Una emprendedora argentina se fue a Estados Unidos con U$S 300 y ahora factura 2,5 millones

Lorena Cantarovi se fue a Denver casi con lo puesto. Hoy maneja una empresa gastronómica en crecimiento.

12 Jul 2017

Lorena Cantarovici es contadora recibida de la UBA y tiene un máster de Mercadeo hecho en México. Años atrás se fue a Estados Unidos con una mochila y U$S 300; hoy factura más de 2,5 millones vendiendo nada más y nada menos que empanadas. 

La idea inicial era quedarse unos meses, juntar plata y volverse a México, donde vivía en ese momento. Llegó a Denver, sin saber ni una palabra en inglés y consiguió trabajando como moza. Creyendo que iba a ser suficiente, se aprendió el menú de memoria y salió a la cancha. "Ahí me di cuenta que todos eran americanos y estaba en problemas", expresó a La Nación.


En aquel momento tenía 26 años y dos títulos bajo el brazo: "levantar la bandeja me dolía en el alma". Trabajó durante dos años en un restaurante mexicano, con la aspiración de conseguir un trabajo de oficina con un mejor sueldo y que requiera menor esfuerzo físico. Una vez que dominó el idioma entró como administrativa en una empresa familiar.

Confiesa que extrañaba el ritmo del restaurante y que volvió a trabajar ahí pero en distintas áreas. "Empecé a ver el restaurante como un negocio. Al mismo tiempo, sin proyectarlo a largo plazo, empecé a hacer empanadas para vender desde mi casa para amigos", contó.

Las vendía a dos dólares y las entregaba a domicilio. Cuatro meses después de comenzar el emprendimiento, una empresa de catering le pidió 60 empanadas porque quería probarlas. Comenzaron a llegar nuevos y mayores ingresos que la ayudaron a reformar su garage y comprar dos hornos rotativos en los que entraban 100 unidades por vez.


"Me quedé sin poder usar el aire acondicionado por cinco años porque necesitaba la electricidad para el garage", señaló. 

Finalmente llegó la hora de poner su propio local. "Por el ratio de fracasos en gastronomía, los bancos se negaban a prestarme el dinero. Aún peor, las empanadas no son conocidas en Estados Unidos y no veían potencial en el negocio", explicó. Para alquilar el lugar solo necesitaba U$S 4.000 que finalmente le prestó su suegra.

"Fue un comienzo difícil. Los únicos clientes que entraban pedían pasar al baño", comentó. Su primer restaurante estaba alejado del centro de la ciudad, en un local que había sido clausurado en el pasado por un asesinato en su interior y junto a un estudio de tatuajes dirigido por una banda de motociclistas. 


Una nota en televisión dio un giro inesperado en su vida y dos años después de ese día se mudaron a un local de 350 metros cuadrados: "mis clientes se multiplicaban por el boca en boca, pero había aprendido la lección de que la ubicación es todo para el negocio".

Ante la posibilidad de expandirse, Lorena se volvió a replantear el negocio y consiguió la ayuda económica de un socio. Pero al tiempo todo se volvió a caer. El hombre iba a aportar una gran parte de la inversión pero se quedó sin dinero y finalmente no pudo darle una mano: "fue una tristeza muy grande pero terminó por convertirse en la bendición más grande que tuve".

"Al día de hoy soy 100% dueña de María Empanada", finalizó.

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