La modista de siempre no se rinde; está reconvirtiéndose

22 Oct 2017 Por Lucía Lozano

Alfileres, tijera, un centímetro y un par de agujas. Sólo eso les bastaba para cortar y coser a la perfección, para hacer los arreglos más difíciles. Ellas, las modistas, tradicionalmente se ganaron un lugar en cada barrio. Hoy, sin embargo, esa figura ha ido disminuyendo su presencia. No significa que el oficio esté en vías de extinción. Todo lo contrario: se está reconvirtiendo. Y cada vez son más las jóvenes que eligen dedicarse profesionalmente a la costura. Lo hacen con más información y preparación, quieren ser capaces no sólo de ceñir un género a una silueta o de coser un ruedo, sino de plasmar nuevos estilos e imprimir personalidad a cada prenda que elaboran o refaccionan.

De hilos, agujas y botones ella no sabía nada. Micaela Guevara (28) llegó a Tucumán hace 10 años. Vivía en Buenos Aires, pero vacacionaba en el norte del país cada verano porque sus padres son oriundos del “Jardín de la República”. Ella soñaba con mudarse cuando alcanzara la mayoría de edad. Y pudo hacer realidad su anhelo. “Me vine a vivir a la casa de unos familiares y empecé a estudiar Abogacía. Un día necesitaba coserme un ruedo y mi tío, que tenía una vieja máquina de coser, me enseñó a hacer un simple dobladillo”, relata.

Lo suyo con esa máquina de coser fue amor a primera vista, reconoce Micaela. Empezó a usarla casi todos los días, a crear cosas. Pronto le empezaron a llover trabajos: desde colocar cierres hasta arreglar cualquier prenda. Entonces se inscribió en cursos y de a poco fue dejando de lado los libros que hablaban de leyes para aprender las técnicas avanzadas de costura.

Micaela está orgullosa del taller que montó en su casa de México al 3.900. Allí tiene cuatro máquinas, dos caseras y dos industriales para coser y surfilar. En ese espacio, todo el año dicta talleres de costura (con cinco alumnos por curso) y ya abrió el primer local con diseños propios. Su marca se llama “Menta”: una colección de prendas urbanas y de fiesta. “Mi helado favorito es el de menta granizada. Mi novio me dice que debo ser la única persona en el mundo a la que le gusta ese sabor, así que decidí usar el nombre para mi emprendimiento”, confiesa la modista que ya casi no hace “arreglos” y se dedica más que nada a los vestidos de fiesta.

Cuenta Micaela que esta rama de la costura es el “gran refugio” de la mayoría de las modistas en la actualidad. “Los tucumanos son muy fiesteros. A las mujeres les gusta que el vestido les quede a la perfección y que no haya dos iguales”, explica, mientras corta los moldes de una prenda que le encargon desde Buenos Aires y que debe enviar en dos días. Antes había hecho un dibujo en su cuaderno y elegido cuidadosamente las telas.

En la sangre

Su madre, que era modista, le enseñó a coser. Su abuela también abrazó el oficio. Puede afirmarse que Natalia Michel lo lleva en la sangre. Empezó desde muy chiquita haciéndoles modelitos a las muñecas. De grande supo que eso quería para su vida. Estudió en la Facultad de Artes y después se perfeccionó en diseño de indumentaria para crear sus propias colecciones, las que ella misma cose porque asegura que es “muy detallista”.

Tiene 33 años y en su casa de Tafí Viejo atesora un taller donde pasa las horas pensando prendas, cortando, hilvanando y cosiendo. También aplica sus conocimientos en arte imprimiéndole a la ropa dibujos pintados a mano o usando técnicas de serigrafía o sublimación.

“En los últimos años se ha revalorizado el trabajo de la costurera. Porque cada vez cobra más sentido la historia de cómo se ha hecho una prenda. Las personas buscan algo único y original”, explica.

Hasta hace poco también se dedicaba a refaccionar viejas prendas. “Es algo que busca mucho la gente ahora. Por un lado, la ropa está muy cara. Por el otro está la moda retro, todo vuelve”, cuenta Natalia, que ya tiene su propia marca.

La del barrio

En un rincón en el comedor de su casa, en Villa Alem, Leonor Tejerina (61) se sienta temprano frente a la máquina de coser y empieza a armar el disfraz que debe entregar en pocas horas. Rodeadas de agujas y tijeras, en ese espacio pasó la mayor parte de su vida. “Gracias a esto crié a mis tres hijos”, destaca. Repasa sus años de costurera y afirma que hoy está resurgiendo con mucha fuerza un oficio que hace unos años parecía en riesgo de extinción, cuando la ropa se conseguía a precios muy baratos y la gente en vez de arreglar tiraba todo y compraba lo nuevo.

A pesar de que varias veces se dijo que a las costureras les quedaba poco hilo en el carretel, Leonor sostiene que nada es más errado. ¿Qué otras cuestiones favorecieron a las modistas en estos años? “Las mujeres no tienen tiempo ni para coser un ruedo. Y algunas ni saben hacerlo, porque antes en la escuela enseñaban este tipo de manualidades y ya no lo hacen más”, explica. Tejerina cuenta que siempre “agarra viaje” con cualquier pedido: desde poner cierres a pantalones hasta hacer vestidos de novia o modernizar aquellas viejas prendas que pasan años colgadas en el placard, como por ejemplo los sacos cruzados que tranforma en rectos.

Coinciden con ella José Luis Albornoz (52) y Elizabeth Alderetes (49). Hace 12 años abrieron un local en el medio de la Galería del Sol (Córdoba al 600) con la idea de diseñar indumentaria. Sin embargo, los pedidos de arreglos de ropa no tardaron en llegar. Hoy se dedican más que nada a eso. “Creo que la situación económica y el encarecimiento de la ropa llevan a que la gente piense mucho antes de deshacerse de una prenda. Nos piden muchas refacciones. También nos solicitan que hagamos ropa a medida”, cuenta José Luis, quien aprendió a coser desde chico porque su tío hacía bordados y él lo ayudaba. La gente se sorprende al ver un hombre detrás de la máquina de coser y a él le encanta su trabajo.

Muchas horas de trabajo. Mucho sacrificio. Prolijidad, sobre todas las cosas. Originalidad. Estar disponibles para probar prendas, una y otra vez. Levantar la autoestima de una persona. Estas, entre otras, son las varias caras de un oficio muy duro, según las amantes de la aguja y el dedal. Pero ninguna de ellas se arrepiente: “no somos, para nada, la costurerita que dio el mal paso”, coinciden.

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