Literatura y salud

“Lo primero es no dañar”, afirma una máxima hipocrática que bien podría ser también el comienzo de un poema. De acuerdo con este principio, las manos del médico ensayarían, desde la experiencia y la memoria, la curación de una desarmonía. La naturaleza agredida por la enfermedad que brota de ella misma experimenta otra forma de intervención que la recompone y la salva en el mejor de los casos.

08 Oct 2017

Por Denise León - Para LA GACETA - Tucumán

No todos los enfermos tratados se curan. Algunos se curan sin médico. Todo esto es cierto. Pero tocar, herir, sanar – ese cuerpo “puesto en manos del médico”- son verbos que van diseñando el paisaje lingüístico en el que se mueven médicos y pacientes.

Un célebre cirujano francés escribió hace más de medio siglo que “la salud es la vida en silencio de los órganos”. Y antes y después que él, diversos poetas y filósofos retomaron esta relación entre silencio y salud probablemente para señalar que no hay ciencia de la salud. Si estamos sanos, no pensamos demasiado en el asunto. Probablemente de esta sensación provenga la expresión “sano y salvo”. Pero la salud no es solamente la vida en silencio de los órganos, pienso que también implica otro tipo de silencio que tiene que ver con el modo en el que nos vinculamos con los otros. Las personas sanas se adaptan silenciosamente a sus tareas, van al trabajo, levantan edificios, dan de comer. Por algún motivo las imaginamos bajo la luz del sol, en movimiento perpetuo, casi una perfecta coreografía grupal. El enfermo, en cambio, hace ruido, pide ayuda, atrae la atención, es dependiente. Quizás por eso Virginia Woolf imaginaba la enfermedad como una especie de deserción, de exilio. Toda enfermedad, toda herida, es una transgresión de las fronteras del espacio corporal, más o menos dolorosa y más o menos profunda, que “abre” el espacio clausurado del cuerpo e inaugura distintos modos de lidiar con sus posibilidades y sus límites.

La mayoría de los cuerpos heridos o enfermos, innumerables y vulnerados en las más variadas formas posibles, no llegan a trascender, como individuos, al espacio social en el que viven. Sin embargo, algunos de ellos – a rastras con su dolor, su enfermedad y su impotencia- son asediados por la palabra, ingresan a la literatura y se vuelven objetos de una construcción cultural que los va transformando en poemas, representaciones simbólicas, palabra viva. La literatura tiene oído absoluto: escucha en distintos tonos que nada de lo que está vivo ha llegado de verdad a completarse. Es una idea que no cesa de volver entre las páginas. Uno de los últimos textos de Scott Fitzgerald, La fisura, comienza con una afirmación muy conocida, citada incluso para dar cuenta de la trayectoria vital del propio Fitzgerald : “Toda vida es, desde luego, un proceso de demolición”. Pero un poco después, el autor agrega: “La marca de una inteligencia de primer plano es su capacidad para concentrarse en dos ideas contradictorias sin perder la posibilidad de funcionar. Por ejemplo, deberíamos poder comprender que las cosas carecen de esperanza; y no obstante estar resueltos a cambiarlas”.

© LA GACETA

Denise León - Doctora en Letras, investigadora del Conicet.

comentarios