A desalambrar la dignidad

19 Nov 2017 Por Roberto Espinosa
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TEMA LIBRE

La guitarra murmura pensamientos. La voz trepa los silencios pausadamente, gota a gota, hasta convertir la emoción en aguacero. No tiene un gran registro, la estridencia no es su amiga, pero sabe acariciar sus canciones como quien arropa los sueños de la Negrita Martina. Lo importante es lo que dice y cómo lo dice. Un abrazo de palabras flota en el aire. “Sigo cantando de manera muy llana. Cantamos sentimientos altos: la igualdad, el compañerismo, que no parecen estar al alcance de la mano. Pensar que eso es una montaña y que subirse encima es una tentación de vanidad que hay que evitar”, nos dice el trovador montevideano ese lunes 20 de octubre de 1997, al regresar a Tucumán, tras 17 años de ausencia, para ofrecer su arte en el Centro Cultural Virla.

El piano y la guitarra de los tatitas mojan el alma del gurí. Beethoven, Mozart, Stravinsky, pero también Los Ábalos, Yupanqui y Gardel sueñan en sus sueños. La sonrisa de Abel Carlevaro, un troesma, lo empuja a los escenarios como concertista de las seis cuerdas. Pero los gritos de la injusticia lo zamarrean en los 60 y se vuelven canción comprometida. “Si molesto con mi canto a alguno que ande por ahí, le aseguro que es un gringo o un dueño del Uruguay. A desalambrar, a desalambrar que la tierra es nuestra, es tuya y de aquel, de Pedro y María, de Juan y José”, entona.

El canto popular yorugua lo cobija. Protesta. Testimonio. Añoranza. Denuncia. Esperanza. Viven en esa canción del hombre nuevo, en una milonga de andar lejos, en una cruz de luz. “Y los políticos de gesto tránsfuga, los impertérritos, los siempre cómplices caerán patéticos en lo espasmódico, cuando lo enérgico les corte el tránsito”, canta esdrújulamente. La cárcel le achichona las ideas. Las magulladuras no lo amedrentan. Julio Cortázar, Jean Paul Sartre, gestan un barullo mundial. La dictadura lo libera. Se exilia en Buenos Aires. Botas y picanas lo acechan. Francia le abre los brazos. Un requiebro pestañea en Sol mayor: “De mañana va tejiendo los telares de la duda… hospitales que conocen la dulzura de sus manos, los dolores con mirarla ya se olvidan… Anaclara, tu locura compañera, tu locura de palomas casi halcones, tus pasiones, Anaclara…”

1985. Un escenario. Un poeta y un músico. Dos sillas. Luz de lectura. Micrófonos. Dos vasos de agua. La uruguaya bordona frota en el aire un sentimiento. Dos voces poetizan la jornada, enhebrando la ternura por el ojal de la guitarra. Dos hombres están ahí, resistiéndole al olvido, a la inequidad, a los que hunden sus garras en la desesperanza. Dos compañeros están lanzando el canto por la ventana de un libro, de un casete, de un teatro. Mario Benedetti lo convierte en metáfora de lucha, vida, dignidad.

Este lunes 30 de octubre, en un quirófano, los 78 años de su corazón se declaran en huelga por tiempo indeterminado. “Cuántos seres han cruzado por mi cuerpo, como flechas, cuántos seres han entrado por mis ojos y se han ido por mi olvido, cuántos son los que quedaron en la casa roja de mi corazón”, murmura tal vez Daniel Viglietti, antes de empinar un bienbec con el Chueco Maciel en un cantegril de Tacuarembó.

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