Timoteo Navarro pintó sus “charcos” con la espátula

Retratos y paisajes del artista se podrán ver desde mañana en el Centro Cultural Rougés.

04 Jul 2017
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“PANTANO”. Timoteo Navarro destacaba los empastes y la materia en la mayoría de sus creaciones. Gentileza Centro Cultural Rougés.-

Timoteo Navarro fue uno de los integrantes del movimiento paisajístico tucumano y seguramente uno de sus aportes más valiosos. En el Centro Cultural Rougés (Laprida 31) mañana se inaugurará la exposición “In Memoriam”, un homenaje a su obra perdurable.

Alrededor de 28 obras se podrán ver en la sala de Laprida 31; entre ellas, dos tintas de 1960, óleos de su último período, témperas con paisajes de 1948 y un autorretrato de 1944. Y los famosos “charcos” de la década del 60, que tanto han atraído a los expertos y muchos de los cuales fueron pintados con espátula y no con pincel.

En 1951, Navarro fue convocado por Lino Enea Spilimbergo a integrar el plantel docente del Instituto Superior de Artes de la UNT (antecedente de la actual Facultad), por lo que se sintió estimulado para investigar a fondo las posibilidades creativas que le brindaban los colores, los materiales, las técnicas, las texturas y el uso de las herramientas.

“Fue un paisajista único en el país y no se puede dejar de mencionar su obra en un estudio serio, no sólo del género paisaje, sino de la pintura argentina de la mitad del siglo XX”, señala Celia Terán. “El artista buscó al hombre en el paisaje. En esa búsqueda, cada vez más íntima y profunda, dejó de lado la variada y colorida geografía de la zona serrana y puso sus ojos en el este tucumano, un espacio agreste a orillas del río Salí, de caseríos precarios, habitado por seres humildes y sufridos”, aporta Gloria Z. de Gentilini. Otros autores del mismo estilo, como Luis Lobo de la Vega, optaron por retratar las yungas al pie del cerro.

En la última etapa de su prolífica producción (entre 1960 y 1965), el Salí, con sus barrancas, sus charcos y barriales, lo atrapan visual y emocionalmente. Su obra se torna densa, fuerte, simbólicamente representativa de la construcción de una autonomía expresiva y conceptual, se indica en el texto del catálogo de la muestra. Realiza enérgicos trazos con su espátula cargada de materia con los que modela el paisaje, genera texturas que dan soporte a una composición de ajustados acordes tonales y un tratamiento formal cercano al Informalismo. El paisaje se tiñe de una paleta singular, en la que dominan los grises y ocres.

Aunque Navarro no tuvo muchos discípulos, y tampoco creó una escuela determinada, sus pinturas expresaron, como pocas en su momento, los paisajes suburbanos cercanos a esta ciudad. Allí encontró su inspiración fundamental: entre los hombres y mujeres humildes, cuyo entorno supo retratar.

Ambientes humildes

Llamado “Pilico” por su amigos y alumnos y “Sapo” por sus más allegados, Navarro realizó sus primeros estudios con el pintor italiano Giovanni Cingolani, de exigente formación académica.

En sus obras a partir de 1945 y, en especial, en la década de 1950, emergió una visión original del paisaje nativo, densamente expresionista por su materia y contenido. Sus empastes y texturas fueron siempre vigorosos y de ellos nacieron ambientes humildes, espacios desolados y lugares ajenos a todo costumbrismo.

Arraigado en su medio geográfico y humano, Navarro excluyó de su pintura lo banal o lo superfluo. “Siempre fue a lo esencial”, señaló el crítico Romualdo Brughetti. El artista falleció imprevistamente en 1965. Tenía 56 años. Dejó una producción que marcó generaciones enteras, y el Museo Provincial de Bellas Artes lleva su nombre.

La exposición podrá visitarse hasta el 18 de agosto, de lunes a viernes de 8.30 a 12.30 y de 17 a 21.

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