Intoxicados por el morbo II

27 Oct 2017

¿Qué más se quiere ver? ¿Cuál es el límite? ¿Hasta dónde llega el morbo? ¿En qué momento se toma conciencia de lo que representa viralizar el cadáver de un niño, o ponerle la camiseta de San Martín al -presunto- cuerpo de Santiago Maldonado, o multiplicar hasta el infinito el video de un legislador consumiendo drogas? ¿Cuál es la sensación que provoca el disponer de ese material? ¿Qué tipo de goce? ¿Tiene que ver con el poder? ¿Con lo sexual? Si Sigmund Freud fuera contemporáneo le faltaría tiempo para decodificar tantas pulsiones que afloran al ritmo de clicks y likes. Se perdió un best-seller: psiquis y redes sociales.

Las vidas ajenas servidas en bandeja representan el motor de las redes. Es el sueño de todo voyeur social: saber, finalmente, qué hacen los demás. Cuándo, cómo y con quién lo hacen. El porqué y el para qué son carne de conjeturas, la parte más sabrosa. Porque la cuestión no es sólo mirar, sino sacar conclusiones y juzgar. Midiendo con la vara propia, por supuesto. En ese juego subjetivo radica la más profunda de las miserias de la época y es uno de los pilares sobre los que se construyó el concepto de posverdad. Hay tantas interpretaciones como voyeurs, ciudadanos que dedican horas y horas a escudriñar en las redes sin advertir que están mirándose en un espejo.

A Facebook, Instagram y Twitter, esas películas en las que cada uno edita su vida, nadie sube crímenes ni pecados. Cientistas sociales afirman que la carga de mensajes positivos en las redes (fotos de una familia a pura sonrisa, de viajes, de vida social) es inversamente proporcional a la realidad del usuario. Cuanto mayor sea la infelicidad puertas adentro, más intenso será el esfuerzo por transmitir lo contrario. Desde este concepto se entiende el regodeo que provoca ser testigos de los errores y del sufrimiento ajeno. El ciudadano juez puede liberar todos sus demonios condenando al prójimo sin detenerse a considerar la hipocresía de sus actos. Un regalo del cielo.

Las redes cayeron como un maná para quienes chapotean en el lodo de la política. Antes, para armar una operación era imprescindible contar con cierta prensa venal -que no ha dejado de existir y el universo digital lo demuestra-. Ahora sale gratis y es mucho más efectivo desatar el whatsapp. Sólo es cuestión de sentarse a esperar y ¡boom! El video que involucra al legislador Gassenbauer no fue el primero ni será el último de esta naturaleza, al menos hasta que se edifiquen marcos legales similares a los que protegen la intimidad de las personas en otros ámbitos. La opinión pública ya lo condenó, sin importar si las imágenes son nuevas o viejas, si es un consumidor esporádico o un adicto. Y mucho menos cuenta lo que él pueda decir. Al contrario.

Siempre estará el grupo de quienes actúan de buena fe. Los que cuando reciben una advertencia sobre algún modus operandi delictivo la viralizan “por las dudas” (por más que el propio mensaje explique que los casos suceden en otros países). O quienes creen que reenviando imágenes que violan toda clase de derechos están contribuyendo al bien común porque “la gente tiene que saber”. ¿Qué tiene que saber “la gente”? ¿Cuál fue el grado de mutilación que sufrieron dos niños al cabo de un doble filicidio? ¿Cómo luce el -presunto- cadáver de Santiago Maldonado? ¿Qué está haciendo un legislador en la intimidad? De vuelta la pregunta del comienzo: ¿cuál es el límite? ¿Hay algo, a esta altura de la historia, que no estemos dispuestos a ver?

Vale marcar una diferencia: el caso del Colegio Pablo Apóstol es diferente. Lo que trascendió en las redes fue el fragmento de una clase y lo que ocurre en un aula no es secreto ni privado. A partir de los conceptos de la docente, que enseñaba a sus alumnos que la homosexualidad es una enfermedad, y el debate generado surgen algunas consideraciones. Es cierto que cualquiera es dueño de opinar lo que se le cante y también que los colegios bajan determinadas líneas, que es lo que mueve a los padres a elegirlos para que allí se formen sus hijos. Lo que no se puede hacer es violar la Ley de Educación Sexual Integral y eso hizo la profesora con sus comentarios homofóbicos y discriminatorios. Por eso 36 agrupaciones adhirieron a la presentación realizada por Andhes ante el Inadi y el Ministerio de Educación. Solicitan que se investigue el caso, ante el riesgo de que se licúe y todo quede en la nada. A propósito, sorprendió la tibia -por no decir inexistente- reacción del Ministerio de Educación ante la gravedad del hecho. Se limitó a emitir un comunicado que sonó a lavado de manos. Llamativo.

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