Pequeño Cottolengo Don Orione: hace 75 años caía la semilla orionita en tierra tucumana

La institución celebra su aniversario y anuncia más obras, para las que requiere donaciones. El director rescató la historia desde su origen.

08 Sep 2017

Recién bañada y perfumada, Julita anda coqueta por la caminería del parque que rodea el Pequeño Cottolengo Don Orione. En su cuello reluce una medalla olímpica. Sonríe. “Me la gané en el torneo”, dice elevando el galardón con el pulgar. “No me la saco ni para dormir”, confiesa. A su alrededor se arremolinan Sofía, Silvia y Liliana, con medallas similares. “Soy cantora del coro, pinto en el taller de arte y mañana nos vamos de campamento”, cuenta Julia emocionada.

En el Pequeño Cottolengo Don Orione no hay lugar para el aburrimiento. Los 95 residentes (sólo 23 son hombres porque hasta 2000 eran todas mujeres) tienen talleres todos los días: pintura, bordado, alfabetización y actividades para la vida (AVD) en los que aprenden tareas sencillas para lograr su autonomía, tales como atarse los cordones, servir la mesa, peinarse, lavarse los dientes, etcétera. Además, cuentan con las siete hectáreas de parque para disfrutar del sol y de un paseo, aunque estén en sillas de ruedas. Un equipo de profesionales, enfermeras las 24 horas y auxiliares (90 en total) están pendientes de sus necesidades. Muchos residentes son ancianos, todos sufren discapacidad severa y no cuentan con recursos ni con familia.

Hoy se cumplen 75 años desde que monseñor Agustín Barrere puso la piedra fundamental del edificio del Pequeño Cottolengo, día en que también se celebra la Natividad de la Virgen María. La institución abrió al año y medio, en 1944. La historia de la institución fue rescatada por el padre Aníbal Manuel Quevedo, un chaqueño que hace nueve años vive en Tucumán y hace cinco que dirige la obra. Una de sus fuentes principales fue el archivo de LA GACETA. Así escribió “La buena semilla de Don Orione llegó a Tucumán”, todavía en imprenta.

En las siete hectáreas donadas por Evaristo Etchecopar se construyeron tres grandes obras: el hogar, la parroquia y el colegio Don Orione, que hoy cuenta con 1.250 alumnos.

Un poco de la historia

“La Providencia de Dios va guiando las cosas para que la obra de Don Orione se haga presente en Tucumán. No era fácil de lograrlo, sobre todo desde tan lejos, de Buenos Aires. Don Orione era italiano y la obra no se conocía en Tucumán. Pero ocurrió que monseñor Barrere había tenido contacto con el sacerdote, que ya desde entonces tenía fama de santidad. En 1935 se publica una nota en el diario que da cuenta de que monseñor Barrere asistió a una charla ofrecida por Don Orione en Buenos Aires”, explica el padre Quevedo.

Otros documentos también dan cuenta de que monseñor Barrere bendijo aulas en un colegio orionita en Mar del Plata. “Después de que Don Orione muere, en el 40, monseñor Barrere le escribe una carta al sucesor, don Carlos Sterpi, en la que le cuenta que tuvo la dicha de conocer a Don Orione y de haber conversado con él en Roma. Revela que le ofreció dos parroquias en la diócesis de Tucumán y que él le respondió que aceptaba gustoso una”, cuenta el padre. Aquella donación no se concreta, pero surge otra posibilidad: Etchecopar, cuñado de Juan B. Terán, decide donar un terreno a la obra de Don Orione. Ofrece uno de Villa Urquiza donde ya estaban la cárcel y el hospital Avellaneda, que era para pacientes tuberculosos.

Es así como se inauguran dos hogares, uno lleva el nombre de Sofía Avellaneda, la esposa de Etchecopar, y otro el de él. Los restos están sepultados al costado de la gruta del Pequeño Cottolengo. De un lado se encuentra el sacerdote Juan Siviero, y del otro el matrimonio.

Siguen las obras

La nueva obra del Cottolengo, el centro de día, donde funcionarán los talleres, será inaugurada el 12 de marzo del año próximo, aniversario del fallecimiento de Don Orione. Los recursos se obtienen de las maratones anuales y de donaciones (en este momento se necesita cemento). El broche de oro será la inauguración de un aula multisensorial de última generación para la estimulación de los residentes. También habrá un espacio para las personas con discapacidad de la comunidad. ¿Cómo se logrará tamaña obra? Nadie lo sabe. Como decía Don Orione: “ellos viven en la Providencia, mueren en la Providencia. Son sencillos y su vida es locura para el mundo, ¡pero ante Dios, son sabios!”

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