Iconografía bizantina: el arte que se convierte en oración

05 Sep 2017
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EN PLENA TAREA, PINCEL EN MANO. Alejandra Ponce y Margarita Bru trabajan en las imágenes. Al medio, la profesora Martita Quintana de Casanova las va guiando, mientras sigue con su propio trabajo. Trabajan en absoluto silencio durante horas. LA GACETA / FOTOS DE ANTONIO FERRONI.-

MAÑANA A LAS 20

• Las alumnas del taller San Agustín expondrán sus obras en el Museo de Arte Sacro (Congreso primera cuadra).

Ellas no se sienten pintoras, sino “escritoras” de íconos, y su minuciosa tarea funciona como un vehículo de elevación espiritual. El taller funciona en Yerba Buena y sus integrantes se entregan a la reproducción de las clásicas figuras que en el pasado se consideraban -en sí mismas- una revelación de lo sagrado. Hoy el significado casi no ha cambiado.

San Lucas es el nombre de un taller de arte en el que no hay artistas que pintan cuadros, sino fieles que “escriben” íconos para encontrarse con el Señor. Una vela blanca ilumina el pequeño local rodeado de cuadros con los rostros de la Virgen y el Niño, la Santísima Trinidad y los ángeles. Tres mujeres hacen una pequeña oración y se entregan de cuerpo y alma a reproducir los cánones antiguos, sumidas en completo silencio. Durante cuatro horas los pinceles van y vienen sin crear nada nuevo, sin inventar nuevas figuras ni pintar con nuevos colores. Copian de las páginas de los libros de iconografía bizantina las antiguas imágenes religiosas con las que los primeros cristianos difundían el mensaje de la Palabra de Dios.

En silencio, pintan y tratan de internalizar las imágenes, en estado de contemplación. “No somos artistas, somos meras escritoras de íconos que pretendemos en algún momento ser iconógrafas del Señor”, explica Martita Quintana de Casanova, artista plástica y directora de un taller de iconografía bizantina en Yerba Buena.


“Trabajamos sobre una tabla (porcelanato) que representa la Cruz de Cristo y, a la vez, nuestra propia cruz. Primero entelamos la tabla, luego le colocamos hasta 12 capas (por los 12 apóstoles) de un preparado especial. Y la lijamos hasta dejarla muy suave. Es un trabajo en el que apelamos a las virtudes de la paciencia y la obediencia”, explican.

Alejandra Ponce tiene en sus manos un cuadro que representa a Jesús caminado por las aguas. Sólo el mar, con sus diversos colores, le llevó un año reproducir hasta quedar igual al del cánon que tiene como modelo. “No podemos poner cualquier color. El rojo significa la sangre del sacrificio, así como el amor. A diferencia del blanco que simboliza lo intangible, el rojo es un color netamente humano; representa por lo tanto, la plenitud de la vida terrenal. El azul hace alusión a la humanidad y el dorado a la luz eterna”.

“La tabla (porcelanato) sobre la que se pinta es a la vez altar. Es una conjunción de tabla, altar y cuerpo humano. Juntos vibramos y allí plasmamos el rostro del Señor y de la Virgen -dice Martita-. El primero en hacer estas figuras fue San Lucas, que conoció el verdadero rostro de la Virgen. A partir de allí se fueron replicando los íconos de generación en general”.


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En la antigüedad, los íconos eran mucho más que una simple pintura. Representaban casi la divinidad misma convertida en materia. Eran una teofanía, es decir una revelación de lo sagrado, que tendría un significado parecido al de las reliquias para el mundo occidental (restos humanos de santos y objetos que pertenecieron a ellos). En algunos momentos de la historia estos íconos fueron motivo de guerras.

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Margarita Bru destaca que la iconografía no ha cambiado desde su origen. Hoy la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa continúa con esa tradición. Este arte es un modo de contemplación y de oración. “El ícono es la revelación de la Palabra del Señor. Lo que la Biblia dice con la Palabra, el ícono lo dice con la imagen y los colores -explica-. Era una forma de evangelizar en los tiempos de la catacumbas, cuando la mayoría no sabía leer ni escribir, entonces se utizaban estas imágenes de pasajes de la Biblia”.

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La pintura iconográfica tiene características específicas. Por ejemplo, el pez, el pan, la cruz, el Cristo del Buen Pastor, son figuras que se repiten. “Las manos y los pies tienen la forma alargada del pez. Los ojos son parecidos a los ojos de las palomas. El niño Dios no es pequeño sino mayor y tiene vestimenta de adulto, porque San Lucas no conoció a Jesús”, explican las seguidoras del arte bizantino.

El empleo de la perspectiva también es diferente. Es a la inversa: las figuras delanteras pueden ser más pequeñas que las traseras y trazan un eje que van directo al espectador. Esto significa que el icono está en el medio entre el espectador y la divinidad, invirtiéndose así el punto de fuga. Los ojos de las imágenes miran de frente hacia el espectador, por lo general.

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La paleta de colores es muy particular. Se utilizan pigmentos naturales que se diluyen con una mezcla de agua, vino blanco y yema de huevo. “Pero no es toda la yema, sino el óvulo de la yema de huevo, que es el gérmen de la vida”, aclara Martita. Cada sesión en el taller de arte sacro dura cuatro horas. Horas de oración, de meditación y de encuentro con el Señor. El último paso, una vez concluida la obra, será su bendición, durante el oficio de una misa.


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