El “Pigu” Romero cuenta su historia, la que pocos conocen

El golfista dice que decidió cambiar para no repetir sus errores.

10 Sep 2017

La gigantografía de un Andrés Romero joven, semejante al de los primeros años de su carrera profesional, decora uno de los laterales de una consola arcade de videojuegos que yace estacionada en la cochera de la casa de Yerba Buena. “Del otro lado está Tiger (Woods), pero la foto no está muy buena ya”. El jueguito en sí es una ironía visual: refleja el lujo del pasado y un presente de imágenes de difusas de quienes fueron profetas con su golf hasta que por cuestiones ajenas al deporte casi que desaparecen del mapa. “Yo perdí la habilidad”, asegura “Pigu”.

El “Piji” de 36 años, el que lleva más de 18 viajando alrededor del mundo y piensa hacerlo por 12 más; el que prácticamente no pudo ver crecer a su hija Sofía (8); el que hasta no hace mucho sintió que lo mejor era colgar los palos, hoy es un “Pigu” totalmente distinto al desfachatado que lo ganó todo, pero sin llegar a ser el profesional que debió ser, acepta. Simplemente, porque todo le resultaba demasiado fácil. Como la tabla del uno.

“Antes y después de sumarme al PGA Tour yo era de dejar los palos y no hacer nada. Iba a comer un asado, a tomar una cerveza pero nada por mi trabajo. Tenía tanta habilidad que no practicaba. Sabía que me paraba en el tee de salida y la pelota iba a hacia donde yo quería. Pero perdí la habilidad y si te ponés a ver, hay muchos jugadores que también perdieron el ‘toque’, pero por darle demasiada bolilla a lo que venían haciendo mal. Yo, por todo lo contrario”, le confiesa a LG Deportiva el hombre que acepta haber dado para bien un giro de 180 grados. Cambió el hombre y también el profesional. Maduró, según reconoce.


Por eso Andrés ganó en junio pasado en Alemania, por el European Tour. En Munich renació. Borró el pasado. “Llegué a un punto en el que toqué fondo. Pasé de imaginarme ganador a intentar pasar un corte clasificatorio. Y ya después, ni eso conseguía”, reconoce el reciente dueño del BMW Internacional Open. Fue justo después del US Open, donde no anduvo bien pero al menos encontró la motivación para hacer valer una invitación que lo volvió a meter entre los 200 mejores golfistas del mundo, además de otorgarle la membresía en el mejor circuito del Viejo Continente. “Si bien los resultados no se habían dado hasta antes de Alemania, en esos días del US Open (clasificarse fue todo un mérito para él) jugué el mejor golf de mi vida”, dice.

El golpe imperfecto

Hubo un arrebato de ira que lo cambió todo. Acorralado mentalmente por un mal cierre en Washington, “Pigu” se jugaba sobre septiembre de 2015 una de sus últimas fichas por mantenerse dentro del PGA Tour en el Barracuda Open, finalmente su cruz. Enojado por una serie de desaciertos, le apuntó al cartel de salida del hoyo 15, le pegó una trompada y se lesionó. “Le pegué tan bien que me quebré la mano (derecha). Ojalá le hubiese dado despacito”, recuerda aquella fractura que lo marginó durante seis semanas de la actividad y también de sus chances de salvar la membresía.

Cayó al Web.com Tour. Nunca se encontró. “Me aburría. Si no empezaba bajando, directamente me quería ir. Miraba hacia otro lado”, cuenta lo que para él fue convertirse en un alma en pena del golf.

Las pausas obligadas en su agenda deportiva le abrieron un océano de dudas. “Empecé a pegar tan mal que miré todo desde un lugar en el que jamás lo había hecho. Los asados siempre van a estar pero cuando correspondan. Y hoy puedo decir que practico como nunca antes”, se regocija el mismo Romero que años atrás hubiera suspendido su rutina del gym con tal de irse por ahí.

El profesional

“Pigu” aclara no haberse sentido nunca un irresponsable. “Esto no se trata de ‘joda’ o no. Fue un error mío pensar que podía ser como al principio, cuando todo me salía fácil”, explica, y sigue. “Decidí cambiar las formas. Al no tener mucho tiempo disponible Rubén (Llanes, su ex coach), volví a entrenarme con Mariano Bartolomé. Con él, di en la tecla. Me hizo recordar cómo pegaba yo a los 17 años. Era la época en que me paraba sin importarme la gente que iba a la orilla. Lo único que sabía era que mi swing no me iba a fallar. Hoy me siento así. Pleno, je”.

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