El velado mundo de los Pulp Fiction

Un repaso por aquellas publicaciones baratas, de géneros a veces llamados marginales, que marcaron una época en Hispanoamérica. Una forma de editar literatura que ya no existe, pero que dejó una marca con títulos que quedaron en la memoria de generaciones y de autores insospechados.

29 Enero 2017
Las a veces mal llamadas literaturas marginales son parte de una discusión largamente abordada. En épocas en que se acusaba a la literatura policial de escapista o pasatista, Raymond Chandler tuvo la lucidez de aclarar que toda lectura lo es, porque toda lectura implica una abstracción: leemos para escaparnos de. “Una vez cada tanto, muy rara vez, un autor de policiales es tratado como un escritor” anotó en 1944, en una de sus tantas cartas publicadas en El simple arte de escribir, marcando la cancha con el cuatro de copas.

El policial negro -o hard boiled- había crecido a la sombra del crack del ‘29: en ese contexto, el crimen es ley y la ley es el crimen; se han roto el respeto por la propiedad privada, la razón y la moral; el fin justifica los medios; ya no se puede defender al Sistema, porque es el Sistema en que está infecto; la autoridad no es objeto de confianza. En fin: cualquier tipo de violencia es parte de la cotidianidad.

Es allí donde surgen los pulp fiction, ediciones baratas de consumo popular -el más notorio de los homenajes pertenece a Tarantino con su película homónima, traducida para Hispanoamérica como, justamente, Tiempos violentos- que comenzaron a editarse en EE.UU. en la primera mitad del siglo XX, aunque en España, Argentina y parte de Latinoamérica se extendió hasta los ‘80 en colecciones de libros de bolsillo.

Con un concepto narrativo que permitía la lectura rápida, argumentos desnudos de toda complejidad e impacto gráfico en las portadas, similares al cómic o la historieta, abordaban géneros como ciencia ficción, horror, far-west, suspenso, acción, romance y bélico, no sin sus buenas dosis de erotismo.

Etimológicamente, el término pulp hace referencia al desecho de pulpa de madera con que se fabricaban esos ejemplares, un papel amarillento de muy poca calidad para que el bajo costo -la ecuación es sencillísima- los volvieran de alto consumo: estaban destinados a las clases medio-bajas asalariadas y trabajadores de escaso poder adquisitivo.

Como bien dice Ricardo Piglia en el tomo dos de Los diarios de Emilio Renzi, recientemente publicado, eran de una “precisa eficacia funcional”; tenían “la voluntad de ser leídos”.

Quiénes, cómo, cuándo, dónde

Entre tantos otros ejemplos de estas publicaciones, se destacan la colección Rastros de Editorial Acme -argentina, activa entre 1944 y 1977-, que publicaría nada más y nada menos que Cosecha Roja, de Dashiell Hammett, piedra angular del género negro.

Bruguera (de origen español), en cuya colección Bisonte salían a la venta las historias de cowboys de Marcial Lafuente Estefanía -aquel que citara Joan Manuel Serrat en Romance de Curro El Palmo-, autor que llegó a editar más de 2.000 novelas, muchas bajo otros apelativos (el uso de seudónimos fue una característica casi privativa de este tipo de obras).

Bruguera, además, editaba los libros-revista del Club del misterio: ahí estaban Horace McCoy, Peter Cheyney e incluso los Seis problemas para Don Isidro Parodi, de Borges y de Bioy, que de pulp tenía poco y nada.

La colección Caimán, que editó ¿Quién yace en mi tumba? (véase la leyenda de tapa: “¡Esta es la sensación del año!”), adaptación literaria del film en el que actuaran Karl Malden y Bette Davis. Y la revista Tipperary, fundada en agosto de 1959 por Atlántida, que trabajaba el concepto de folletín, formato al que adscribieron repetidamente estos géneros.

Y sobre todo Tor, editorial fundada en Buenos Aires en 1916 por el español Juan Carlos Torrendell (de las tres primeras letras del apellido se desprende el nombre de la casa editora), punta de lanza en la publicación de pulp fiction en nuestro país y que llegó a exportar el 70% de su producción.

Baste, para cerrar, el dato que aportaban Jorge Lafforgue y Diego Rivera en un artículo publicado en el número 33 de la revista Crisis, de enero de 1976: “En 1960 se pagaba aproximadamente 8.000 pesos por novela, y un autor con oficio y con un razonable manejo de las claves del género podía satisfacer en una semana de trabajo las 128 páginas exigidas por una novela tipo”.

© LA GACETA

Hernán Carbonel - Periodista y escritor.

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