El prejuicio, tan viejo como la humanidad

Es, por lo general, la opinión previa y desfavorable acerca de algo o de una persona. ¿Existe alguien que no sea prejuicioso?

12 Sep 2017
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Mirada que sospecha. Imagina. Calcula. Conjetura. Lengua bífida. Ponzoña que ejercita argumentos sin fundamentos. Se defiende por si acaso. Mirada que teme a negros, tuertos, rengos, mancos, homosexuales, zurdos, enanos, turcos, lesbianas, judíos, trans… Democratiza el veneno. Arrincona la inocencia. Guadaña impiadosa. Mirada que inventa. Fantasea. Discrimina. Que no afloja ante la evidencia. Sí, pero... Miedo tartamudo que se agita en pesadillas. Se esconde bajo la pollera de la intuición. El pensamiento único lo estimula. El “por algo será” también. Cuando la paja siempre está en el ojo ajeno, es porque está vivita y coleando en el propio. ¿Para que haya juicio debe haber prejuicio? “Prefiero ser un hombre de paradojas que un hombre de prejuicios”, ha dicho el finado Jean-Jacques Rousseau. El que esté libre de prejuicios que tire la primera paradoja.

Es muy antiguo. Tiene la edad del ser humano. Forma parte de su idiosincrasia. Muchas veces está atenuado por la educación, pero dependerá de los contenidos haya recibido. Se lo define como opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Pero también los hay raciales. ¿Cómo nace un prejuicio? ¿Para qué sirve? ¿Hay prejuicios positivos? ¿Tienen que ver con la ignorancia? ¿Existen personas que no sean prejuiciosas? ¿Son una buena herramienta para descalificar a los otros? ¿Qué haríamos los argentinos sin los prejuicios? “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, decía Einstein. ¿Será así?

> Chance de cambiar

Alba López de Núñez

Pedagoga

Experimento un rechazo cuando el prejuicio se refiere a un tema religioso -“él no es religioso pero es un buen profesional”- o a un tema racial, señalando que a tal raza pertenecen seres intelectualmente más valiosos. Los hay de índole político o ideológico: “es un zurdito y no ofrece garantía”. Es decir que el prejuicio genera estereotipos que mueven a un mal mayor, cual es la discriminación y las miradas distorsionadas de una realidad, no obstante que quien se hace poseedor de alguno de ellos cree ser el dueño de la verdad. La mamá de la Mafalda sostiene: “no es que yo no quiera a los obreros, pero sería mejor que fuera abogado”, al referirse a un posible novio de Mafalda. Somos prejuiciosos, opinamos con mucha soltura, muchas veces sin tener fundamentos. En la medida de poder contar con observadores que nos ayuden a detectar la gravedad de las distintas situaciones prejuiciosas, hay chance de cambiar porque si existe la posibilidad del cambio que es sinónimo de crecimiento.

> No es racional

Norah Scarpa

Escritora

Sin duda, en la Humanidad, habría sociedades más justas sin prejuicios. El pre-juicio no es racional, responde a sentimientos de disvalor, conveniencia, supervivencia. Dada la diversidad inmigratoria en nuestro país, heredamos una multiplicidad de prejuicios. La historia los registra desde sus comienzos en la palabra de nuestros próceres, Rivadavia entre ellos, quien sostenía que “dar un paso más allá de la Plaza Miserere le causaba irreprimibles náuseas”. Más allá estaban los “trece ranchos”. El mismo Sarmiento, que despreciaba a los pueblos originarios, a consecuencia de la Ley de Inmigración de 1876 esperaba que la nación se poblara de hijos de la Rubia Albión. Y vinieron los italianos. Se prejuzga con una aspiración de superioridad sobre el que se considera inferior y que resulta segregado. Prejuicios socioeconómicos y políticos se conjugan hacia un sector de la población argentina; se puede decir que se estigmatiza desde su origen con la expresión “las patas en la fuente”. Los pueblos chicos son un semillero de prejuicios, particularmente xenófobos. En mis recuerdos pueblerinos más lejanos los niños repetían “el que escupe es judío”, “gallego bruto” y peyorativamente se llamaba turcos a los árabes. En una ocasión fue expulsada una comunidad gitana por denuncia de robo de gallinas, despedida con el llanto de los niños. Cierto o no, los gitanos marcharon con sus cabras, su mono y su burrito, que brindaban a los chicos un espectáculo circense por diez centavos. Prejuzgar ocasiona innumerables víctimas. En la historia humana fue causa de discriminación, exclusión, persecuciones, explotación del hombre por el hombre, esclavitud y muerte.

> Vivir y dejar vivir

Gabriel Senanes

Músico-Médico-periodista

Parece improductivo analizar prejuicios sin considerar su momento histórico o como si no tuvieran su propia evolución, tanto en la esfera personal como en la colectiva. Los valores y preconceptos de cada individuo expresan su relación con el ideario de otros individuos de una sociedad en una época de esa sociedad, y con los diferentes grados de censura y represión de cada cultura y civilización. Por otro lado, la palabra “prejuicios” engloba cuestiones de muy diferente importancia, incidencia y calibre. A esta altura del partido y la legislación, los prejuicios raciales son simplemente ideologías y conductas delictivas, como lo son las “propuestas” y acciones contra el ejercicio pleno de derechos igualitarios en lo legal, cultural, económico y social (por caso, los cruzados anti “negros de cabeza” y los xenófobos). En lo religioso, persiguen acotar la libertad de creyentes y no creyentes, y los derechos de las minorías, por el solo hecho de serlas. Los límites políticos de la democracia dejan hoy fuera de la ley al nazismo y al fascismo. Pero acá no hay prejuicio, sino experiencia: las masacres y destrucción perpetradas por estas ideologías asesinas. En el arte, los prejuicios son más inocuos: el sujeto se priva de conocer y disfrutar obras porque le resultan novedosas y requieren entonces algún trabajo de frecuentación y compresión. O sea, lo dejan sin saber lo que se pierde. Y con respecto a las llamadas preferencias y orientaciones sexuales, pues bueno, ¡viva el sexo si hay mutuo consentimiento y placer conjunto! O sea, vivir y dejar vivir.

¡Vaya sorpresa!

Mercedes Chenaut

Escritora

Cierta vez, me ocurrió un prejuicio hecho hombre. Era dueño de una flacura filosa, agresiva como su ideología. Una tía muy querida me comunicó que el sujeto pretendía que yo leyera sus Memorias. Mi alma (mis prejuicios) lanzó un noooooo largo, y me tapé los ojos del alma para no ver ni el reflejo de lo que se me proponía. Pero el cariño por la prima de mi padre pudo más y acudí a la cita. El hombre se adelantó anhelante y, casi sin saludarme, lanzó: “Vos sos pacifista, ¿verdad?”. Yo saqué de mi valijita de ironías un: “Ay, qué buen rótulo. Lo voy a usar a partir de hoy”. Él, entonces, abrió su campera y me mostró un arsenal: cuchillos, cortaplumas, algo que podía ser una pistola o un pequeño revólver.... Mi fantasía agrega el recuerdo de una granada. Ante semejante acto de exhibicionismo quise salir corriendo pero opté por una amnesia parcial. Sólo rememoro que cuando estuve fuera de la casa, después de almorzar no sé qué manjares y de hablar no importa qué cosas con el resto de los concurrentes, llevaba conmigo un volumen de fotocopias anilladas. Una tarde, casi con asco, abrí el cuaderno. ¡Vaya sorpresa! Una prosa agradable que narraba historias atravesadas por algo cercano a la ternura, me retuvieron en un feliz acto lector. Mis infinitos átomos de prejuicios se desintegraron. Ahora sé que la belleza se abre paso por los canales más inesperados. Sí, Einstein tenía razón. Como en casi todo.

Esclavos de la mente

Anselmo Lago

Músico-docente

Desde mi experiencia humana, puedo decir que el miedo es la madre del prejuicio. Nuestra mente, cuando siente temor de perder su poder e influencia, crea ideas distorsionadas que las proyecta en el medioambiente con tanta fuerza y determinación que logra instalar como verdad absoluta el más incoherente error. Un ejemplo claro es el prejuicio que tenemos de creer que el que ejerce poder es poderoso. Citando la metáfora del elefante, podemos decir que, a lo largo de nuestra vida, crecemos con una cadena en el pie atada a una estaca adherida al suelo. Al igual que a los elefantes pequeños de circo, nos imponen limitaciones y prejuicios que debemos asumir. A medida que crecemos convencidos que no podemos arrancar la estaca, certificamos que esas limitaciones y esos miedos deben respetarse. Les tememos a los dioses, a la justicia, a la “moral”, entre otras. Al ser grandes, veneramos esas falsas creencias y las asumimos como parte de “lo que debe ser” y además repetimos a las nuevas generaciones esos discursos que nos inculcaron y nos condicionan. A pesar de nuestro gran tamaño, que podría hacer volar la estaca sin ningún tipo de esfuerzo, seguimos reafirmando que no podemos liberarnos. Es decir, los miedos nos condicionan en todos los aspectos de nuestra vida y nos hacen esclavos de nuestra mente. Lo insólito de ésta cuestión, es que una idea instalada por la violencia física y /o psíquica condiciona nuestra conciencia y genera un gran vademécum de prejuicios insostenibles. En esto radica el gran sufrimiento de la humanidad.

- PUNTOS DE VISTA

> "Los cosos de al lao" 

JESÚS ALBERTO ZEBALLOS

Doctor en Filosofía

El prejuicio se asienta en el temor, la emoción más antigua, que, según los paleontólogos, aparece con el sistema límbico de los saurios y se manifiesta en una lógica bivalente: lo devoro o me devora. El temor, imbricado en este sistema neuronal, pervive en nuestra filogenia. En términos llanos, estoy diciendo que todos somos prejuiciosos, porque todos albergamos en nuestra naturaleza el germen del temor.

Los grupos humanos, desde las tribus primitivas hasta nuestras sociedades estatales o globalizadas, se fueron formando asociados por el temor. A tal punto que la exclusión o el exilio eran equivalentes a una sentencia de muerte real. Al mismo tiempo, se fueron gestando costumbres hábitos, ideas y creencias, canonizadas en códigos morales (mos-ris = costumbre) que aseguraban la convivencia. Quienes no participaran de estas costumbres, cristalizadas en hábitos y creencias, fueron y son considerados diferentes y una potencial amenaza.

Ahora bien, toda creencia que me separe o me haga sentir de una condición humana distinta a la de otro ser humano es un prejuicio. En este sentido, la historia de la civilización occidental es una secuencia ininterrumpida de acciones prejuiciosas y terribles. El prejuicio argentino por excelencia está claramente expresado en el tango “Los cosos de al lao”. Obviamente “cosa” no es lo mismo que “coso”. El lunfardo “coso” le da un carácter personal al término “cosa”, pero al mismo tiempo, cosifica a la persona, des-humaniza, “ningunea”. Es como una variable individual “x”, que oscila entre el ser y la nada, sin tener predicado alguno que la determine. ¿Quién o qué es? No interesa.

Contra el prejuicio existe un único antídoto: la razón. Una vida no examinada objetiva y desapasionadamente no podrá exhumar sus recónditos prejuicios. El mayor esplendor racional se alcanza en el diálogo “inter pares”. Este nivel de razonabilidad no ha sido aún alcanzado por la humanidad. Es la aspiración expresada en los versos de Schiller, que Beethoven musicalizó en el cuarto movimiento de su novena sinfonía: “Cuando todos los hombres lleguen a ser hermanos”.

Mientras tanto, aun a costas de un permanente análisis de nuestras creencias, es muy difícil liberarse de un prejuicio generalizado: creer que no tenemos prejuicios.


> Actitud crítica y curiosidad

MARTA GEREZ AMBERTíN

Posdoctora en Psicoanálisis

Un “prejuicio” es un postulado cuyo portador jamás le aplica la crítica y nunca lo contrasta con la realidad o la evidencia. Recibido de otros o producido por sí mismo, lo considera una “verdad” que no necesita demostración. Incluso lo sostiene cuando entra en contradicción con otros principios que rigen su vida. Se propone amar al prójimo, pero siente horror por los judíos, los negros o los indios. La mayoría de las veces es tiempo perdido argumentar con el prejuicioso, pues, aunque resulte muy fácil vencerlo, estará vencido pero no convencido. En ciertos temas ha decidido impedir la entrada a la razón a toda costa (“es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, decía Einstein).

¿Qué se agita en ese magma de ignorancia, error, odios inconfesables, cuando no llana estupidez? El miedo y la necesidad de ser aceptado. El miedo al otro, al diferente, lo que se conjuga con la necesidad de ser aceptado por el amorfo conjunto que experimenta lo mismo y que acata o arma prejuicios para vencer sus miedos. Obvio que obedecer la vox populi (que casi nunca es la vox Dei) es sumamente tranquilizador y otorga la sensación de armonía con el mundo; es decir, proporciona una pseudo felicidad a costa de ser imbéciles.

¿Hay remedio? Dos a la mano. El más importante: sostener una actitud crítica ante todo lo que se piensa y dice; la otra: ejercer la curiosidad (que en esto adquiere casi una dimensión moral), imaginar los amores, los miedos terribles, la ira, las frustraciones, las ilusiones y esperanzas, incluso los prejuicios de los otros (encontraríamos que son los mismos que los nuestros). Sobre duda y curiosidad (que en este caso, implican lo mismo) se ha sostenido siempre el Humanismo (a sabiendas de que para enfrentar los prejuicios uno debe ser lo bastante fuerte como para resistirlos o lo bastante hábil como para escapar de su persecución). El Humanismo es esa tenaz oposición al prejuicio de que “la verdad es una y el error es múltiple”. Y el Psicoanálisis, fruto suyo, le ha aportado interrogar al sujeto desde el sujeto mismo -he allí toda su fuerza y toda su promesa-, lo interroga en su cuerpo, en los pliegues de su deseo y la agonía de sus goces, apuntando a desembarazar de prejuicios nuestros discursos y nuestros actos, nuestro corazón y nuestros placeres. Es todo lo que puede hacer. Y no es poco.

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