Vidas interiores de la tucumana Sylvina Bach

Poética propia y un modo discreto de evadirse de la realidad

05 Nov 2017
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LA CLAVE. El pasado gravita y mide el tono nostálgico de la autora, que rememora ayeres y sueños.

POESÍA

NIÑA DE HUMO

SYLVINA  BACH

(Ediciones en Danza - Buenos Aires) 

Niña de humo de Sylvina Bach (1975) está compuesto por tres partes -Acontecimientos, Palabras de agua y su inmejorable La princesa que dormía y otros cuentos-, las mismas articulan un espacio lírico donde la niebla del humo esconde lo que la autora alguna vez fue, o pensó querer ser. Así, el pasado gravita y mide el tono nostálgico de una voz que rememora ayeres para intercalarlos, a veces, a través de paisajes inventados: mundos soñados. Porque el yo lírico de Bach se encuentra sutilmente horadado por el tejido efímero de la invención. Escribe Bach en un verso, que bien podría oficiar de declaración de una poética propia: “Y el mundo llegó. / Y lo llené de mí.” Hay en esta poeta tucumana un modo discreto de evadirse de la realidad para refugiarse en sus mundos interiores. “Mirar una casa / y que la casa se convierta en barco. / Escapar navegando de estas desolaciones. / Emigrar / Morir / Olvidar que fui las que fui.” (Magia).

Acaso su mayor síntesis inventiva la encuentre en La princesa que dormía, el último tercio de Niña de humo. Allí, una fructífera operación de reescritura sobre cuentos populares infantiles como Pulgarcito, Blancanieves, Alicia, Rapunzel, entre otros, la llevan a Bach a dislocar el orden y sentido clásico del relato tradicional. Circunstancia que le permite desdoblarse ramificándose en infinidad de posibilidades, hallando, en consecuencia, una mayor fluidez tonal. Nuevas formas de representación que nos transportan y subliman.

© LA GACETA

Augusto Munaro

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