Dos discursos criticados

Los de Avellaneda y Sarmiento en Tucumán.

29 Nov 2017
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31 DE OCTUBRE DE 1876. La inauguración del ferrocarril de Tucumán, según un dibujo de época.

Cronistas y testigos han narrado, varias veces y con entusiasmo, la fiesta de inauguración del ferrocarril de Tucumán, el 31 de octubre de 1876. Pero el folleto de autor anónimo “Reminiscencias de un viaje en tren de Buenos Aires a Tucumán”, editado ese año, no fue tan entusiasta.

Cuenta que la ceremonia se inició a las 5 de la tarde. En la estación, “entre una inmensa multitud de espectadores y con presencia de los ministros extranjeros”, tuvo lugar “la bendición de la vía y locomotora, ceremonia que me fue imposible ver por la gran concurrencia que había asistido”. En el interior del edificio se había armado “un gran altar adornado con instrumentos de industria, banderas nacionales y un gran escudo argentino”.

Después de la bendición, “se hizo correr hacia atrás el carruaje espléndido del señor Télfener (el empresario que construyó la línea), semejante al de uso particular del rey de Italia, cuyo costo es de 10.000 pesos fuertes, siendo entapizados de raso y terciopelo sus paredes y asientos, adornado además con magníficos espejos. Se me ha dicho que piensa el empresario regalarlo al Gobierno nacional”.

A ese carruaje subió el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, “y desde él pronunció el discurso que la prensa pública ha comentado, mereciendo los elogios de unos y la crítica de otros, por estar demasiado recargado de figuras retóricas”. Añadía que “reconociendo en el doctor Avellaneda inteligencia e instrucción superior, le creo capaz de mejores y más serias producciones literarias”.

Siguió el largo discurso de Domingo Faustino Sarmiento, “cansando la atención de las personas”, por estar “recargado de conceptos personales, y cuya última frase, que no pude oír por la baja voz del orador, me dijeron fue la de pedir que, como a la Magdalena, se le perdonase por haber amado. Pongamos punto final a la fiesta”.

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