ESTA NOCHE
• A las 20, en el teatro San Martín, Casañas presentará su última novela: “Noche de luna larga”. La entrada es libre y gratuita y es el cierre del Mayo de las Letras.

La novela romántica histórica tiene éxito porque, al margen de los conflictos que se desarrollan en la trama, de algún modo siempre se garantiza que el amor llegue a buen puerto, afirma Gloria Casañas. Ella es cultora de este género al que se lo ha calificado de “menor”, pero que suma público sin pausa al mercado editorial y ya es objeto de estudios académicos que procuran explicar el suceso de esa narrativa. La autora de “La maestra de la laguna” asiente cuando se le sugiere que tal vez la eficacia de la novela histórica romántica resida en que al final siempre queda abierto un espacio para la esperanza.
Casañas, que hoy cerrará en Tucumán el Mayo de las Letras, habló con LA GACETA antes de su llegada a la provincia. Protagonista de una carrera intensa y exitosa en el ascendente mundo de la novela histórica y romántica (su primer título en ese registro es de 2008), la escritora cuenta que para llegar a este punto hubo una adolescente lectora que devoraba las aventuras de Mark Twain, de Verne, de Salgari, de Jack London, de Dickens y de Louise May Alcott. Y que borroneaba “versitos” que escribía para sí. Hasta que esta porteña de Caballito nacida en una familia de clase media, con padres lectores y un título de abogada bajo el brazo, se animó a mostrar su novela “En alas de la seducción” a una editorial. Y ahí llegó el éxito, que ella concilia con la docencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Hoy no solo se referirá a “Noche de Luna larga”, su nueva novela: anticipa que hablará “de todo”, incluida la cocina de su escritura, de su narrativa, y de su estrecha relación de ida y vuelta con el público lector.
- ¿Cómo se construyó esta carrera exitosa?
- No mostraba lo que escribía, era una cosa muy mía, muy íntima, de la que nadie estaba enterado. Mis padres sabían que yo escribía, que leía mucho, pero me daba pudor. Y nunca les mostré nada, porque no pensaba en publicar. Era como una vertiente de sentimientos y no tenía necesidad de mostrárselo a nadie. Ahora que pasó el tiempo me arrepiento, porque pienso que ellos hubieran disfrutado de lo que yo escribía.
- Para quienes quieren escribir, ¿valen la pena los talleres?
- Sí, creo que a veces pasa que el que escribe se siente inhibido, porque no sabe si lo que escribe es bueno, o porque mientras a uno no lo leen, no tiene esa mirada del otro que a veces es tan ilustrativa. Yo aprendí eso, también, porque la primera vez que salió mi novela no sabía qué iban a pensar de lo que yo hacía; si les iba a gustar la historia. Esa es una parte de la escritura que, si uno jamás la recorre, queda todo de un solo lado. Hay lectores que escriben y me preguntan qué tienen que hacer, porque tienen cosas para decir, recuerdos para contar, y me preguntan cómo hacen, cómo empiezan. Y yo siempre les respondo lo mismo: que empiecen sin pensar qué va a ser eso después, qué va a pasar luego. Porque adelantarse mucho a veces se convierte en un freno para seguir escribiendo.
- ¿Por qué piensa que ha establecido un vínculo tan estrecho con su público lector?
- Creo que como son historias de vida que transcurren en épocas pasadas, los personajes se adueñan un poco del lector, se crea una identificación. La gente se introduce en ese universo, y después es como que a uno lo rodearan, como si fueran parte de uno, y hay una necesidad de contar, de saber más, de opinar; yo no sé si se da en otros géneros; a mí me parece que no. Hay toda una corriente de interés, y eso se puso de manifiesto, por ejemplo, en 2013, en el Festival de novela romántica histórica de Buenos Aires, con una concurrencia multitudinaria, y luego con el de Córdoba.
- Evidentemente hay un público ávido. Y una cantera de autoras: Florencia Bonelli, usted, Cristina Bajo, Viviana Rivero...
- Y es un público que está visibilizado desde hace poco. Porque lectores de la novela romántica en general hubo desde un tiempo inmemorial. Pero siempre se la consideró un género menor, de modo que en las editoriales no había esta cabida que hay ahora.
- ¿Han cambiado los estereotipos de la novela romántica?
- Sí, porque esta es la novela romántica que podríamos llamar posmoderna. La novela romántica clásica, tradicional, tiene un componente trágico muy fuerte, porque está en la naturaleza del romanticismo, que tiene como filosofía idealizar el amor. Y ese amor nunca se alcanza, nunca se concreta. Y si se concreta tiene un final incierto, desgraciado. Es parte de esa filosofía romántica en la que el amor es un poco el sufrimiento. En esto también hay una mezcla gótica. La novela romántica actual, la que tiene tanto éxito, de algún modo garantiza que el amor llegue a buen puerto. Porque en la novela pueden pasar muchas cosas dramáticas, pero que por lo menos se salve el amor.
- El lector busca que le den esperanza…
- Sí, pero busca eso a través de una trama verosímil. No un final regalado, con un moño y nada más, sino que, si hay lucha, si hay sufrimiento, si hay dolores o pérdidas, que sea; pero que, por lo menos, de todo eso salga algo que pueda ser bueno; y que mire un poco hacia la felicidad futura.
- ¿Qué pesa más en su obra? ¿La historia romántica o los sucesos históricos que usted ha elegido como contexto para desarrollarla?
- Yo también me pregunto eso, porque hay novelas en las que la historia tiene un peso muy grande, como “Y porá”, en la que casi se diría que la protagonista es la guerra, aunque todos los que participan como actores tienen sus historias de amores y desamores. Pero hay otros en los que la historia romántica pesa un poco más. A mí me gusta la historia porque me gusta descubrir cosas que han pasado, como para que eso esté inserto en la novela, no como telón de fondo, sino como algo vertebral.
- ¿Por qué la inspira tanto el siglo XIX?
- Ah, sí, es verdad, estamos en el siglo XIX siempre... Paradójicamente, cuando doy clases no abordo los temas del siglo XIX, sino épocas anteriores al pasado colonial. Pero cuando llega la hora de escribir, no sé por qué, me han tentado situaciones que me interesan, y que son todas del siglo XIX. Es la etapa de formación del Estado argentino. Y si uno sigue el hilo vemos que cronológicamente vamos llegando a la actualidad través de los libros. Quizás por eso es un siglo lejano pero no tanto. Es el pasado que todavía podemos saborear en el presente. Me parece que ese es su atractivo. Y los personajes, es como si estuvieran en el éter, una de golpe los descubre y empieza a conocerlos. Yo les digo a los lectores que me preguntan si tenía planeada tal o cual cosa. Y a veces los personajes me tuercen el rumbo, porque a medida que penetro en su psicología yo misma voy descubriendo las sus ideas. Es como que ellos tienen vida propia.
- ¿Le sorprendió la aceptación que tuvieron sus novelas?
- La verdad que sí, y fue a partir de “La maestra de la laguna”. Fue como un estallido del que yo no estaba enterada. Acudí a una reunión con una editora y ahí fue cuando tomé conciencia de que había tenido tanto éxito. No suelo estar atenida al ranking, la única referencia que tengo es lo que me dicen los lectores, pero no se me había ocurrido que fuera un libro tan exitoso, y me quedé anonada. Y me sentí muy responsable a partir de entonces: me quedó un gran sentido de responsabilidad, de no defraudar.
- ¿Alguna vez la han acusado de “falsear la historia”?
- A mí me gusta mantener el rigor histórico. Pero a lo mejor piensan que es un ensayo, pero les digo que yo podría inventar, porque es ficción y ese es un permiso que tiene el escritor de ficción. Pero a mí me interesa la historia, y me interesa reflejarla. Creo que nunca me han acusado de falsearla. Cuando escribí “Y porá” me dijeron: no se escribe así, sino de otra manera. Y yo les dije, ¿cómo se sabe cómo se escribe una palabra en guaraní, que es una lengua hablada? Me atuve a una convención del año 1959, y a mis consultas con personas que eran estudiosas del guaraní.
- En su estrecho vínculo con sus lectores, ¿se nutre de lo que ellas o ellos le proponen?
- Los escucho mucho y le respondo siempre, y en forma personal porque me interesa lo que dicen, pero no en el sentido de cambiar lo que quiero escribir. Trato de que los lectores conozcan lo que hago.
- Una ventaja que ofrece internet es el ida y vuelta con el lector…
- Es verdad, y esa es una de las cosas buenas que tienen las comunicaciones actuales; antes, el escritor estaba más pendiente de la crítica que del público.







