Sobre la nomenclatura

Conceptos del historiador Emilio Coni.

27 Jul 2017 Por Carlos Páez de la Torre H
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EMILIO CONI. En 1924 defendía la tradición, a la hora de bautizar las estaciones ferroviarias.

En 1924, el historiador Emilio Coni sostenía que las estaciones ferroviarias del país debieran llevar aquellos nombres de nuestra tradición que “merecen ser recordados”. Enumeraba varios ejemplos de Tucumán y del noroeste. Por ejemplo, Diego de Rojas, “jefe de la primera entrada”; Hernán Mejía de Miraval, “el más modesto y simpático conquistador del norte”; Juan Pérez de Zurita, “fundador de cuatro ciudades”, ignorado “en las regiones que poblara”.

También le parecían justos los nombres de “todas aquellas naciones indias”, cuya sangre “corre por las venas de tantos pobladores del norte argentino”. Agregaba que “los bravos Calchaquíes no están en el teatro de sus hazañas, con la estación del mismo nombre en Santa Fe”: debían estar en “los valles donde tuvieron en jaque a los conquistadores durante un siglo”. Igual, tantas otras tribus olvidadas, como los Comechingones, Sanavirones, Juríes, Huarpes, etcétera.

Opinaba que debían “tener estaciones que perpetúen su recuerdo en la tierra que poseyeron”. Sólo los Timbúes, Tobas y Quilmes “se han salvado del olvido, quién sabe por qué casualidad”. Y la estación Quilmes “debe llamarse ‘Los Quilmes’, reaccionando contra ese afán de abreviarlo todo, de que hacen gala nuestras empresas ferroviarias”. Le parecía que, a la hora de bautizar, las designaciones geográficas del lugar “deben primar sobre cualquier otra, aun sobre la de cualquier prócer: primero la tierra y después los hombres”.

Desgraciadamente, decía, “esas designaciones van desapareciendo día a día, pues la pobre tradición campera no tiene quién la defienda de la ambición de algún lugareño, que quiere pasar a la posteridad con su nombre estampado en los carteles de postes”. Nadie recuerda ya, decía, a Medellín, las tres Barco, Cañete, Nuestra Señora de Talavera, Madrid de las Juntas. También opinaba que fantasías como “Los Césares” o “La Trapalanda” merecían un lugar en la nomenclatura.

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