroa Alcorta asumió la presidencia. A poco andar, proyectaría una ley de amnistía que el Congreso aprobó no sin intenso debate.

Un folleto de 1963

Durante muchos años, la versión generalmente aceptada sobre aquellas conferencias telegráficas, fue que no hubo un ruego de Figueroa Alcorta por su vida. Y que, en realidad, al empezar los telegramas entre presidente y vice, uno de los jefes golpistas, Aníbal Pérez del Viso, apartó a Figueroa Alcorta del aparato telegráfico y tecleó el ruego a Quintana sustituyendo al vicepresidente, sin que el jefe del Ejecutivo sospechara el cambio.

Pasó el tiempo. En 1963, Carlos Quintana, un nieto del presidente, publicó el folleto “Un valioso documento histórico”. Allí reproducía el texto íntegro de las conferencias entre Quintana y Figueroa Alcorta, tal como estaba archivado, decía, en la banda del telégrafo desde 1905. En esa transcripción, el vicepresidente expresaba, por ejemplo: “Le ruego a V.E. que no pierda de vista que va mi vida en esta emergencia y que lo que le pido tiene su fundamento no ya tan sólo en leyes políticas determinadas, sino en una ley de humanidad. Le ruego pues que no me abandone a una situación desesperante, tan injustificada como cruel”.

Airada polémica

En la publicación referida, no se hablaba de ninguna sustitución. El nieto de Quintana se limitaba sólo a destacar la firmeza de su abuelo. De ese modo, sin decirlo, dejaba a Figueroa Alcorta como alguien que había flaqueado ante los revolucionarios, cuando estuvo en riesgo de muerte.

El folleto indignó a Luis Figueroa Alcorta, uno de los descendientes del vice. Inició en las páginas de “La Nación” una polémica con Quintana. Según la síntesis de la revista “Primera Plana” (número 40, del 13 de agosto de 1963), Figueroa Alcorta reprodujo cartas de Pérez del Viso y de Manuel Carlés “para reforzar la teoría de la suplantación”, afirmando que Carlos Quintana conocía bien tales testimonios, difundidos ampliamente en 1935, a pesar de lo cual –le recriminaba- “guardó entonces y hasta ahora un significativo silencio, y ha necesitado 28 años de meditación antes de dar a conocer sus dudas”.

Reto a duelo

Quintana insistió en su postura, y dijo que su silencio se debió “al respeto a la memoria del doctor Figueroa Alcorta y consideración a su familia”. Contraatacó Figueroa Alcorta diciendo, entre otras cosas, que con la familia Quintana “no lo ha ligado antes ni lo liga ahora ninguna vinculación amistosa”. Como Quintana insistió, el 4 de agosto Figueroa Alcorta lo desafió a duelo, requiriéndole “una amplia retractación de los agravios inferidos”, o “en su defecto, una reparación por las armas”.

Le envió como padrinos al doctor Juan Carlos Palacios y al contralmirante José Antonio Dellepiane. Ante el reto, Quintana optó por conciliar. Ofreció a Figueroa Alcorta “una explicación escrita, con lo que lance fue evitado”. Así cronicaba “Primera Plana” el final del asunto, en una nota titulada “Alcorta y Quintana: sables en reposo”.

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