Temor de los damnificados por las inundaciones

02 Ago 2017

No es un invento argentino, pero bien podría serlo, ya que ocupa un lugar destacado entre nuestras costumbres. Si la solución es muy trabajosa, siempre el parche está a mano para que todo siga casi como estaba entonces. “En esta tierra santa nadie se espanta si hay un ciclón y no se toma a pecho si cae el techo del comedor. En esta tierra santa nunca nos falta imaginación para arreglar la pava y fijar la cama con precisión. Lo atamo’ con alambre, lo atamo’, lo atamo’ con alambre, señor, reza la letra de la canción de Ignacio Copani que tuvo en su momento una gran popularidad. Los tucumanos somos particularmente proclives a emplear esta herramienta que muchas veces provocan el temor de los destinatarios.

A fines de marzo y comienzos de abril, las aguas inundaron una buena parte del sur provincial llevándose las pertenencias de miles de tucumanos. Se multiplicaron las promesas de ayudas y de obras que nunca antes se habían hecho para evitar que la tragedia se repitiera nuevamente. Han transcurrido unos meses desde entonces y las cerca de 500 familias que viven a la vera de la ruta N° 334, a lo largo de 34 km en las localidades de El Palancho, La Esperanza, Puesto Los Pérez y El Mistol, entre Taco Ralo y La Cocha, han comenzado a preocuparse. Con inquietud observan que el badén provisorio que se levantó en el río San Francisco durará hasta que lleguen las primeras crecidas. El cauce, que tenía 15 metros de ancho, ahora supera los 100 m y alcanza una profundidad de 25 m.

Según se explica en la crónica de nuestra edición de ayer, Vialidad de la Provincia socavó las barrancas de ambos extremos de la ruta hasta el nivel del río, de manera que los pobladores del lado oeste recuperaron la comunicación con Taco Ralo. En las escuelas 191 (de El Palancho) y 184 (de Puesto Los Pérez) se perdieron más de 40 días de clases; estas que se normalizaron en mayo, pero aún persisten los problemas de humedad y deterioros en paredes y sanitarios de los edificios.

Una vecina dijo que para evitar nuevos desastres les recomendaron que se fueran a vivir a otra parte, algo que juzga imposible. “A nadie se le mueve ni un pelo por solucionar los problemas. Hay que ver antes que nada cómo se va a frenar el agua durante las próximas crecientes. Así como quedaron de destruidos los canales y acequias, corremos el riesgo de que el agua nos lleve”, afirmó. Otro poblador dijo que desaparecieron miles de hectáreas de montes a causa de las plantaciones de distintos cereales, de manera que el agua no tiene frenos.

Luego de las catastróficas inundaciones, miembros de los gobiernos provincial y nacional pasaron un largo tiempo -hasta hace pocas semanas- discutiendo acerca del monto de dinero que se necesitaba para emprender obras y si la Nación había o no enviado plata, poniendo en evidencia una vez más que la política era más importante para ellos que la aflicción de los damnificados.

Cualquiera sabe que la sequía es inmejorable para trabajar emprender obras, especialmente en el cauce de los ríos, pero ahora, en tiempos electorales, la energía de nuestros representantes y de los aspirantes a serlo está puesta en acceder a un espacio de poder y no en atender las preocupaciones de sus comprovincianos que tienen la firme sospecha de que la cruel historia puede repetirse porque saben que los parches tienen patas cortas.

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